La alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo, podría hacer historia en las elecciones presidenciales del próximo abril. Una victoria la convertiría en la primera mujer presidenta de Francia y en la primera persona nacida en el extranjero que ocuparía el cargo. Pero todos los sondeos indican que quedará lejos, muy lejos de ese objetivo: una derrota estrepitosa confirmaría el hundimiento de su partido, que durante buena parte del último medio siglo ocupó el poder o fue la principal alternativa, e hipotecaría el futuro político de la alcaldesa.

Hidalgo, nacida hace 62 años en San Fernando (Cádiz) y emigrada a Francia con su familia cuando tenía dos años, se proclamó candidata en septiembre de 2020. Los sondeos le dan unas expectativas de voto de más o menos el 5 %. Las cosas pueden cambiar hasta abril, pero su campaña ha empezado con mal pie y tendría que producirse un giro por ahora improbable para que la alcaldesa acabara sustituyendo al centrista Emmanuel Macron en el Palacio del Elíseo.

Nunca le dijo nadie a Anne Hidalgo que las cosas fuesen fáciles. Antonio, el padre, era hijo de un represaliado del franquismo y tuvo una infancia digna de una novela de Dickens. Trabajó en los astilleros de Cádiz y en la marina mercante. María, la madre, era costurera. Tuvieron dos niñas: Ana y Mary. Una vida es una sucesión de escenarios, una geografía. El primer escenario biográfico de Hidalgo es España. «Toda la infancia de Hidalgo está rodeada de esta leyenda familiar: no olvidar nunca la Guerra Civil y el franquismo», me explicó su biógrafo, Serge Raffy.

El segundo escenario son los barrios obreros de Lyon y la escuela, fundamento de la meritocracia francesa y, durante décadas, fábrica de ciudadanos. «Hija de inmigrante e hija de obrero, a cada día que pasaba yo me veía más como hija de Francia, porque la escuela daba un sentimiento de pertenencia a todos los niños que se encontraban en mi caso», escribe Hidalgo en Una femme française («Una mujer francesa», no traducido). «[La escuela] a la que yo iba contaba con una sesentena de nacionalidades y, digan lo que digan, transformaba, y todavía transforma, a los niños en “excelentes franceses”, como cantaba Maurice Chevalier en 1939.»

La experiencia de la niña inmigrada permite entender sus ideas sobre el papel de la escuela republicana y sobre la laicidad. En este punto se parece a otro político francoespañol y antiguo compañero de militancia suyo, el ex primer ministro socialista Manuel Valls. Ana Hidalgo obtuvo la nacionalidad francesa a los 14 años y pasó a llamarse Anne; el ex primer ministro y exconcejal de Barcelona la obtuvo a los 20. Ambos son franceses por voluntad propia. Ambos (con una retórica más incisiva en el caso de Valls, pero un fondo similar) defienden la laicidad entendida como la igualdad de los ciudadanos por encima de credos, comunidad u origen étnico o cultural.

La fe en los valores republicanos marca una de las diferencias de Hidalgo con la izquierda multicultural o comunitaria.

Esta fe en los valores republicanos, como dicen los franceses, marca una de las diferencias de Hidalgo con la izquierda multicultural o comunitaria: la que, por ejemplo, se alía con los islamistas en contra de las restricciones que la laicidad impone al uso del velo por parte de los musulmanes. Es uno de los puntos que la separan de la izquierda populista de Jean-Luc Mélenchon; otro es el europeísmo de Hidalgo.

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Inspectora de trabajo

El tercer escenario en la vida de Hidalgo es París: sus primeros pasos por los pasillos de los ministerios en la rive gauche y los salones del poder. Ella no ha seguido el currículo elitista de tantos dirigentes franceses pasando por Sciences Po (el prestigioso instituto de estudios políticos de París) y la Escuela Nacional de Administración. Es inspectora de trabajo, un puesto que le permite recorrer las fábricas de todo el territorio francés y conocer de cerca la realidad del mundo obrero, que era el de sus padres. También es su puerta de acceso a la política.

