Durante todo el siglo XIX y principios del XX, el continente europeo vio como muchos de sus hijos abandonaban sus orígenes para buscar nuevas y mejores oportunidades al otro lado del Atlántico y cumplir el «sueño americano». La situación del viejo continente no era prometedora, y la esperanza y la necesidad impulsaban de forma verdaderamente masiva a hacer las Américas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la balanza fue girando progresivamente y Europa se convirtió en la tierra prometida para emigrantes de todo el mundo. La construcción del muro de Berlín y su caída el 9 de noviembre de 1989 lo escenifican: habían caído barreras físicas descomunales para detener el flujo de población que se desplazaba a Europa occidental.

Con el paso del tiempo y, según el contexto político, social y económico, las puertas de Europa se han desplazado, abierto o reforzado en diferentes puntos calientes de la geografía europea. Pese a que se ha mantenido el denominador común de la llegada esperanzada, Europa no ha sido siempre tan acogedora como quisiéramos imaginar. Se ha optado por reforzar las fronteras mediante grandes vallas y lo que se ha conocido como «devoluciones en caliente». Algunos, además, han querido instrumentalizar instituciones como Frontex para endurecer la política migratoria, y la ciudadanía no siempre ha recibido con los brazos abiertos a inmigrantes y refugiados. Sirva como ejemplo la crisis migratoria de 2015, que hizo que se tambaleara la estabilidad política alemana y ha despertado los fantasmas de la extrema derecha en la gran mayoría de países de la UE.

España, por su parte, es un testigo habitual del intento de entrada de inmigrantes en territorio europeo. Nos hemos habituado a las dramáticas imágenes procedentes de Ceuta y Melilla, a las noticias de personas rechazadas en la frontera o muertas en naufragios en el Mediterráneo. Quizá nos hemos creído que este mar era tan nostrum que no todo el mundo tenía cabida en él. Sea por la frecuencia de estas imágenes o por otros motivos, lejos de convertirnos en una sociedad más acogedora, nos hemos resignado a convivir con esta realidad, e incluso reinstauramos fronteras que se suponían desaparecidas. Bien lo saben quienes quieren cruzar el canal de la Mancha, entrar en Gibraltar o cruzar la frontera de Irlanda del Norte.

Con todo, las puertas de entrada a Europa no solo se encuentran en el Mediterráneo. Actualmente, muchos de los quebraderos de cabeza de la UE vienen del este, donde el gobierno bielorruso de Aleksandr Lukashenko ha utilizado la presión migratoria como instrumento político. Y ahora la guerra en Ucrania iniciada por Putin está provocando la llegada de cientos de miles de refugiados al territorio de la Unión, especialmente a Polonia, donde esta vez las muestras de solidaridad son abrumadoras.

La ciudadanía, las organizaciones civiles, los gobiernos y otros actores políticos habrán de presionar y actuar para que Europa deje de ser un sueño malogrado para tantos refugiados e inmigrantes de todo el mundo y vuelva a ser una tierra de oportunidades, acogedora y humana. Sería también un modo de remediar el problema demográfico al que habrá que hacer frente en las próximas décadas.