La Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC) se encamina hacia una nueva etapa con el nombramiento del francés Ludovic Morlot como director titular a partir de la próxima temporada, ocupando el puesto que dejará Kazushi Ono. En todos los cambios hay siempre una esperanza de mejora y en este caso, también, porque la orquesta necesita un buen empujón, pero las alegrías habrán de propiciarlas unos buenos resultados y eso requiere tiempo. Hace falta un buen programa de mejora, una buena comunicación entre el podio y la masa orquestal  y, también, presupuesto.

El nombramiento de Morlot sorprendió porque ni es muy conocido ni sonaba entre los candidatos al podio del Auditori. Durante la pasada primavera hubo un desfile de directoras al frente de la OBC, algo que podía hacer pensar que se trataba de un examen de cara al futuro nombramiento de nuevo director, en un momento en que muchas orquestas apuestan por mujeres al frente de sus formaciones. Pues ni Marta Gardolinska, ni Ruth Reinhardt, ni Anja Bihlmaier, ni Shi-Yeon Sung ni Laurence Equilbey aprobaron. Morlot, que la había dirigido en un concierto en septiembre de 2020, sí.

A estas alturas, un currículum internacional como el que tiene el nuevo titular, que ha dirigido durante ocho años la Orquesta Sinfónica de Seattle, con la cual ha obtenido cinco premios Grammy, que ha dirigido otras grandes orquestas y que fue el director musical de La Monnaie de Bruselas (con un contrato acortado a tres temporadas a causa de diferencias artísticas), aun asiendo un currículum importante, nos impresiona poco.

Eiji Oue llegó a Barcelona en 2006 con la aureola de haber dirigido en Bayreuth, y eso ya parecía suficiente para perdonárselo todo. Lo que no se decía es que en el festival wagneriano dirigió una única edición, la de 2005, y que para las siguientes ediciones de la misma producción de Tristan und Isolde hubo que recurrir al valor siempre seguro de Peter Schneider, porque la calidad de la dirección del japonés era insuficiente. En el Auditori, a Oue lo salvó el Barça o, mejor dicho, la camiseta del equipo blaugrana.

Kazushi Ono ha sido un director físicamente ausente y poco implicado en la necesaria mejora de la formación orquestal.

Otro que vino con un pasaporte internacional, aunque mucho más potente, fue el todavía director Kazushi Ono. Había dirigido La Monnaie y la Ópera de Lyon, donde había demostrado de sobras su valía con un repertorio operístico extenso, pero con especial énfasis en la ópera rusa del siglo XX (Prokófiev, Stravinski y Shostakóvich) y en la obra de Benjamin Britten.

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El nombramiento de Ono al frente de la orquesta de Barcelona coincidió más o menos con el de Joan Pons como director de la del Liceo. Yo creía que estas designaciones  eran una equivocación, teniendo en cuenta las respectivas biografías musicales. Es decir, que Pons debería haber ido a la OBC y Ono, al Liceo. Me equivoqué a medias.

 

Salir del foso

Pons, sin tener una gran experiencia en la dirección de ópera, ha hecho y está haciendo una magnífica labor con la formación del Liceu, demostrando que es un muy buen constructor de orquestas. Es el director que la formación del teatro de La Rambla necesitaba para salir del foso metafórico en el que estaba. Ono, en cambio, no ha aportado gran cosa a la OBC y ha sido un director físicamente ausente y poco implicado en la regeneración de una formación que necesita un nuevo impulso. No es casualidad que uno de sus mejores trabajos desde el podio del Auditori no fuese la dirección de una obra sinfónica, sino la de una ópera, aunque en versión de concierto: Turandot de Puccini en 2019.

Morlot vino a Barcelona en enero para dirigir un concierto, ocasión que permitió verlo de cerca y conocer qué piensa hacer con la orquesta. De todos modos, tampoco me impresiona saber que entre sus objetivos al frente de la OBC figure el de hacerla crecer artísticamente y el de impulsar su proyección en el terreno internacional y en el digital. Estos buenos propósitos se los hemos oído más de una y de dos veces a otros directores sin que se hayan alcanzado ni mucho menos.

Los buenos propósitos anunciados por Morlot se los hemos oído más de una y de dos veces a otros directores sin que se hayan alcanzado.

Según explicó, una vez nombrado, pidió los programas que la orquesta ha ofrecido durante los últimos quince años para detectar ausencias y buscar un equilibrio entre lo que es bien conocido y lo que es nuevo, o que sin ser nuevo, no se ha interpretado. Encontrará un buen montón de carencias, de todo tipo, pues aunque la OBC nos ha descubierto compositores contemporáneos, muchas veces daba la sensación de que era para cubrir una especie de expediente. Una de las ausencias más notables ha sido la de Robert Gerhard. Ni tan siquiera los dos aniversarios seguidos, el 50 de su muerte en 2020, y el 125 de su nacimiento en 2021, propiciaron la programación de sus obras más notables.

Morlot dice que le gusta tener una dieta musical variada y que piensa cada programa como un viaje. Esto no es ni bueno ni malo, depende de las estaciones del trayecto. Y lo que ofreció en el Auditori en enero, más que un periplo parecía un programa de radio-fórmula con un hilo conductor tan elástico como lo es el Amor. Había obras de dos venerables ancianos contemporáneos, Elliott Carter y Betsy Jolas, un poco de Bach (el Concierto de Brandeburgo núm. 3), un poco de Robert Schumann con una obra poco interpretada (Introducción y Allegro appassionato para piano y orquesta, op. 134), y un poco de Mahler, concretamente el último movimiento de su Tercera Sinfonía, lo que a muchos mahlerianos —lo de trocear una sinfonía tan extraordinaria como aquella— les disgustó.

 

Programa con pies y cabeza

Por el contrario, un programa que sí tenía pies y cabeza, a pesar de no ser fácil, es el que la misma OBC programó en su visita anual al Palau de la Música el 19 de febrero bajo la dirección de Anna Maria Helsing, con Jean Sibelius como eje central y el mar como eje secundario. Las Oceánidas es un poema sinfónico del compositor finlandés que, para muchos, constituye una de las mejores, si no la mejor, representación musical del  mar. También de tema marítimo es Oltra Mar, obra para orquesta y coro mixto de la finlandesa Kaija Saariaho.

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La otra obra programada de Sibelius era su Sinfonía núm. 7, en Do mayor, op. 105, la última que compuso y estrenó. En esta obra, el compositor da un salto mortal sobre la estructura clásica de una sinfonía eliminando todos los movimientos y dejando solo uno continuo. Si, por un lado, el músico finlandés lleva el género sinfónico a sus límites, por el otro, esta obra acabada y estrenada en 1924, cuando Arnold Schönberg ya había introducido el dodecafonismo, pone de manifiesto que todavía hay mucha vida en el mundo tonal.

Esta sinfonía tuvo un fuerte impacto en los compositores de la llamada música espectral, como es el caso de la Saariaho y también del catalán Bernat Vivancos, de quien el programa incluía su obra Cinc pregàries para soprano, orquesta de cuerda, arpa y percusión. Todo cuadraba.