Anne Hidalgo aprende los rudimentos del arte de gobernar de la mano de Martine Aubry, la superministra de Trabajo y Solidaridad entre 1997 y 2000 en el Gobierno de cohabitación entre el primer ministro socialista Lionel Jospin y el presidente neogaullista Jacques Chirac. El gabinete de Aubry, donde Hidalgo trabaja como consejera, es un vivero de jóvenes políticos. La futura alcaldesa de París comparte días y noches de trabajo extenuante con Olivier Faure, actual primer secretario del PS, y con Benoît Hamon, candidato del partido a las elecciones presidenciales de 2017.

Aprende los rudimentos del arte de gobernar de la mano de Martine Aubry, la superministra de Trabajo y Solidaridad entre 1997 y 2000.

En el gabinete de Aubry, Hidalgo conoce también a Jean-Marc Germain, su segundo marido y padre de su hijo menor, Arthur (tiene dos más de un primer matrimonio). Germain habría de tener un papel destacado durante la presidencia del también socialista François Hollande, entre 2012 y 2017, como cerebro de los frondeurs, el grupo de diputados del ala izquierda del PS que le hizo la vida imposible al propio Hollande, al primer ministro, Valls, y al entonces ministro de Economía, Macron.

 

El despacho más grande de Francia

Del ministerio a la ciudad: la trayectoria de Hidalgo continuó en la capital francesa, pero en la otra orilla del Sena, en el imponente Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, donde está, según dicen, el despacho más grande de Francia, el del alcalde. Pero Hidalgo todavía no lo ocupa. Es el año 2001. De momento, es la primera adjunta de Bertrand Delanoë, el primer alcalde de izquierdas tras décadas de una ciudad en manos de Chirac y sus sucesores.

Delanoë y ella acabaron enfrentados, pero durante aquellos años se pusieron las bases de la revolución ecológica que ha constituido la marca de fábrica de Hidalgo. Su hora llegó en las municipales de 2014. En coalición con comunistas y ecologistas, la nueva alcaldesa puso en marcha un programa que tenía uno de sus ejes en la reducción de la circulación de automóviles y la apertura de carriles bici.

Sus planes para un transporte limpio toparon con la ira de muchos automovilistas. A ello se sumaban las críticas por la suciedad de las calles.

Su gestión en París es el gran activo de Hidalgo en la difícil carrera hacia el Elíseo y, a la vez, constituye un lastre. Es un activo, primero, porque la experiencia de dirigir una metrópoli global como París equivale a gobernar un pequeño estado. Hidalgo ha afrontado situaciones extremas como los atentados islamistas de 2015 y ha ocupado uno de los cargos más expuestos de la política francesa. Uno de sus éxitos ha sido obtener los Juegos Olímpicos de 2024.

El año 2018 fue el año horrible de Hidalgo. Sus planes para un transporte limpio toparon con la ira de muchos automovilistas. A ello se sumaban las críticas por la suciedad de las calles. Su número dos, Bruno Julliard, dimitió entre acusaciones de ineficacia y arrogancia.

Ha afrontado situaciones extremas como los atentados islamistas de 2015 y ha ocupado uno de los cargos más expuestos de la política francesa.

Tuve la oportunidad de entrevistarla aquel año para El País Semanal en el despacho del Hôtel de Ville. Todo fue bien en la entrevista hasta que se me ocurrió hacerle una pregunta sobre uno de los temas de debate en la ciudad en aquel momento (y un tema que sigue persiguiéndola en la campaña presidencial): la suciedad y la presencia de ratas en la calle. No le gustó. «Bueno, El País es un diario muy importante y quizá podría subir a un nivel más importante», respondió. «Es un poco raro, un poco raro.»

