A veces, conviene mirar al pasado para entender el presente y contribuir a mejorar el futuro. Al recordar nuestra actividad político-sindical de antaño, se suele hacer hincapié en la represión que nos infligieron y se obvian logros, cesiones y actividades trascendentes. Es cierto que nos despidieron del trabajo, nos pusieron ante tribunales laborales, de orden público y militares. Muchos fueron detenidos, torturados y encarcelados. A otros nos los mataron, como al compañero Antonio.

Y, sin embargo, en la década prodigiosa, ya íbamos perdiendo el miedo. Ese que la dictadura había incrustado en el alma de nuestros padres. Las condiciones sociales y materiales cambiaban a gran velocidad. Bailábamos rock and roll en nuestros guateques, los chicos nos dejábamos melena y las chicas se ponían minifalda, con desenfado trasgresor y emancipador.

A pesar de las prohibiciones y la represión aparejada, nos asociamos en comisiones obreras y nos acercamos al Partido. Ejercimos las libertades de reunión y opinión. Hablamos en las asambleas que convocábamos en la fábrica, en la vía pública, en la montaña o en las iglesias. Redactamos, imprimimos y repartimos octavillas y publicaciones como Asamblea Obrera, El portavoz y El comunista. Distribuimos Mundo Obrero y Treball. Convocamos e hicimos la huelga, tipificada entonces como delito de sedición. Nos manifestamos cuando lo consideramos oportuno y las vísperas del Primero de mayo y el 11 de septiembre.

 

La ocupación de la fábrica

Por solidaridad, fase superior de la conciencia obrera, ocupamos la factoría de la SEAT el 18 de octubre de 1971. Las elecciones sindicales de mayo, convocadas por el sindicato vertical, las había ganado la Comisión Obrera en los cuatro colegios electorales, de técnicos, administrativos, obreros cualificados y no cualificados. El ambiente en la fábrica era de gran alegría. En junio, la dirección de la empresa, sin comunicárselo a los nuevos representantes, sin respeto por la conciliación de la vida familiar y laboral, de un día para otro, ordenó a algunos trabajadores, que iban de turno de mañana, que se incorporasen, al día siguiente, al turno de noche. La asamblea del taller 1 decidió no aceptarlo. Al día siguiente, los que desobedecieron la orden y se incorporaron a su turno habitual, no encontraron la ficha para marcar la entrada. Hubo un gran revuelo, con intervención de vigilantes que pretendían expulsarlos, lo que originó el paro total del taller 1.

En las reuniones que tuvimos con la dirección de la empresa, la inspección de trabajo y en los locales del sindicato vertical, quisimos ver los estudios técnicos que requerían esa urgencia, ofrecimos que fuesen voluntarios los que se incorporasen al turno de noche y pedimos algunas mejoras que lo facilitasen. No negociaron nada, solo exigían que se cumpliesen sus órdenes. Los directivos eran militares franquistas. En los siguientes días fuimos recibiendo listas con trabajadores despedidos. En la última me incluyeron. Nuestros abogados Albert Fina, Montserrat Avilés, Ascensió Solé, Josep Solé Barberà y Luis Salvadores, ganaron los juicios en magistratura de trabajo. Pero, la empresa aplicó el incidente de no readmisión, nos dejaron sin trabajo y sin la representación sindical oficial.

No negociaron nada, solo exigían que se cumpliesen sus órdenes. Los directivos eran militares franquistas.

La Comisión Obrera propuso un encierro. Después de sopesar iglesias y catedral, optamos por encerrarnos en la fábrica. Durante el mes de septiembre y las primeras semanas de octubre, fuimos a las puertas de la fábrica a explicárselo a los trabajadores, para que se discutiese en las asambleas de los talleres y comedores. La acción que se proponía, de general conocimiento, debía de ser aprobada por el conjunto de trabajadores. Ese lunes, siete represaliados entramos en la fábrica con el turno de mañana. Declaramos la huelga, recorrimos los talleres en manifestación y se culminó con la sentada de miles de trabajadores ante las oficinas centrales. Después de una mañana de tensa espera, para negociar con la dirección, a mediodía la policía entró con fuerzas a pie, a caballo y con tanqueta. Un helicóptero sobrevoló nuestras cabezas.

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La mayor parte nos refugiamos en el taller 1, otros optaron por irse a su taller y algunos prefirieron marcharse. Los primeros intentos de desalojarnos fueron contestados por los trabajadores con una lluvia de tornillos y piezas pequeñas. Solo consiguieron hacernos salir del taller cuando el ambiente se hizo irrespirable, por los gases lacrimógenos. En las calles, entre talleres, nos atacó la caballería que se ensañó con el uso de las varas. Nos defendimos arrojándoles rodamientos con grasa consistente, los caballos resbalaban y caían amontonados. Probablemente, uno de los policías descabalgados fue el que disparó matando a nuestro compañero. Muchos trabajadores resultaron heridos, pero marchaban para no ser curados en la fábrica y evitar que los fichasen. Tras varias horas de enfrentamientos, tuvimos que desalojar la factoría.

La Comisión Obrera propuso un encierro. Después de sopesar iglesias y catedral, optamos por encerrarnos en la fábrica.

A continuación, vinieron dos semanas de paro total, en las que Barcelona vibró a nuestro ritmo y nuestras acciones repercutieron en toda España. Siguió más de un lustro de conflicto permanente, centenares de compañeros se implicaron, también, en los movimientos vecinales, por la mejora de la sanidad, la educación pública y en el empeño por conseguir la democracia. Contribuimos a impulsar la Asamblea de Cataluña, para movilizar al pueblo catalán, que el PSUC consideraba uno, conseguir la amnistía, las libertades democráticas y el estatuto de autonomía. En coordinación con todos los pueblos peninsulares, pretendimos derribar las dictaduras y ejercer el derecho de autodeterminación.

