Acaba de ser elegido presidente del PP por aclamación (y por exclusión), y está realizando el milagro de los panes y los peces en los sondeos electorales. También el de la conversión del liderazgo aguado en vino carismático en los medios afines e incluso en los tangentes. Pero más allá del currículo oficial plagado de triunfos, o del oficioso de la Wikipedia, no hay demasiados datos de sus méritos políticos concretos.

No es la primera vez que Alberto Nuñez Feijóo asume la misión de arreglar un desaguisado. Y no es porque el todavía presidente de la Xunta sea la versión del señor Lobo de Pulp Fiction en la formación conservadora. Lo que ocurre es que todo, o casi todo lo que pasa en la política estatal española, ha sucedido antes en Galicia. Soy consciente de que diciendo esto arriesgo al límite mi supuesta credibilidad como analista, pero el sorpasso de la entonces AP a la ahora extinta UCD se produjo en las autonómicas de 1981. Y antes de que existiese un barrunto de Podemos, en el Parlamento Gallego irrumpió de forma sorprendente, codeándose con los socialistas y arrumbando a los nacionalistas, una nueva izquierda, Alternativa Galega de Esquerdas, joint venture de dos fuerzas más que minoritarias, el independentismo e IU, en cuya campaña trabajó un chaval de Vallecas, Pablo Iglesias.

También el municipalismo, que en Galicia no solo obtuvo el gobierno en las ciudades, sino el de multitud de villas, fue allí donde se empezó a disolver, como lágrimas en la lluvia, el fenómeno al completo en todos sus aspectos (AGE, las Mareas, el subgrupo federal en el Congreso…).

Todo, o casi todo lo que pasa en la política estatal española, ha sucedido antes en Galicia.

El primer entuerto que tuvo que arreglar Feijóo, hace casi dos décadas, fue una especie de rebelión de los cipayos, a resultas de la catástrofe del Prestige. El sector autonomista del partido, encabezado por la eterna mano derecha de Manuel Fraga, Xosé Cuiña (que ponía los pelos de punta a Génova con declaraciones como la de que se sentía «al borde de la autodeterminación») pretendió asumir la gestión de la catástrofe, ante la evidente inacción y/o torpeza manifiesta del gobierno de Aznar.

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Lo que sucedió no solo no les sorprenderá, sino que les recordará un suceso reciente: alguien filtró que la empresa del hijo del conselleiro Cuiña había suministrado material de limpieza a la Xunta. Resultó que lo había hecho a precio de coste, pero Cuiña senior, que ya se veía como el primer vicepresidente que tendría Fraga, tuvo que dimitir. Entonces —2003— el Feijóo que aterrizó como sustituto y para estrenar vicepresidencia era un funcionario con un perfil político más que discreto, que había estado al frente del Insalud y de Correos, pero con un padrino como los de antes, José Manuel Romay Beccaría, opusdeísta discreto, secretario general de Sanidad con Franco, ministro del ramo con Aznar y presidente del Consejo de Estado con Aznar y con Rajoy.

Fraga y su flamante vicepresidente perdieron las siguientes elecciones gallegas, pero probablemente Feijóo, como Escarlata O’Hara, puso al electorado por testigo de que nunca más iba a perder otras. Le ganó a Cuiña y a la corriente autonomista las primarias a la presidencia del PP de Galicia, las primeras y las últimas que hubo en el PP de Galicia (ahora él ha designado a dedo a su sucesor, que pese a ser vicepresidente desde 2012 es desconocido para más de la mitad de la población).

 

Con polo y mocasines

Empero, no se estrenó con demasiado brío como líder opositor. Su imagen más famosa entonces —antes de las que ya saben— fue durante la pavorosa ola de incendios de 2006. Mientras los rostros exhaustos y ennegrecidos de bomberos y miembros de las brigadas forestales inundaban los medios, Feijóo, con polo y mocasines, apuntaba el chorrito de una manguera de jardín a unos matorrales humeantes. Si alguien se acuerda de Pablo Casado, quizás tenga presente aquella imagen suya durante la borrasca Filomena con la pala haciendo como que despejaba de nieve las aceras de Madrid.

Convocadas las autonómicas de 2009, Feijóo fue el pionero de otro tipo de campaña, la del toque a degüello con el cuchillo en los dientes. Contó con el apoyo vehemente de unos medios locales que calculaban que el gobierno bipartito PSdeG-BNG era una conmoción en el statu quo, y también de los foráneos que consideraban que tenían que dar la batalla al socialseparatismo y reclamar después el pago. La compra de unas sillas para el despacho del presidente socialista se presentó como un despilfarro propio de sátrapas. La separación matrimonial del vicepresidente nacionalista sirvió como argumento para acusarlo sin fundamento de maltrato conyugal, y la redifusión de una fotografía antigua en el yate de un empresario como una prueba de amistades peligrosas. No deja de tener su mérito, sabiendo que en alguna parte había unas suyas navegando con un narco declarado.

En aquellas elecciones el PP recuperó el escaño que le daba la mayoría absoluta, que ha mantenido desde entonces. De paso, salvó al líder nacional del partido, Mariano Rajoy, cuando nadie daba un duro por él. También es cierto que Rajoy, consciente de lo que se jugaba, pateó en esa campaña más Galicia de que la había conocido en su vida anterior o visitó en la posterior. En otra muestra más de que la historia se repite, Rajoy había sido enviado desde Madrid veinte años antes para sofocar, también como vicepresidente y también de la mano de Romay Beccaría, otra rebelión cipaya: la de los propios miembros de la Xunta del PP que habían querido destituir al presidente y que, al fracasar, promovieron una moción de censura que dio paso a un gobierno tripartito del PSdeG con dos partidos nacionalistas. Aquello allanó otro desembarco, el de Fraga.

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Mucha emigración

La imagen de marca Feijóo es la del gran gestor. Sin embargo, en todas sus legislaturas no se ha dictado ninguna ley de mediana relevancia y no se ha reclamado ninguna de las competencias previstas en el Estatuto de Autonomía. Galicia es la quinta eurorregión que más fondos ha recibido de la UE (15.000 millones en los últimos 30 años, la gran mayoría gestionados por la Xunta), pero de los consignados para 2014-2020 quedan alrededor de 1.400 millones pendientes de gastar. En la última década, la comunidad autónoma se ha quedado sin sistema financiero, su tejido industrial se ha jibarizado y su apuesta por internacionalizar la construcción naval acabó con el astillero puntero de Vigo en manos de un empresario mexicano actualmente preso por corrupción y lavado de dinero.

La apuesta por internacionalizar la construcción naval acabó con el astillero puntero de Vigo en manos de un empresario mexicano actualmente preso por corrupción y lavado de dinero.

La economía ha crecido menos que la media española y el paro más. Si se acerca a la media de la renta per cápita es por la caída demográfica: baja natalidad, muy escaso aporte inmigratorio y mucha emigración. Las estadísticas oficiales estiman en 300.000 los gallegos que se han buscado la vida fuera de 2009 a 2019, la tercera parte jóvenes universitarios. En palabras del politólogo Antón Losada, la cacareada excelencia de la gestión de Feijóo es más bien la de un aseado presidente de co