Es bien conocido que el pasado 21 de febrero se produjo el asesinato político del presidente del Partido Popular, Pablo Casado, perpetrado coralmente con nocturnidad y alevosía por sus enemigos y sus amigos de partido, sin distinción. La autopsia del cadáver político de Pablo Casado revela, en una primera observación, una serie de hechos vertiginosos que provocaron el fatal desenlace.

Siguiendo a Juan Manuel Romero (El País, 27-2-22), la secuencia de los ocho días que van del 16 al 23 de febrero podría resumirse así: Una sospecha de corrupción en el entorno familiar de Isabel Díaz Ayuso habría dado lugar a una de las malas artes de la política en forma de espionaje y chantaje del aparato del partido a la presidenta madrileña, la cual, aprovechando un momento de debilidad política de Pablo Casado, habría tomado la iniciativa denunciando estas males artes, utilizando a fondo otras males artes populistas que domina con excelencia, y provocando una reacción contundente y quizá poco meditada del presidente y del secretario general del partido, con la consecuencia de volver del todo evidente la guerra civil interna que se estaba incubando desde hacía tiempo.

El pánico provocado por este escenario caníbal precipitó la reacción de los poderes fácticos de la organización, atizados por los poderes fácticos de los medios la derecha y el anonimato de las redes sociales, con la consiguiente decapitación de Pablo Casado.

Lo mínimo que se puede decir es que se trata de una secuencia de hechos muy poco ejemplar y que deja al descubierto la indigencia moral de muchos de sus protagonistas, como señalaba Juan José López Burniol en La Vanguardia (26-2-22): «La fuga que se produce en los cuadros del Partido Popular, a partir del momento en que se supera el punto de no retorno, muestra una falta descarada de aquellos valores humanos en los que se fundamentan la lealtad, el sentido de equipo y el mínimo respeto que toda persona merece incluso en sus peores momentos.»

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No obstante, en esta sucesión de hechos se pueden observar algunas constantes que ayudan a profundizar en la autopsia y a percibir algunas patologías previas a los sucesos del mes de febrero. Empezando por una serie de despropósitos políticos acumulados en las semanas anteriores, como la precipitada convocatoria de las elecciones en Castilla y León sobre la base de unas expectativas infundadas, o el episodio vergonzoso de la votación parlamentaria de la reforma laboral, que se añaden al pasivo acumulado por Pablo Casado desde 2018. Y continuando por la persistencia del viejo y conocido hedor a corrupción que no abandona al Partido Popular.

Un cóctel letal de impericia política, corrupción enquistada, dependencia mediática, activismo en las redes y movilización populista contribuyeron al golpe de mano que hizo que se colapsara la dirección del PP de Casado.

También, por la colonización mediática del espacio de la derecha, sometido a las presiones inmisericordes de importantes medios de comunicación convertidos en prensa de facción del partido. Como dice Guillem Martínez (CTXT, 22-2-22): la batalla se desarrolla en los medios acólitos, pero no a partir de la información, sino: «a través de su sentimentalización, de su orientación y de su manipulación… La política como percepción, como trumpismo, se desarrolla en los medios». Y con la caja de resonancia de las redes sociales, con su capacidad simplificadora, manipuladora y amplificadora, que crea estados de opinión.

Una resonancia clave en la movilización populista a favor de Ayuso y contra Casado, como ha documentado Pilar Gómez (El Confidencial, 1-3-22): «En las redes sociales se había creado un clima de opinión. En el partido, los que intentan echar a Casado lo hacen con el argumento de “la calle no lo quiere”. En la sociedad de hoy “la calle” es Twitter y a nadie le preocupa si es real lo que pasa allí. El escalón siguiente del ejército virtual de Vox era proporcionar a Ayuso el puñal con el que matar a Casado. El pueblo dará su veredicto a golpe de tuit. Basta con dirigir a la masa hacia donde uno quiere: #YoconAyuso y #Casadodimisión. Más de 10.000 cuentas operando y el todavía presidente acabó devorado por los leones.»

Y así, atizada por las redes, la movilización en la calle estaba servida y se convirtió en todo un éxito, como lo destacaba Antoni Puigverd (La Vanguardia, 23-2-22): «ha sido una de las acciones populistas más lucidas de estos 44 años de democracia. Quizá sólo comparable a la concentración a favor de Jordi Pujol después de la victoria de abril de 1984 por mayoría absoluta, que fue interpretada como un referéndum popular contra la querella de Banca Catalana».

En resumen, un cóctel letal de impericia política, corrupción enquistada, dependencia mediática, activismo en las redes y movilización populista contribuyeron al golpe de mano que hizo que se colapsara la dirección del PP de Casado.

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Pero lo más preocupante nos lo manifiesta un tercer nivel de la autopsia, en tanto que, aparte de afectar al Partido Popular, afecta al conjunto del sistema político español, con tres cuestiones de fondo: la impregnación del estilo populista de hacer política; la incapacidad del PP para desprenderse de su mala reputación corrupta y el reto de la competencia con la extrema derecha.

La accidentada trayectoria de Pablo Casado al frente del PP está impregnada del estilo populista, empezando por unas primarias con unas reglas peculiares que posibilitaron su elección en contra de la candidata oficialista. Continuando por una actuación política en la oposición caracterizada por la simplificación de los mensajes y la distorsión de los hechos, con la que contribuyó a aumentar la crispación en un contexto de fuerte polarización política. O también propiciando el ascenso fulgurante del fenómeno político pop de Isabel Díaz Ayuso… que finalmente se le ha escapado de las manos.

«La alianza entre la prensa de derechas y la facción aznariana ha impuesto la lógica trumpista en el Partido Popular» (Antoni Puigverd).

No es nada extraño, pues, que en la crisis que estalló violentamente a mediados de febrero la concatenación de estos factores jugase en contra del presidente del Partido Popular: simplificación de los hechos, precipitación en la actuación, crispación en las formas, polarización interna. De manera que la crisis se desató y se cerró fuera del marco institucional establecido: filtraciones interesadas, protagonismo de los medios, apelación a las emociones, movilización en la calle… En definitiva, un golpe de mano, un golpe de estado interno siguiendo el manual populista que, aparte de los daños políticos personales —irreversibles en el caso de Casado, inciertos en el caso de Díaz Ayuso—, afecta a la reputación del partido y contribuye a la degradación de su funcionamiento institucional.

Volviendo a Antoni Puigverd: «Es evidente que a Casado el cargo le venía grande, pero la manera en la que están defenestrándolo demuestra que el partido que más atacaba al populismo ahora se entrega a él en cuerpo y alma: la masa ha dictado sentencia y los dirigentes políticos, asustados, claudican. Tantos años criticando el p