En contraste con lo ocurrido en 1992 con motivo del quinto centenario del Descubrimiento o Encuentro del Nuevo Mundo, cuando el gobierno español formó parte activa de un sinfín de actos conmemorativos con amplio eco mediático y social, la conmemoración del inicio de la conquista de México en 1519 parecía de poca relevancia más allá del mundo académico. Pero todo cambió radicalmente cuando el presidente mexicano López Obrador en una reciente misiva personal al rey de España y al papa les exigió una disculpa pública por los abusos cometidos contra los pueblos indígenas de México durante la conquista y el período colonial.

Escritores, políticos, intelectuales y hasta numerosos partícipes de redes sociales se han lanzado a alimentar una controversia sobre el asunto cargada de opiniones y condenas. Quizá convenga entonces proyectar críticamente nuestra mirada al hecho histórico en sí en su contexto político y cultural, para entender la relevancia enorme y las decisivas consecuencias que en el orden mundial tuvo este acontecimiento de primer orden.

Colón buscaba nueva vía directa de navegación al Oriente. El descubrimiento de unas islas fue en el fondo una decepción, pues ni había riquezas ni sus habitantes semidesnudos parecían en nada a las espléndidas y populosas civilizaciones de India y China. Pero el empeño del Almirante en sus tres viajes posteriores no cambió hasta su muerte, que, ironías de la historia, ocurrió sin que reconociera haber descubierto nada nuevo.

 

El estratega Cortés

Otros autores disintieron y empezaron a considerar que aquello era en verdad un Mundo Nuevo, curioso y exótico en su primitivismo, pero en definitiva su importancia intrínseca no cambió apenas hasta que en 1519 Hernán Cortés dirigió una expedición de reconocimiento desde Cuba a lo que ya se creía era una realidad continental cercana.   Aunque joven y sin experiencia en mando, pronto desplegó una enorme capacidad de liderazgo y notable estrategia militar, diplomática y política.

La conquista rápida e inesperada de México alteró el curso de la historia española, europea y mundial

Cortés entendió pronto que los habitantes de México eran rivales o dependientes de un gran señor llamado Moctezuma que presidía un reino enorme, rico y desarrollado como nadie había visto ni imaginado hasta entonces, y se dispuso a conquistarlo para su rey y evangelizarlo para su religión.

Por medio de una compleja maraña de guerras, alianzas, pactos e iniciativas sorprendentes, ese proceso que empezó con apenas 500 expedicionarios y un puñado de caballos culminó dos años después en 1521, tras haber implicado la colaboración de numerosos aliados indígenas, con la conquista de un territorio mayor y más poblado que la propia España. La conquista de México fue un hecho tan rápido e inesperado como trascendental, pues alteró significativamente el decurso de la historia española, europea y mundial.

Cortés fue, además, el primer intérprete y narrador de la conquista, con lo que inauguró una rica tradición historiográfica sin parangón en su época. En sus cinco largas Cartas de relación al emperador expuso con notable detalle y claridad su visión particular del mundo indígena, la conquista y futura colonización del nuevo país que él llamó Nueva España, entidad radicalmente distinta del entorno caribeño por su parecido con España tanto en condiciones naturales como en el alto nivel de civilización de sus habitantes.

 

Exaltación imperialista

Su llamada a la colonización continental y explotación de sus recursos fue la primera formulación de una expansión ultramarina en toda regla, y tuvo enorme resonancia no solo en España sino en toda Europa, donde sus Cartas fueron traducidas y publicadas. Como consecuencia vendrían luego Nueva Inglaterra y la Nueva Amsterdam, origen de Nueva York, en una competición entre las incipientes potencias europeas por colonizar América según sus patrones e intereses nacionales.

Esta visión de exaltación imperialista cobró forma canónica en la no menos exitosa Historia del humanista Francisco López de Gómara (1555), quien ya con cierta perspectiva histórica situó a España como evangelizadora del Nuevo Mundo y elevó a Cortés como protagonista de la Historia y digno émulo moderno de los antiguos César y Alejandro Magno, lo que no excluye la admiración por el mundo indígena salvo en lo relativo a su religión y sus rituales sacrificios humanos.

De las Casas sostuvo una implacable censura de la colonización, luego utilizada por los protestantes como base de la Leyenda Negra

Esta fue en general la imagen prevalente en la Europa de entonces, que con matices y añadidos importantes compartieron también otros muchos autores, entre ellos el notable soldado cronista Bernal Díaz del Castillo y el humanista Francisco Cervantes de Salazar, español asentado en México.

