Memoria de un catalanista ilustrado

Amadeu Cuito i Hurtado (Barcelona, 1936) es uno de los albaceas de la memoria del catalanismo ilustrado. De formación poliédrica —abogado y economista—, es hijo del exilio republicano. Ferran Cuito, su padre, era ingeniero. Amadeu Hurtado, su abuelo materno, político y abogado, recibió el encargo de la Generalitat de defender la ley de Contractes de Conreu; lo explica en su dietario Abans del sis d’octubre. Aquel catalanismo liberal e ilustrado, reunido bajo el paraguas de Acció Catalana, forma parte de su legado familiar. Exiliado en Francia desde muy pequeño, amplía este bagaje con los referentes de la cultura francesa de adopción. Participa en París, en sus años de formación en la Sorbona, en los debates políticos e intelectuales de la época. Sin embargo, no desconecta de Cataluña: ingresa en el Moviment Socialista (MSC) y mantiene una estrecha colaboración con Josep Pallach. La vida profesional lo lleva a Nueva York, donde amplía la visión afrancesada del mundo con la perspectiva radicalmente diferente de EEUU. Vive en Barcelona desde 1976. Ha publicado El jardí sense temps, Contes d’un carrer estret y Memòries d’un somni. Reconocido proustiano, es presidente de la Societat d’Amics de Marcel Proust. Sí, la memoria de un catalanista ilustrado.

 

Explica en Memòries d’un Somni que se despertó con 4 años en el exilio.

En agosto de 1936, prácticamente al comenzar la guerra, mi padre fue a ver a Companys con la intención de pedirle unos pasaportes para que pudiera huir el presidente de la empresa donde trabajaba, que estaba siendo perseguido por la FAI. Durante la entrevista, llamó Vincent Auriol desde París para que le explicara qué pasaba en Cataluña. Companys le preguntó a mi padre, que hablaba francés muy bien, si podía ir allí. En París se le pidió que fuera a comprar armas para la República. Primero fue a Polonia y después a Checoslovaquia. Entonces desapareció del mapa porque los alemanes lo secuestraron. Lo detuvo la Gestapo, pero en ese momento aún no tenían barra libre. El abuelo fue a ver a sus amigos políticos franceses y, después de sus gestiones, que no sabemos si prosperaron, apareció en un bosque cerca de Colonia. Tuvo suerte, porque si hubiera sido la Gestapo de los años posteriores, lo habrían abandonado sin vida.

A mi padre ya no le asignaron ninguna otra misión. Entonces a mi abuelo se le ocurrió la idea, que no tuvo éxito, de convencer a los ingleses y los franceses de que no debían hacer una política de «no intervención», sino intervenir para pedir que se parase la guerra. En junio de 1940 los alemanes entraron en París y nosotros salimos en desbandada hacia Perpiñán, que entonces pertenecía a la Francia de Vichy, es decir, a la Francia no ocupada.

 

Usted había nacido en Cataluña, luego se desplazó a París y, finalmente, se instaló en Perpiñán. ¿Cómo se sentía?

Yo era un crío. Sabía que fuera de casa hablaban francés. Cuando fuimos a Perpiñán sí me di cuenta de la realidad porque fui al colegio y aprendí el francés a marchas forzadas, por asimilación. Además, el rosellonés es un francés de estar por casa.

 

Sin embargo, no perdió nunca sus raíces catalanas.

En septiembre de 1941, es decir, un año después de nuestra huida a Perpiñán, mi madre consiguió, a base de tejemanejes y de un amigo que trabajaba en el consulado, un pasaporte español con un visado de 15 días para ir a Barcelona y poder ver a mi abuela paterna, que estaba muy delicada. Nada más llegar a Barcelona sentí que la diferencia con Perpiñán era abismal. Era una ciudad impresionante. Tenía grandes avenidas, un puerto… ¡Y, además, todo el mundo hablaba catalán! En conjunto era muy chocante, pero la visita también me hizo ver que aquella Cataluña estaba prohibida para según quién: yo venía a ver a una abuela y mi padre tenía prohibido ver a su madre. Fue eso lo que me marcó. De hecho, ahora que tengo 86 años veo hasta qué punto soy hijo de un exiliado, pero, sobre todo, que he compartido el exilio con mis padres hasta casi los 40.

