¿En qué se parecen Paul Schrader y Aki Kaurismäki, esos dos cineastas en apariencia tan distintos? Remontémonos a 1972, cuando el primero de ellos, entonces crítico y teórico, publicó El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer, su tesis doctoral, y consagró un concepto que ha hecho fortuna: en las películas de los tres cineastas estudiados en su libro, hay algo que va más allá de la realidad representada para trascenderla, es decir, para acceder a una dimensión espiritual que tiene que ver con lo invisible y que el cine se encargaría de revelar, como si se tratara de un secreto o de un misterio.

En los films que Schrader escribirá o dirigirá en los años siguientes, cuando decida poner en práctica sus teorías, todo ello se traducirá en una serie de héroes atormentados en busca de la redención, pero también, de manera equivalente, en una puesta en escena seca y austera, que intenta vaciar el relato de todo adorno para acercarlo a una sobria estilización. Los guiones que elabora en los años 70 para Martin Scorsese, de Taxi Driver (1976) a Toro salvaje (1980), tienen que ver con esa ascesis de la palabra y de la imagen, algo en lo que insiste en sus films como director a partir de 1979, incluso en los más recientes: ya hablamos en estas mismas páginas, no hace mucho, de El reverendo (2017), El contador de cartas (2021) o El maestro jardinero (2022), sus últimas y espléndidas películas. En su caso, se trata de proponerse a sí mismo como heredero de Yasujiro Ozu, Robert Bresson o Carl Theodor Dreyer, los cineastas que le fascinaron en su momento, cuando era un joven y apasionado estudiante de cine. Y ahí es donde entra, inesperadamente, el cine de Aki Kaurismäki, que acaba de estrenar entre nosotros Fallen Leaves (2023).

En un recuento de lo que considera las mejores películas de la historia del cine, Kaurismäki incluía tres de Ozu y una de Bresson, lo cual lo hace coincidir en gran medida con los gustos de Schrader. Pero esa confluencia no es tan importante como lo que se desprende de ella. Tomemos Nubes pasajeras (1996) o Un hombre sin pasado (2002), dos de los films más emblemáticos de la última etapa de Kaurismäki, y observemos el modo en que se dedica a componer planos de prístina simplicidad, guiados siempre por unos pocos actores y un decorado desnudo y con frecuencia monocromático, que acaban dando forma a relatos simples y directos, narrados sin floritura alguna, en lo que supone un despojamiento absoluto que deja el drama al desnudo, expuesto y presentado al espectador en toda su pureza, sin los habituales oropeles de cierta ficción contemporánea. Y eso que Kaurismäki debutó como director en los años 80, en plena eclosión de la narración posmoderna, cuando todo apuntaba al nacimiento de aquel «neobarroco» que se encargaron de legitimar teóricos como Omar Calabrese o Paul Virilio.

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.