Nada tiene de malo (más bien de bueno) pensar al margen de las moralinas e ideas preconcebidas, sean de izquierdas o de derechas. Discurrir por nosotros mismos, desapegados de la corrección política, de la borregada que se amamanta de tertulias simplistas de buenos contra malos, ricas en descalificaciones y pobres en ideas, por no hablar del insoportable cacareo de las redes sociales. Nada tiene de malo dependiendo, claro, de que las ideas que acabes desarrollando no te conduzcan siempre, indefectible y sospechosamente, a los confines de la extrema derecha.

¿Es eso lo que le está pasando a Andrés Calamaro? Puede ser. Seguro que hay parte de pose o provocación, pero las recientes posiciones sociopolíticas expresadas por la estrella del rock argentino no parecen propias de un librepensador espontáneo. Todas juntas podrían figurar en el catecismo negacionista, ultraliberal, ultrapatriótico. Es como si Calamaro se postulara como relevo de Ramón Tamames en una hipotética nueva moción de censura impulsada por Vox. Al igual que el viejo economista, él también se crió «socialista, feminista y ateo». ¿Qué ha pasado entonces?

Con una adolescencia zarandeada en el Buenos Aires de la dictadura 1976-1983 y una juventud intensamente vivida en las libertarias noches del madrileño barrio de Malasaña, Calamaro irrumpió como artista de masas entre 1990-1996 con Los Rodríguez, la imponente banda de rock creada junto a Ariel Rot, Julián Infante y Germán Vilella. Antes, había sido hiperactivo en la escena argentina, especialmente con Los Abuelos de la Nada, además de colaborar con el gran Charly García y firmar cuatro discos bajo su nombre. Disueltos Los Rodríguez, publicó en solitario sus cimas discográficas: Alta Suciedad (1997) y Honestidad Brutal (1999), en un periodo vital tan exitoso como desaforado.

El quíntuple El Salmón (2000), con más de cien canciones, ejemplificaba ese momento de incontinencia brutal, bajo tres detonantes indisolubles: divorcio, cocaína y ego. De esa orgía de grabaciones sin fin, con sesiones de 72 horas solo detenidas por el desmayo, proceden más de la mitad de las 3.000 canciones inéditas que atesora. «Mi fluidez musical con la farlopa era insólita, incalculable». Desde entonces, menguaron las canciones buenas y crecieron las declaraciones hiperbólicas. A medida que las toxicomanías disminuyeron, se abrió paso el Calamaro tradicionalista, taurino y patriota. Como dijo Ariel Rot: «Fuimos sexo, drogas y rock’n’roll. Ahora somos Viagra, café y Vivaldi».

Como dijo Ariel Rot: «Fuimos sexo, drogas y rock’n’roll. Ahora somos Viagra, café y Vivaldi».

Como Calamaro es una persona de lo más elocuente, dejemos que él mismo explique los asuntos sobre los que más le gusta polemizar.

ANARCOCAPITALISMO. El más reciente posicionamiento de Calamaro fue respaldar al candidato de La Libertad Avanza, Javier Milei, nuevo presidente de Argentina y partidario de eliminar salud y educación gratuitas. Aznar, Rajoy, Ayuso, Abascal y Vargas Llosa también apoyan al ultraliberal de la motosierra. «Milei es un anarcocapitalista y me identifico. El cambio por el cambio en sí mismo puede ofrecer algo parecido a la esperanza». Por contra, si la idea del cambio por el cambio proviene de la izquierda ya no le parece tan bien: «Es un pecado del progresismo que los esbirros de la nueva vida digital hayan sido convencidos por las juventudes hitlerianas del posmodernismo de las bondades del cambio por el cambio mismo, sin pensar dónde nos lleva. Nada sacro, litúrgico, tradicional o intelectual vale lo suficiente».

Es como si Calamaro se postulara como relevo de Ramón Tamames en una hipotética nueva moción de censura impulsada por Vox.

FERVORES PATRIÓTICOS. En 2019, Calamaro ya se significó a favor de la ultraderecha española, aunque luego tuviera esforzarse en desdecirse o matizar. «Prefiero el vértigo de los patriotas y reaccionarios, me representan más que los moderados», dijo en vísperas de las elecciones. Se trataba de una tesis que apoyaba poniendo como ejemplo «el renunciamiento histórico de Antonio Escohotado» o «la posición incómoda de Fernando Sánchez Dragó», dos defensores de Vox. Cuando murió este último, con el que compartía amistad, ideas y aficiones taurinas, Calamaro suspiró: «Espero ser su digno apóstol».

