En 1997, el cineasta francés Leos Carax fue invitado a participar como actor en A casa, la película que en aquel momento estaba rodando el lituano Sharunas Bartas, su amigo y cómplice. Paralelamente a esa filmación, Carax consolidó su relación sentimental con Yekaterina Goluveba, actriz y guionista rusa compañera entonces de Bartas, hasta el punto de que ella acabó abandonando a su pareja y se instaló en París para vivir con él, que a su vez había roto sus vínculos con Juliette Binoche, hasta entonces su actriz-fetiche.

Carax llevaba tiempo sin dirigir, concretamente desde Los amantes del Pont Neuf (1993), para la que se había empeñado en construir unos decorados tan costosos que acabaron disparando salvajemente el monto del presupuesto inicial. Pero, poco después de su encuentro con Goluveba, empezó a pensar en adaptar al cine Pierre o las ambigüedades, la novela más maldita de Herman Melville, con la actriz como protagonista. El resultado, Pola X (1999), que entonces fracasó y luego se ha convertido en película de culto, vino a añadirse a los problemas de adicción de la pareja y sumió al cineasta en un nuevo periodo de inactividad. Goluveba se suicidó en 2011 y Carax volvió al cine al año siguiente, con Holy Motors (2012).

En el terreno del arte, no ocurre siempre que las circunstancias biográficas de los autores incidan de manera decisiva en sus obras. Pero no es menos cierto que Annette (2021), el siguiente trabajo de Carax tras Holy Motors, quizá sea una excepción, pues lleva impresas en sus convulsas imágenes la historia sentimental del cineasta con Goluveba. Todo aparece desfigurado, convertido en una fábula extraña y ambigua, pero ahí está el creador atormentado, convertido en monologuista para la película, que termina echando a perder su relación con la mujer que ama, en el film una cantante de ópera, en presencia de una bebé-marioneta que podría ser su redención.

De hecho, la niña que aparece en la primera escena, al lado del mismísimo Carax, no es otra que la hija que tuvo con Goluveba, ahora testigo mudo de esta película oblicuamente autobiográfica. Annette podría verse, así, como el ejercicio espiritual de expiación al que Leos Carax puede enfrentarse, por fin, después de todos estos años. Sentimientos de culpa, remordimientos por lo que seguramente fue una relación que no supo salvar, deseos irrefrenables de convertir todo eso en imágenes fílmicas que sirvan de reparación: el último film de Leos Carax, en cualquier caso, surge de las oscuras profundidades del remordimiento y el arrepentimiento para erigirse en la autopsia metafórica de un cineasta que podría estar muerto pero no lo está, habiendo ocupado su lugar la mujer a la que quiso.

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Annette es, pues, un musical tenebrista, la historia de un artista de circo frustrado que termina convirtiéndose en amargada estrella de la stand up comedy (Adam Driver, seguramente el mejor actor de su generación) y formando pareja sentimental con una cantante de ópera igualmente en la cresta de la ola (Marion Cotillard). Tras el nacimiento de su hija, sin embargo, las cosas empiezan a complicarse, él se hunde cada vez más en el alcoholismo y la drogadicción y ella se convierte en el testigo mudo e impotente de toda esa deriva, hasta que un acontecimiento trágico viene a romper este frágil equilibrio.

Fantasía autobiográfica pasada por el tamiz de la tradición del musical, Annette es un film simultáneamente clásico y moderno.

Con reverberaciones de Ha nacido una estrella, sobre todo de la versión de George Cukor de 1954, Carax rechaza de plano no solo todo tipo de realismo, sino también cualquier género tradicional, por mucho que el melodrama o el cine de terror aparezcan de vez en cuando casi en estado puro a lo largo de la trama. En su lugar, se inclina de nuevo por una estilización llevada al límite, en la tradición de cierto musical francés de Jacques Demy o Alain Resnais, o hasta de sus películas previas, y se decide por construir una especie de opera rock que lo emparente con algunos films de esta clase estrenados en los años 70 (de Tommy a Jesucristo Supertar) y también lo reoriente hacia una perspectiva radicalmente contemporánea, entre la música electrónica y la performance.

