Manuel Vázquez Montalbán (el escritor) parece a menudo suspendido entre dos espacios: entre el periodista y el novelista, entre la actualidad y la erudición, entre el entretenimiento y la exigencia, la militancia y estudio, el hedonismo y el rigor... Un artista dual. O un escritor flotante, suspendido entre dos espacios bien diferenciados, e incompatibles para la mayoría. Parece como si Manuel Vázquez Montalbán (MVM en adelante) hiciese méritos para participar de cualquiera de estos polos en oposición, pero le faltase algo para que se le reconociese por completo como uno de ellos. Un ejemplo: parecería que para la opinión pública (y para la academia) su constante atención a la actualidad le impidiese ser tenido en cuenta como un filósofo social «serio», y viceversa.

Esta situación flotante afecta también a sus novelas, en especial las de la serie Carvalho, tan complicadas de situar en el catálogo temático de la ficción narrativa, incluso en las laxas taxonomías que manejamos hoy en día. Parecería de nuevo que su adscripción a las fórmulas del género negro limita el alcance artístico y coarta la inventiva formal, de manera que la «crítica seria» (o si se prefiere: la exigente) no suele incluirlas entre las mejores novelas de su tiempo.

Nada que ver con el prestigio de un Marsé, un Marías o una Carmen Martín Gaite. Pero ¿de verdad pertenece la serie de Carvalho exclusivamente al género negro? ¿No son novelas como Los pájaros de Bangkok o La rosa de Alejandría demasiado densas (en el sentido que una sopa sustanciosa lo está comparada con un caldo claro) para confundirse con el grueso de las ficciones de género negro? Enseguida tratamos de responder a esta pregunta, pero antes les invito a dar un rodeo quizás excesivamente personal.

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