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Tras los últimos comicios en España, insistió: «Está hundiendo al Reino en una suerte de dictadura progresista-comunista que podría reventar un país que hasta ahora ostenta una calidad exquisita de vida». En otra ocasión, dijo: «Renunciar a la patria y la bandera consiste en algo que ni merece llamarse traición. Es paradójico que la generación que menos penurias ha sufrido sea la que ha dinamitado España. Asistimos atónitos a una castración cultural insólita que casi supera las dictaduras».

Calamaro carga tanto hacia la derecha que cuando intenta centrarse resulta poco creíble: «Dudo de las tradicionales alas de la derecha y la izquierda, porque estamos en un escenario de bancos y de Bruselas, un mundo global que defiende las tradiciones mientras que las suprime igualando lo distinto». Ante eso, aunque no la cita, alaba el modelo Ayuso: «Madrid, trinchera y barricada, insumisa y libre, liberal. Contracultural. Una ciudad que se permite dudar de la nueva “dictablanda” de la agenda multicultural, de la anticultura que parece asomarse como destino sobre la vieja Europa, amenazada por un plan sospechosamente globalista, superficial y caprichoso, de tolerancia intolerante, un nuevo moralismo hipócrita».

NEGACIONISTA Y CONSPIRANOICO. Calamaro confiesa sin matices: «Soy negacionista del cambio climático y de las energías renovables». Abomina de lo que él llama «gente que abraza árboles» y llegó a firmar un artículo en el diario ABC titulado «El Reich animalista». Sobre la pandemia del covid-19 hizo estas declaraciones en 2022 que, como siempre, quiso borrar o matizar: «El coronavirus no salió de Wuhan, ni de un mercado chino. Se creó en un laboratorio y nos lo inocularon de manera aberrante, una excusa para dominar a la sociedad mundial. Un genocidio cometido con esa vacuna de grafeno y metales pesados. Yo me vacuné, me arriesgué a que me mataran, como amigos míos que murieron o quedaron deformes. La pandemia es la Tercera Guerra Mundial contra la humanidad, demostrando que somos todos esclavos de un sistema nefasto y perverso, mucho peor que el nazismo. Hemos permitido que nos inoculen sustancias que ni el peor adicto hubiera permitido. Caminando dóciles al matadero químico, en una imagen que casi supera el imaginario del Apocalipsis. Este fin del mundo se presenta como alarmante batalla cultural, exaltación de la eutanasia, y la persecución del humor y las artes inopinables».

DROGAS SÍ, VACUNAS NO. Como Miguel Bosé, capaz de meterse tres gramos diarios de coca sin pestañear para luego clamar contra «la vacuna asesina», Calamaro usa esa doble vara de medir. «Para hablar de drogas, deberíamos recordar que fuimos vacunados en masa, incluso mostrando entusiasmo. Y que la droga de este tiempo es el teléfono y la conectividad que les inducen a niños. También llama la atención el silencio informativo con el consumo de crack, el suicidio, el sida y la prostitución. Y sí, yo experimenté con la psicodelia, con muy buenos resultados artísticos».

Atribuye a las vacunas y no a sus excesos toxicológicos la causa de todas sus dolencias: «Desde que cumplí 60 años sufro molestias físicas; secuelas de la vacuna, la segunda dosis fue venenosa». ¿Nada tiene que ver sus famosas maratones de cocaína e insomnio? «No sé. Éramos jóvenes. No nos podemos quejar de aquellas abundancias. No descarto que el vacunatorio haya pasado peores facturas».

EL ARTE DE PROVOCAR. Calamaro abomina de las redes sociales, pero es el lugar donde derrama sus provocaciones. En 2012 aseguró: «No es un grato recuerdo, pero hace años, en un altercado callejero, le quité la vida a un yonqui en Madrid». Su representante salió a dar explicaciones: «El Twitter de Andrés es un lugar donde él juega y bromea. Estaba componiendo una canción y empleó una imagen que venía de la película American psycho en la que, ahí sí, asesinaban a un heroinómano».