 

Después de esta breve estancia en Barcelona, ¿siente que se refuerza su sentimiento o condición de exiliado?

Hay que tener en cuenta una premisa: uno empieza siendo un refugiado, no un exiliado. El refugiado, tal como dice el término, busca refugio en un país que le protege o que él cree que le protege más que el país que abandona. Es cuando comprende que ya no puede volver cuando se convierte en un exiliado. Eso es exactamente lo que siento en 1947: los exiliados constatan que Franco ha ganado la guerra y, pese a las condenas simbólicas de la comunidad internacional, queda muy claro que esta no hará caer el régimen y que, por tanto, ellos no podrán volver.

 

En Perpiñán coincidió con destacados intelectuales catalanes como Antoni Rovira i Virgili, Joaquim de Camps i Arboix, Pompeu Fabra… ¿Cómo valora el hecho de haberlos conocido?

Venían mucho por casa, porque hacían tertulias con mi padre en casa de Ametlla (Claudi Ametlla). Para mí, eran unos señores venerables y, en cierto modo, eran también una constatación de lo que era el exilio, ya que también tenían prohibido volver a España.

 

Tanto su abuelo como su padre eran herederos de un catalanismo liberal e ilustrado. ¿Cuál cree que es el legado que le dejaron?

Si bien es cierto que ambos eran catalanistas, también hay que subrayar que su catalanismo no era el mismo porque procedían de mundos diferentes. Mi abuelo era un republicano afrancesado y abanderaba un catalanismo más bien biológico. Para hacernos una idea, la gran diferencia que lo separaba de Cambó era que este no era republicano.

 

«Uno empieza siendo un refugiado, no un exiliado. El refugiado busca refugio en un país que le protege. Es cuando se da cuenta de que ya no puede volver cuando se convierte en un exiliado.»

 

¿Y su padre?

Él empezó trabajando de mecánico, más concretamente de tornero, entre los 15 y los 18 años. Entonces ingresó en la Escuela de Ingenieros. Durante un año dejó el trabajo de tornero, pero incluso ejerció este oficio en la empresa Renault de París durante la Primera Guerra Mundial. Había conseguido sacarse los estudios trabajando de día y estudiando de noche. Ahora bien, ellos dos tenían una gran diferencia: Ferran Cuito procedía de los trabajos manuales y las ciencias exactas, mientras que los orígenes de Amadeu Hurtado se remontaban a la cultura liberal y humanista, que fue justamente la que le permitió ejercer como abogado. De hecho, es curioso porque mi padre empezó a refugiarse en los libros después de perder su primera biblioteca y, entonces, la volvió a construir.

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Ferran Cuito ocupó cargos en la Generalitat y también fue el primer director general de Industrias de la Segunda República. ¿Cómo resumiría su tarea política?

Como la de un catalanista que se dedicó a la reconstrucción nacional de Cataluña. Y lo demostró constantemente.

 

¿Cómo le han influido las ideas de su abuelo y de su padre?

Eso lo he ido descubriendo. Uno, cuando es joven, piensa que es el responsable de sus ideas y que se adhiere a una familia política porque así lo ha decidido. Pero la realidad no es exactamente así: hay una familia que uno escoge, pero hay otra que no ha escogido y que tiene mucho peso, que es la familia en la que uno ha nacido. De hecho, creo que políticamente no pienso de modo muy distinto de como pensaban mi padre y mi abuelo.

 

Una de las grandes constantes de su vida es Francia. Ha bebido de su cultura, y muy especialmente de su literatura. Sin ir más lejos, ahora preside en Cataluña la Societat d’Amics de Marcel Proust.