Pero al mismo tiempo surge una corriente de opinión radicalmente contraria cuyo máximo exponente es la no menos extraordinaria figura del padre dominico fray Bartolomé de las Casas, implacable censor de la conquista de México y de toda la colonización española en general, de la que resalta solo los abusos y crueldades de conquistadores y colonos contra los indígenas. Su relevancia fue también notable, toda vez que su crítica fue luego bien aprovechada interesadamente por los países protestantes como base probatoria de la así llamada Leyenda Negra, denuncia política no solo contra la política española sino contra el catolicismo en general.

Otro dominico, Francisco de Vitoria, cuestionó en su notable tratado De Indiis las bases teológicas y políticas del derecho de un país a conquistar otro, sentando las bases de lo que en el futuro sería el derecho internacional. Esta actitud crítica bien puede considerarse sin precedentes y adelantada a su tiempo.

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Pero la rica tradición de las Crónicas de México conoce además otras perspectivas aún más novedosas. Los frailes evangelizadores llegados a México tuvieron un papel destacado en la formación de los indígenas y también en el estudio a conciencia de las lenguas y culturas prehispánicas, entre ellos el dominico fray Diego Durán, el jesuita mestizo Juan de Tovar y muy especialmente los franciscanos fray Toribio Motolinia y Bernardino López de Sahagún.

Este último es autor de la Historia general de las cosas de la Nueva España, monumental obra enciclopédica sobre el mundo azteca que estudia sin prejuicios y en profundidad sus creencias, costumbres e instituciones. El libro XII incluye además un relato único donde se narra, en lengua náhuatl y con plena objetividad, la conquista desde la perspectiva de los conquistados, lo que el historiador mexicano Miguel López Portilla ha llamado acertadamente la visión de los vencidos.

Francisco de Vitoria, en su tratado ‘De Indiis’, sienta las bases del futuro derecho internacional

 

Corrientes historiográficas

A todos ellos hay que añadir otro grupo no menos notable, constituido por autores mestizos de las generaciones siguientes, como Fernando de Alva Itilixóchitl, Alvarado Tezozomoc y el tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo, quienes en sus obras históricas expusieron las contradicciones y tensiones propias de su doble condición, que trataba de conjugar el orgullo de su pasado indígena con el de su legado español sin excluir por ello las críticas a los abusos de autoridades y encomenderos. La historiografía mexicana del siglo XVI comprende pues un rico y extremadamente variado repertorio de análisis y perspectivas sin precedentes en la historia universal.

Con el tiempo puede decirse que hubo historiadores que ya modernamente tendieron a visiones contrapuestas y partidistas, tendencia que aun en el siglo XX representan Salvador de Madariaga por un lado y Eulalia Guzmán del otro. Pero al mismo tiempo se desarrolla en México una corriente que atiende al análisis del pasado con ecuanimidad y sin partidismos que culmina en el insigne historiador mexicano Manuel Orozco y Berra. De su legado han formado parte notables estudiosos a ambos lados del Atlántico hasta la actualidad como Edmundo O´Gorman, José Luis Martínez, John H. Elliott, Hugh Johnson, Enrique Krauze y tantos otros. El fenómeno de la conquista de México debe verse en su contexto histórico, sin maniqueísmos fáciles.

 

Violencia y destrucción

Visto así, recordemos que España había sido en gran medida el resultado de una invasión y conquista por parte del Imperio Romano, que la somete pero también la acoge en sus instituciones incorporándola a la lengua y cultura latinas, y por las subsecuentes conquistas visigoda y musulmana. Los mexicas eran por su parte un pueblo notablemente belicoso que había conquistado el Valle de México sometiendo a varios grupos allí afincados.

Ese proceso de continuas conquistas, que configura buena parte de la historia universal, se repite con la conquista de México por los españoles: es un acto que implica violencia y destrucción, pero que al mismo tiempo crea una nueva realidad histórica, la Nueva España que es un crisol de pueblos, culturas, productos y tecnologías caracterizados por el mestizaje que unió dos tradiciones culturales ancestrales que se habían desarrollado sin conocerse mutuamente durante siglos: la española, heredera de las civilizaciones euroasiáticas y africanas; por un lado; y la mesoamericana, que comprendía un nutrido grupo de etnias indígenas aliadas o enemigas de Culúa.