 

Arrasador poderío emocional

De hecho, el veterano grupo Sparks parece estar en el origen del proyecto y se encarga de la banda sonora, con letras del propio Carax, lo cual termina de dar una idea de la complejidad del asunto: fantasía autobiográfica pasada por el tamiz de la tradición del musical, Annette acaba convirtiéndose en un film simultáneamente clásico y moderno, como si se tratara de un cuento infantil reconvertido en opereta grotesca que, a pesar de todo eso, alcanza finalmente un arrasador poderío emocional.

Todo empieza con una de las mejores escenas del cine de los últimos años. Como queda dicho, Carax y la hija que tuvo con Goluveba aparecen en la cabina de un estudio de grabación y él le dice a ella: «Nastya ¡va a empezar!». La chica se acerca, la vemos extraordinariamente parecida a su madre, todo adquiere un aire simultáneamente funerario y exultante, una rara mezcla que estalla cuando la música empieza: precisamente un tema titulado «So may we start?» que señala el inicio de la función, pero también proclama que lo que vamos a ver no es una película al uso, sino una representación que nunca va a renegar de su condición de tal sino que, al contrario, la dejará ver o entrever cada vez que le sea posible. A partir de ese pistoletazo de salida, músicos y actores dejan el estudio y salen a la calle, filmados por un largo plano-secuencia…

No es extraño que Carax haga constar, en los agradecimientos finales, los nombres, entre otros, de King Vidor y Edgar Allan Poe. Pues, por un lado, Annette cuenta la historia de un hombre que tiene que pagar por sus errores, y ahí está el plano final de Y el mundo marcha (Vidor, 1928), citado explícitamente en el film, para certificar que la redención solo es posible en la ficción. Y, por otro, se trata también de un film sobre lo siniestro en el sentido que le daba Freud, sobre aquello que creemos conocer bien y de repente se convierte en algo terrorífico para nosotros, un asunto que el autor de El cuervo ilustró en muchos de sus cuentos y poemas.

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No es extraño que Carax haga constar, en los agradecimientos finales, los nombres de King Vidor y Edgar Allan Poe.

Pues no hay en Annette pájaros que hablan, pero sí una marioneta que canta. Cuando nace la hija de los protagonistas, vemos con estupor que se trata de una muñeca articulada, sin que nadie nos dé mayores explicaciones al respecto, y el antirrealismo de Carax alcanza así su máxima expresión. Annette, que tal es el nombre de la niña-títere, será explotada luego por su padre, cuando este compruebe sus angelicales dotes canoras y la embarque en inacabables giras por todo el mundo. En el momento en que canta, la película parece detenerse, extasiada ante las hermosas armonías que salen de sus labios. He aquí el tema de toda la obra de Carax y, en especial, de este oratorio conmemorativo que es Annette: la belleza que solo puede surgir de lo feo y de lo horrible, el más alto placer encerrado en los más bajos instintos, desde el momento en que la extraña apariencia de la niña es la metáfora del desajuste emocional del que ha sido fruto.

 

El asunto primordial

Pero también, para finalizar, Annette-niña es igualmente una cierta representación de la inocencia humillada, de la misma manera en que Annette-film propone el retorno a los orígenes, a la ingenuidad primitiva del arte, al cuento tradicional, a esa mezcla de narración oral y cantada que existía incluso antes que el cine, que la novela y que el teatro burgués. Algo de eso hay ya en el musical clásico, sobre todo en Lili (1953), aquella historia alucinada que incluía a Leslie Caron hablando y cantando con una marioneta. Y por ello hay que mostrarse humildes ante una película como esta, pues aquí no valen ni la condescendencia ni la altivez tan propias de ese «nuevo» espectador audiovisual que ha creado cierta cultura de la plataforma y de la serie. Annette desmonta y observa con atención eso que llamamos «espectáculo», o entertainment, del que sin duda ya todos formamos parte, y pone sobre la mesa el asunto primordial, ese que nos dice que quizá habría que volver a empezar.