De hecho, yo era francés. Cuando salía de casa, todos mis amigos eran franceses, toda la escuela era francesa, también la universidad. Sí, hay que tener presente que, hasta bien entrada la vida adulta, prácticamente todo lo que había leído era en francés; también los autores extranjeros.

 

«Dejé de ser francés en Nueva York. Francia tiene un carácter orgánico. En cambio, Estados Unidos es una sociedad contractual: el acceso es directo.»

 

Aparte de su admiración por Marcel Proust, ¿cuáles cree que son los autores franceses que más lo han marcado?

En mi caso ha jugado un papel muy importante Claude Simon, que sería premio Nobel en 1984. En aquella época, cuando todavía trabajaba también como pintor, era amigo de mi padre y, con el paso del tiempo, fuimos estableciendo una sintonía que me permitió preguntarle a los 17 o 18 años cuáles eran los autores que debía leer para tener un bagaje mínimo. Y él me envió una carta con una lista que ha influido en mi gusto literario. En esa carta está Proust, evidentemente, pero también Céline.

 

Con frecuencia se ha criticado a Céline —seudónimo de Louis Ferdinand Destouches— por su colaboracionismo y antisemitismo. Sin embargo, Viaje al fin de la noche es hoy una obra de referencia, ¿no?

Sí, yo lo leí y me entusiasmó. Lo encontraba buenísimo literariamente. Recuerdo que, cuando lo defendía, mucha gente me decía que no entendía que lo leyera.

 

Para resumir, su adolescencia fue la síntesis de la herencia catalanista familiar y de la formación ilustrada francesa. ¿Está de acuerdo?

Sí. Ahora bien, yo dejé de ser francés cuando viajé a Estados Unidos. Yo había estudiado Derecho y Economía en la Sorbona, pero no podía ejercer ni de abogado ni de funcionario dada mi nacionalidad española. Entonces mi padre decidió que tenía que irme a Nueva York a ganarme la vida. Empecé a trabajar en una empresa de ingeniería que se dedicaba a la industria siderúrgica. Llegué de inmigrante en 1959 y sin conocer a nadie; la única amiga que tenía era Barbara Probst (escritora de familia judía). Tuve la suerte de que el 80 % de la población de Nueva York era refugiada, cosa que hacía que me sintiera como pez en el agua.

 

Amadeu Cuito retratado en su domicilio, en octubre de 2022. Fotografía de Xavier Jubierre.

Amadeu Cuito retratado en su domicilio, en octubre de 2022. Fotografía de Xavier Jubierre.

 

¿Por qué dice que en Estados Unidos dejó de ser francés?

No solo sentí que había perdido esta condición, sino que me volví crítico con su modelo de sociedad. Por poner solo un ejemplo: recuerdo que, en una fiesta, me sorprendió ver hablando amigablemente a un profesor de leyes de Harvard con un vendedor de patatas al por mayor. Ese diálogo que habían entablado los dos era absolutamente imposible que se hubiera producido en Francia. El modelo francés destacaba por su marcado carácter orgánico: todo el mundo tenía un lugar y cumplía una función. En cambio, Estados Unidos es completamente diferente. Es una sociedad contractual. Tú aportas alguna cosa y te la compran o no, pero el acceso es directo.

 

Tres años después de vivir en Estados Unidos, vuelve a Europa por motivos de trabajo. Es entonces cuando empieza su militancia activa en el Moviment Socialista de Catalunya (MSC). ¿Qué recuerdo tiene de aquello?

Esa etapa empieza unos años antes. Josep Pallach era amigo de mi padre. Era uno de los colaboradores de Quaderns d’estudis polítics, econòmics i socials, una revista que había fundado mi padre y en la que escribía todo el exilio ilustrado. Yo era un joven más de izquierdas que de derechas, y con Pallach sintonizamos porque era más cercano a mi generación. Pero sobre todo tenía un aliciente suplementario: había pasado por la experiencia del comunismo durante la guerra y había sufrido las consecuencias. Hay que tener presente que entonces las universidades francesas estaban dominadas por el Partido Comunista o por sectores próximos a Jean-Paul Sartre. Y él había conseguido salir de aquella burbuja y de aquel mundo, también orgánico.