El lado más trágico de ese encuentro fueron las terribles plagas que asolaron la Nueva España: la viruela, el sarampión y la salmonela diezmaron a una población carente de inmunidad a sus virus. El ecosistema americano cambió para siempre con la introducción de la flora y fauna del Viejo Mundo pero el tráfico fue en los dos sentidos: si de España llegaron ahí los animales domésticos, la vid, el olivo y el trigo, México por su parte aportó a la dieta europea el maíz, el cacao, el tomate, la calabaza, el frijol, los chiles, la vainilla y el aguacate. La feliz confluencia de ambas tradiciones propició una gastronomía y una artesanía de singular riqueza y permanente creatividad que aún perdura.

La confluencia de ambas tradiciones propició una gastronomía y una artesanía de singular riqueza y creatividad que aún perdura

Nueva España fue también un centro de cultura con figuras intelectuales de la talla de Sor Juana Inés de la Cruz, hoy revalorada como un icono del feminismo universal. Convertida luego por la Corona en virreinato, Nueva España expandió sus fronteras incorporando por el sur y el oriente el Yucatán y Chiapas de culturas mayas y hacia el norte una enorme extensión de territorio manteniendo una estabilidad que nunca tuvo el otro gran virreinato, el de Perú, siempre aquejado por intermitentes revueltas civiles.

Hasta la pérdida de una inmensa parte de su territorio por el tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, cuando ya México era independiente, el virreinato fue la unidad política más extensa e importante de las Américas.

Es lícito asimismo proyectar nuestra mirada en modo comparativo y contrastar la historia colonial española con las de otros pueblos europeos. El imperio inglés forzó su mayoría sobre los indígenas con una política sistemática de expulsión, confinamiento y exterminio en Norteamérica, y en países como la India o Sudáfrica, de ricas culturas urbanas y alta civilización, impuso su dominio con una política de riguroso apartheid social y economía extractiva que tampoco conoció nunca el mestizaje ni la hibridación cultural.

Otro tanto podría decirse de Francia en Haití, Indochina y el Magreb. Y como han destacado el gran historiador inglés John H. Elliott y otros, cabe destacar que no hubo como en España voces disidentes que denunciaran los abusos y crueldades de la metrópoli, ni leyes y políticas oficiales como las misiones y reducciones españolas centradas en mejorar la condición general de los pueblos indígenas.

Con la independencia de México a principios del siglo XIX surge un nuevo proyecto de modernidad y reforma tanto política como social pero que curiosamente no incluyó ninguna propuesta que continuara la tradición lascasiana de defensa de los indígenas. En esa época predominaba la actitud integradora y unificadora del nuevo país sobre lo específico de la condición indígena.

La independencia de México en el XIX no incluyó propuestas continuadoras de la tradición lascasiana defensora de los indígenas.

Esta actitud cambia ya bien entrado el siglo XX tras la Revolución Mexicana, uno de cuyos frutos ideológicos es la aparición del indigenismo. Se trata de una corriente de pensamiento, artística y finalmente política, no protagonizada por los indígenas mismos sino por criollos y mestizos que asumen una reivindicación de sus derechos y proponen una enorme variedad de propuestas, incluida la oficialista defendida por el presidente Lázaro Cárdenas que soslaya lo étnico y se concentra en la idea de progreso material para las minorías.

A estas se oponen luego otras propuestas que defienden la individualidad específica de las etnias para las que se propone un estatus político y social diferenciado de la mayoría, como se comprobó en la reciente revuelta zapatista de Chiapas a finales del siglo pasado, liderada por el subcomandante Marcos.

 

Populismo de López Obrador

Aunque este no pertenece tampoco a ninguna etnia indígena, otros que sí lo son se han constituido en asociaciones, movimientos, etc. que hacen suyas las reivindicaciones contra el gobierno central y las autoridades. Quizá las palabras de López Obrador puedan interpretarse más en clave de líder populista de esa tradición, que habla más del pasado en lugar de ofrecer políticas activas sobre los indígenas actuales, como de hecho ha sido criticado por ello.

Se trataría por tanto de un caso que no representa a una corriente de opinión pública significativa. En realidad, dado que, como bien indicaba Benedetto Croce, todo análisis del pasado no es sino una proyección de los condicionantes que dominan el presente, cabe decir que si hay un indigenismo militante en varias formas e intensidades eso se debe a la evidente existencia aún de un problema de integración de los indígenas en la sociedad actual; discriminación, olvido y silencio que pueden y deben mejorarse.