 

Avances en el orden sociolaboral.

Conseguida la readmisión de los despedidos en 1977, la libre elección de representantes y garantías contra la represión, en el marco de los Pactos de la Moncloa, acordamos el VIII Convenio Colectivo. Obtuvimos avances económicos y sociales y una negociación abierta para la formación, la promoción, la organización del trabajo y el control de gestión. La fábrica funcionaba con criterios tayloristas, fordistas y enfocaba el toyotismo. Pretendimos modificaciones sustanciales del proceso productivo. Acordamos el diseño de los puestos de trabajo en función de la evolución profesional de los trabajadores y no, como se sigue haciendo, prescindiendo total y absolutamente de quien tenga que ocuparlos. Hablamos mucho sobre la humanización del trabajo. Pero solo obtuvimos buenas palabras. Pactamos el desacuerdo, para seguir negociando.

Después de una mañana de tensa espera para negociar con la dirección, a mediodía la policía entró con fuerzas a pie, a caballo y con tanqueta.

La imposibilidad de acordar el IX convenio colectivo al año siguiente, el exiguo desarrollo de la huelga que hicimos, el cambio de socio tecnológico y capitalista de la empresa, el traslado de las instalaciones a un lugar con mayores impedimentos para la movilización obrera, más la pluralidad sindical instalada, mostró la magnitud de los problemas a los que nos enfrentábamos. En la década de los ochenta conseguimos avances importantes (negociación laboral vinculante, sanidad universal, enseñanza obligatoria, ayudas sociales, progresos en el ámbito local) por eso el movimiento obrero fue relajando el nivel de conflictividad y de movilización anterior.

 

Evolución en el orden político-económico.

La acción de los trabajadores y otras fuerzas de la izquierda, consiguieron que se consensuase, con la derecha democrática y algún resto de la dictadura, una Constitución que pone límites y divide el poder político, tiene connotaciones republicanas y espíritu federal. En las antípodas de la unidad de poder y distribución de funciones franquista. La soberanía, al residirla en el pueblo español, esfuma la que ostentaba el caudillo por la gracia de Dios. El Estado social y democrático de derecho, alberga un amplio catálogo de derechos fundamentales y libertades públicas e instaura, además, la autonomía de las nacionalidades y regiones que lo componen. Al votar la Constitución y el Estatut d’Autonomia, masivamente y con entusiasmo, dimos por ejercido el derecho de autodeterminación, que reivindicábamos cuando estábamos sometidos a la tiranía.

No obstante, los poderes fácticos corporativos continuaron en las mismas manos. Servidumbres de la correlación de fuerzas. Esperábamos que algo cambiaría, en el tiempo, con la acción democrática. La inercia, las costumbres y la corrupción enquistadas por el franquismo sociológico, en sus cuarenta años de existencia, han perdurado. Casi los mismos, sus hijos y nietos, conservan esos poderes fácticos económicos e institucionales. En el conjunto de España evidentemente. En Cataluña, hay nietos de franquistas, bien instalados desde siempre, que ni han notado los cambios. Asombrosamente, desde el balcón de la Generalitat, piden libertades que nosotros ejercimos hace más de cincuenta años y conquistamos hace más de cuarenta.

En la última década del siglo pasado, hubo un proceso de desindustrialización y de abandono del incipiente impulso en I+D+i. Se incentivaron sectores de baja productividad, con rentabilidad inmediata y especulativa. Prosperó el sector inmobiliario, el del ocio, de la banca y del turismo barato. La ley del suelo del gobierno Aznar (todo el terreno es edificable) contribuyó a las crisis que padecemos y que les hemos pagado a la banca. Los nacionalistas de diverso pelaje, sin reconocer avance alguno (muchos ya vivían bien en la dictadura) incrementaron la pugna y el enfrentamiento. Al llegar las crisis, financiera y de valores, a falta de otro ensueño ilusionante, consiguieron llevar el agua al molino de su espejismo.

Nos defendimos arrojándoles rodamientos con grasa consistente, los caballos resbalaban y caían amontonados.

Ahora, parece que se impone el ultraliberalismo privatizador que explota al trabajador, que busca el dinero rápido, aumenta las desigualdades hasta la infamia y que quiere la libertad de empresa para imponer contratos precarios y puestos de trabajo basura. Por mucha libertad de botellón que regalen, supervaloren al consumidor y desprecien al trabajador, tarde o temprano, el conflicto social será inevitable, aunque se empeñen en limitar y desacreditar a los sindicatos.

 

Propósitos y esperanzas

La liberación que podría suponer la disrupción tecnológica y la robótica nos permite imaginar una utopía que nos encamine hacía una sociedad abierta y acogedora, cosmopolita e integradora. En la que pueda arraigar la cultura, las humanidades, artes y ciencias. Donde se pueda lograr la síntesis de los valores humanos con la buena conducta, la urbanidad y la libertad. Que la convivencia, sin conflicto, entre el individuo y la comunidad, permita que la identidad y la diversidad coexistan en armonía.

Podríamos impulsar una política industrial productiva, innovadora, científica, digital y medioambiental. Trabajo de calidad, profesional y estable, en el que la persona sea protagonista y no un simple apéndice del sistema, dependiente del algoritmo y sujeta al móvil. Para fijar ese rumbo, hay que tener un partido que se haga con la hegemonía del discurso, más la internacionalización de la organización y de la acción sindical.