 

Pallach abanderó avant la lettre la conjunción del catalanismo y de la socialdemocracia. ¿Considera que fue un pionero?

Sí, efectivamente. Pero sobre todo me fascinó su personalidad. Era un hombre charmant, y tenía la seducción del profesor. También en este ámbito fue un innovador, ya que era maestro en un instituto piloto de París que aplicaba nuevas fórmulas de enseñanza.

 

En paralelo también conoció a Joan Reventós. ¿Cómo lo recuerda?

Vino a París con Pepa Rovira cuando hacía poco que se habían casado. Su padre, Manuel Reventós, había coincidido en el ministerio en Madrid con mi padre. Recuerdo también que hubo una anécdota que aclaró mi visión de las cosas. En 1958, a raíz de la detención de Reventós y otros compañeros del MSC en Barcelona, participé en París en una recogida de firmas para su liberación. A mí me pidieron que fuese a hablar con André Malraux, que entonces era ministro de Cultura, Albert Camus y Jean-Paul Sartre. Los dos primeros firmaron sin problemas, mientras que Sartre no lo hizo porque quería saber previamente quiénes habían firmado la petición con el objetivo de conocer su orientación política.

 

Quien tuvo también una influencia notable en su pensamiento fue Raymond Aron. ¿Por qué?

Recuerdo que nos dio un curso en la Sorbona sobre las lecciones de la sociedad industrial La primera clase se titulaba: Marx y Tocqueville. Claro, para mí fue toda una sorpresa, ya que estaba situando a Marx al lado de una figura que, por muy liberal que fuese, había sido monárquica con Luis XVI. La lección fue extraordinaria y no me dejó indiferente. También marcó un punto de inflexión la lectura de Cartes de Rússia, del Marqués de Custine, que me recomendó mi padre. Esta aportación de la intelectualidad liberal que quedaba, como es el caso de Raymond Aron, tuvo una influencia en mi pensamiento, al mismo tiempo que la de Pallach.

 

Josep Pallach murió repentinamente el 11 de enero de 1977. ¿Considera que la transición política habría sido diferente si hubiera vivido más tiempo?

No, no lo creo. Entre otras cosas porque Pallach no fue diputado, ya que las primeras elecciones democráticas fueron en junio de 1977. ¿Qué habría pasado si hubiera sido elegido diputado? Entraríamos en un ejercicio de política ficción en el que no he querido entrar nunca.

 

Hablando de la Transición, ¿cómo la vivió y qué lecciones piensa que habría que extraer?

Nunca acabé de entender muy bien la importancia que tuvo el catolicismo político en todo aquel proceso. Este movimiento político empieza en España en 1945, cuando el presidente de Acción Católica, Alberto Martín-Artajo, se convierte en ministro de Asuntos Exteriores y, en consecuencia, bendice al régimen franquista y le quita el carácter fascista de partido único. A partir de aquel momento, el franquismo se convierte en un gobierno dictatorial, pero nacionalcatólico; ya no es fascista. También hay que recordar que la otra tendencia del catolicismo político, que representó después el Opus Dei, salva de algún modo al régimen con la aportación del entendimiento con Europa y, por tanto, consigue que prolongue su duración unos años más.

 

«Cataluña es un país pequeño, sin recursos naturales, capitalizado a través del comercio. El catalán es dialogante y pactista, pero con una cierta propensión a la protesta.»

 

Pero la Transición permitió la reconciliación de la sociedad española después de 40 años de dictadura, y la restauración de la democracia.

No he comprado nunca la idea de la reconciliación, porque es un término que tiene una connotación cristiana. Además, esta idea, como hijo de exiliado, no se me pasaba por la cabeza. En todo caso, estaba dispuesto a olvidar porque me convenía —y creo que convenía al país— dejar de lado la guerra.