El fenómeno de la conquista de México debe verse en su contexto histórico, sin maniqueísmos fáciles

A veces una obra artística puede tener un efecto social inmenso, como la excelente película Roma de Alfonso Cuarón, que por primera vez ha dado voz protagonista a una mujer indígena en un barrio de clase media alta de la capital.   Ojalá que haya más propuestas y caminos que también conduzcan a esa Roma.

Esto no es óbice para que en la conciencia mexicana exista aún un rescoldo de animosidad contra la conquista. A algunos españoles puede parecer extraño que en México no haya recuerdo monumental alguno de Cortés, pero esto no debería extrañar tanto. Tampoco hay en Francia algo parecido con la figura de Julio César, conquistador de la Galia, y sí en cambio una glorificación de los galos heroicos que resistieron la invasión.

Lo mismo puede decirse de España misma, donde siempre se ha exaltado, hasta por Cervantes, la figura del héroe Viriato y los numantinos como resistencia extrema al invasor, entregándose a la inmolación colectiva antes que aceptar el yugo romano. Lo cual no excluye, sin embargo, que esos mismos españoles y franceses se sientan al mismo tiempo fieles herederos del legado romano, de su lengua, cultura e instituciones. Se entiende por tanto que haya una filiación emocional con el glorioso pasado del México prehispánico y con su trágica desaparición, especialmente durante épocas revolucionarias de exacerbado nacionalismo.

 

Alma dual

Pero los mismos mexicanos que alaban justamente su legado prehispánico exhiben con manifiesto orgullo por las maravillas coloniales de Guanajuato, Pátzcuaro o Taxco, que sienten tan suyas como las grandes pirámides de Teotihuacán, El Tajín o Palenque y también la rica tradición cultural del mestizaje como corridos y mariachis.

México tiene un alma dual, que sabe convivir con las tensiones y complejidades que le proporciona ese doble legado, al modo que en la conciencia colectiva del Egipto actual conviven el remoto pasado de los faraones y el posterior legado grecorromano con el Islam que reformuló definitivamente su esencia cultural.

La conmemoración de la conquista de México no puede ni debería ser, por tanto, causa de desencuentros ni hostilidades. Sobran los desfasados triunfalismos y condenas fáciles de antaño, y cabe insistir en la tradición historiográfica ya señalada.

En los últimos cincuenta años hemos asistido a un creciente interés por la historia y las crónicas de México, que han sido estudiadas en ensayos y ediciones críticas a ambos lados del Atlántico, con notable participación por cierto de investigadores catalanes. Ese fue indudablemente un noble y provechoso fruto de la conmemoración colombina en 1992, que atrajo asimismo la atención de intelectuales como Tzvetan Todorov y tantos otros a este campo de estudio.

Gracias a ellos el debate sobre los hechos y el significado último de la Conquista se ha extendido universalmente, enriqueciéndose con aportaciones desde las ópticas más diversas, desde la antropología, la crítica literaria, la filología, el Arte y la historia y de acuerdo a todo tipo de tendencias, incluso el poscolonialismo, los estudios culturales, el feminismo y la deconstrucción. Esta realidad poliédrica contribuye a una comprensión más rica y profunda de la conquista y la colonia.

 

El mestizo mexicano Octavio Paz

En dos recientes congresos internacionales celebrados respectivamente en Medellín, ciudad natal de Cortés, y en Tlaxcala, enclave de la Conquista, investigadores de España, México y otros países expusieron análisis críticos desde muy diversas perspectivas sobre Cortés y el legado colonial de una conquista que, como todos los hechos significativos de la Historia y éste lo es en grado sumo, será siempre polémico. Pero los ponentes razonaron sus argumentos y debatieron sus diferentes puntos de vista con interés y mutuo respeto. La creciente polarización de la política, en España y el mundo entero, que parece invadir todas las áreas de la actividad humana, incluida la intelectual, ciertamente representa el ejemplo contrario que hay que evitar a toda costa.

De hecho, la relación actual entre España y México es a todas luces muy positiva. La receptiva acogida que México brindó a los numerosos intelectuales españoles refugiados de la Guerra Civil enriqueció el contacto mutuo. Desde entonces a nuestros días el intercambio cultural, económico y a todos los niveles ha crecido notablemente y nunca ha sido mejor.

México, que celebra cada año en Guadalajara la feria del libro más importante del ámbito hispanohablante, es además un destacado miembro del mundo que habla y escribe la lengua castellana, quizá en definitiva el legado más importante y positivo de la conquista pues es la casa común de una enorme y variada comunidad cuyo más destacado intelectual en nuestra historia reciente es precisamente el mestizo mexicano Octavio Paz.