Su afán provocador no tiene freno. «La vergüenza es el límite, y ni eso. Pero no soy provocador, soy artista. Me manifiesto. Estamos para ofender y gustar. La autocensura es peor que la censura. Ofender la opinión no tiene nada de trágico. Me importa más el bien común y la honestidad creativa que vender una entrada más o menos», aunque en sus hilos más encendidos aprovecha para intercalar publicidad de sus giras. «Disentir es normal. Pensar en términos ideológicos puros es obsoleto. No hay palabras grandilocuentes que expliquen nada, ni ultras, ni fascismo, ni socialismo. No leí a Marx ni a Primo de Rivera. Puedo conversar con todos los sectores. Aprecio las líneas no rectas, la distancia sinuosa entre dos puntos, sin dejarme contaminar por la actualidad transgénica». Calamaro sigue la máxima que él mismo acuñó: «Qué lindo es vivir la vida diciendo lo que me gusta/ El escarnio no me asusta».

AZOTE DEL MUNDO DIGITAL. Pese a su adicción a polemizar, Calamaro dice ser «un militante de la desaparición de las redes». Es difícil comprender por qué las emplea tanto si se siente tan por encima del resto de usuarios. «Estar en las redes es aceptar el maltrato; cualquiera te insulta, jamás a la cara. La violencia, cuando es cobarde, subleva la paciencia. La estupidez y la cobardía son una combinación tremenda. Una sociedad degradada, sentenciosa, imbécil. Un montón de excremento que no constituye crítica, pensamiento u opinión. El suicidio asistido de la cultura occidental».

Cuando está activo en las redes, percibe que al otro lado se atrinchera «un nuevo extremismo de la moderación» que confiesa aborrecer. «Dudo de la empatía, de la cínica e infantil mueca progresista. Acabaremos añorando la Edad Media».

Pese a su adicción a polemizar, Calamaro dice ser «un militante de la desaparición de las redes».

¿FEMINISMO CABALLEROSO? Superadas viejas drogodependencias («ya solo me queda el mate») Calamaro se define ahora como «adicto al sexo» y «varón de alto rendimiento». Su modelo es Julio Iglesias. «Es una leyenda, por la cantidad de mujeres que han estado con él, un fucker. Ambos estamos anclados en el siglo XX y compartimos ese concepto caballeroso del feminismo, los primeros feministas del mundo».

No son pocos los que aprecian en su disco estrella, Honestidad brutal, cierto tufo machista. Muchas de las canciones parecen inspiradas en su ruptura con Mónica García, su esposa entre 1992 y 2000. Hubo incluso un sonado episodio de celos, cuando Calamaro se presentó en casa de su amigo músico Charly García con un bate de béisbol, además de un grotesco cruce de insultos en medios de comunicación. Un espectáculo lamentable de dos machirulos partiéndose la cara por una mujer, vista como un trofeo, mientras que ella no dijo palabra y se limitó a pasar de ambos. Sobre aquel disco, Calamaro dijo: «Si fuera una opereta contendría variopintas protagonistas femeniles: mujeres mundiales, rubias que vienen y se van, jugadoras con fuego, jóvenes que entregan la virtud sobre un capote de torero, victorias, soledades y palomas. Como disco de divorciados es una proeza».

En un hilo mantenido en Twitter en 2020, sostuvo: «¿Asesinadas por ser mujeres?  Eso puede estar ocurriendo en países del Oriente o del Norte de África. En Occidente, las mujeres son asesinadas por asesinos. Venga, no se corten en decir que la violencia de género es fascista y capitalista. No creo en eso de mujeres victimizadas enfrentándose a machos depredadores. Me opongo a toda protección especial para las mujeres, adopte la forma que adopte, y al feminismo como religión».

Su modelo es Julio Iglesias. «Es una leyenda, por la cantidad de mujeres que han estado con él, un ‘fucker’.»

CULTO A LOS TOROS (Y AL BOXEO). Calamaro profesa por los toros algo parecido a la fe. «Ningún intelectual de prestigio condena la tauromaquia. En los ambientes que me muevo me consideran un paladín de la libertad por manifestarme en una defensa que no querría protagonizar». ¿Alguna guerra tiene sentido?, le preguntaron una vez. «Sí, la guerra contra los antitaurinos. Ocurre también en Argentina: sacrifican a diario 6.000 toros en mataderos y dicen repugnarse por seis formidables toros en la arena. La tauromaquia es un arte sublime, horma de hombres y mujeres cultos y cabales. Es una liturgia estética, ecologista, popular, intelectual y misteriosa. Pasa con el boxeo. Ha sido proscrito; pero un país sin interés por el boxeo es un país de cobardes. La nobleza poética del ring es inabarcable».