 

Sin embargo, una de las consecuencias de la Transición fue el retorno del exilio del presidente Tarradellas. ¿Uno de los pocos actos de ruptura democrática?

Sí, ese fue un acto de ruptura democrática; el único. Además, fue un acto doble, ya que Tarradellas recuperó la presidencia de la Generalitat, pero también la de la Diputación. Cuando Pallach empezó a defender la idea de su retorno, Tarradellas optó por no ponerse en contacto con él porque todavía pesaba el pasivo político de su elección, en 1954, en México (Pallach defendía a Manuel Serra i Moret). Entonces, Tarradellas me llamó y me dijo que mi mujer y yo teníamos que ir a comer a Saint-Martin-le-Beau. En seguida capté el mensaje. Fuimos allí. En la puerta, recién llegados, me dio una carpeta en la que había la felicitación de mi abuelo materno cuando había sido nombrado conseller. Tarradellas funcionaba siempre de esta manera, a través de símbolos, y este significaba nuestra reconciliación. Más adelante, Pallach propuso, en el marco del Consell de Forces Polítiques, el retorno del presidente. Todos quedaron sorprendidos, pero nadie se atrevió a oponerse. Y a partir de aquel momento, el retorno de Tarradellas subsistió como uno de los puntos a reclamar.

 

«Yo viví el 1 de Octubre como un acto de protesta y, como buen catalanista, fui a votar. Muchos me dicen que estoy equivocado y que fue un acto fundacional, pero yo no sé si lo veré.»

 

Y después llegó la llamada «operación retorno» del presidente en el exilio.

Sí, Tarradellas volvió porque ganaron las elecciones los socialistas y los comunistas. Adolfo Suárez necesitaba un interlocutor, que no podían ser ellos.

 

El general De Gaulle decía en sus memorias de guerra que siempre había tenido una «cierta idea de Francia». ¿Cuál es su idea de Cataluña?

Cataluña es un país pequeño, sin recursos naturales, sin grandes llanuras fértiles ni ríos con mucho caudal, que se ha capitalizado a través del comercio. El catalán, por esencia, es dialogante, pactista y posibilista a ultranza. Al mismo tiempo, sin embargo, tenemos una cierta propensión a la protesta. Nuestro país, por tanto, oscila entre el posibilismo y la protesta. Un ejemplo que lo refleja claramente son los Hechos del ¡Cu-cut!, de 1905, cuando cuatro militares borrachos quemaron la redacción de aquel semanario satírico. El acontecimiento desató una llamarada de protesta que unió a todas las fuerzas políticas con Solidaritat Catalana. Después, a la hora de proponer algo, se deshizo… Y creo que esto es una constante existencial del país.

 

¿Definiría la década del procés independentista como una etapa de protesta?

El nuevo Estatut de Cataluña que recortó el Tribunal Constitucional no se lo había leído nadie. Pero, de repente, con la sentencia se enciende la protesta. Lo que pasa es que este acto de protesta no necesariamente lo pilota alguien. Mi abuelo hablaba siempre de la «masa neutra». Y al final todo culmina con la protesta más grande que es el 1 de Octubre.

 

Habla del 1 de Octubre como de un acto de protesta.

Sí, viví el 1 de Octubre como un acto de protesta y, como buen catalanista, fui a votar. Muchos me dicen que estoy equivocado y que fue un acto fundacional; quizá lo fue o quizá lo será, pero yo no sé si lo veré

 

Para acabar, ¿cómo ve la política actual?

La política ha perdido credibilidad, y eso obedece en gran parte al lenguaje que se utiliza, que encuentro tronado. ¿Qué quiere decir «trabajaremos intensamente»? ¿Quiere decir que normalmente no trabajamos intensamente? ¿Qué quiere decir «radicalidad democrática»? ¿Qué quiere decir «acto unilateral»? Luego, si hurgas un poco, encuentras una explicación. Pero todo esto constituye un lenguaje que, repito, me parece tronado.