 

Vínculo íntimo con España

Hidalgo, como otros políticos franceses, no encaja bien las preguntas imprevistas o que ellos consideran hostiles (en Francia es costumbre, por ejemplo, que los políticos relean y con frecuencia corrijan las entrevistas antes de que se publiquen, y los medios suelen someterse a esta práctica). Por otro lado, Hidalgo, que conserva la nacionalidad española, tiene un vínculo íntimo con España y, cuando lee mi periódico, no considera que esté leyendo un periódico extranjero. En aquellos momentos, El País tenía una línea editorial crítica con su amigo Pedro Sánchez, que aún no era presidente del Gobierno, y yo entendí que ella estaba en desacuerdo con esta posición.

Hidalgo se recuperó después de aquel año horrible en el que muchos la dieron por acabada. Entre otros, Macron, que desde el Elíseo preparaba el asalto al Ayuntamiento de la capital en las municipales de 2020. Macron fracasó. Hidalgo salió reelegida con comodidad. No puede decirse que de inmediato, tras la reelección, la alcaldesa pensara en las presidenciales. Ella no es la clase de político que sueña desde pequeño con ser presidente y que, cada mañana, al mirarse al espejo, ya se ve en el Elíseo. De hecho, era reticente a entrar en campaña, y es bastante verosímil la teoría de que el PS recurrió a ella porque no tenía ninguna otra alternativa.

Es bastante verosímil la teoría de que el PS recurrió a ella porque no tenía ninguna otra alternativa.

La campaña es una carrera de obstáculos. Hay un factor personal: Hidalgo tiene problemas para conectar con la Francia de los pueblos y las pequeñas ciudades. Los problemas, en realidad, van más allá. La izquierda está dividida: cinco candidatos y, sobre todo uno, el ecologista Yannick Jadot, que compite por el mismo electorado que Hidalgo. Otro obstáculo: la profunda crisis del PS. En 2017, Hamon sacó un 6 % de votos y el partido quedó al borde de la extinción; retiene el poder municipal en grandes ciudades francesas (Nantes, Marsella, Montpellier) y por eso no es extraño que uno de los mensajes de Hidalgo sea que ella es la candidata de los alcaldes y de la descentralización.

 

Cortesía de amigo

Para tener opciones de llegar a la segunda vuelta, como mínimo Hidalgo se tendría que unir al ecologista Jadot (o captar a sus votantes), pero cuando en diciembre propuso celebrar unas primarias para designar a un candidato único de la izquierda, sus principales competidores (Jadot y Mélenchon, mejor situados que ella en los sondeos) la ignoraron. La candidatura única quizá sería inútil: sumados, los candidatos de la izquierda no pasan del 25 %. Tal vez, como señalan algunos sondeos, Francia es un país de derechas. Estas elecciones se jugarán en el espacio que va del centroderecha a la extrema derecha, y la izquierda (la moderada y la radical, con la candidata Hidalgo o cualquier otro candidato) no tiene ninguna posibilidad de victoria. Quizá a lo máximo que puede aspirar la alcaldesa socialista es a sacar un mejor resultado que Hamon en 2017, lo que le permitiría salvar el honor del PS e iniciar una reconstrucción que podría desembocar en una candidatura en 2027. Un resultado como el que ahora reflejan los sondeos, del 5 %, la dejaría muy debilitada para el resto de su mandato en París, que ha de tener un momento estelar en los Juegos Olímpicos de 2024. Tal vez sería el fin de su carrera política.

Es pronto para pronósticos. A mediados de noviembre se celebró un mitin de socialistas europeos en la sala de la Mutualité, en París. Asistieron Hidalgo y Pedro Sánchez. «Necesitamos la Francia progresista en el Consejo Europeo. Estoy seguro de que con Anne como presidenta de la República haremos avanzar a Francia y a la Unión Europea», dijo el presidente español. Y añadió: «Creo que el año que viene tendremos una presidenta socialista en la República, en Francia, y podremos hacer muchas cosas juntos.» Cortesía de amigo u osado optimismo, Sánchez es una de las pocas personas que más fe ha mostrado en esa improbable victoria. Quizá la única.