La política tiene mucho de gestión de expectativas. El Gobierno español podría haber optado por un perfil bajo de cara a su presidencia del Consejo de la UE --como el que ha preferido adoptar Suecia en la primera mitad de 2023-- y de ese modo evitar el riesgo de ser criticado si no es capaz de colmar sus objetivos. Sin embargo, tanto por razones de índole europeo como por consideraciones más domésticas, ha decidido apostar a lo grande y ha diseñado una agenda muy ambiciosa.

Las tres primeras veces que España realizó esta labor --1989, 1995 y 2002-- fueron en general positivas para el proceso de integración y los gobiernos de Felipe González y José María Aznar que las habían organizado. La cuarta, desarrollada en 2010, resultó en cambio deslucida por una combinación adversa de factores de índole institucional (la entrada en vigor del Tratado de Lisboa solo un mes antes de arrancar), internacional (la cancelación de grandes cumbres que se habían anunciado como «acontecimientos históricos para el planeta») y sobre todo económico (pues fue justo entonces cuando la ya de por sí dolorosa Gran Recesión mutó en una crisis de deuda pública en la Eurozona muy dañina para España). José Luis Rodríguez Zapatero, lejos de sacar partido a la ocasión en Europa y en casa, vio cómo el país sufrió un deterioro de influencia en Bruselas y su partido caía a plomo en los sondeos.

El Gobierno actual no se ha amilanado por ese recuerdo. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez tiene un perfil proactivo en la escena europea que le asemeja más a González o Aznar que a sus dos inmediatos predecesores y, con el horizonte de elecciones generales en diciembre, no iba a dejar escapar la oportunidad para aprovechar la proyección que el semestre puede darle. Además, al margen de las circunstancias nacionales, el ejercicio de la presidencia ha recuperado recientemente relieve en la UE. Es verdad que sus funciones están limitadas desde hace quince años por la introducción de la presidencia estable del Consejo Europeo y del Alto Representante al frente del Consejo de Asuntos Exteriores, pero no tanto como para evitar que brillasen Alemania en 2020, con la negociación del plan de recuperación postpandemia, o Francia en 2022, articulando la respuesta europea a la guerra en Ucrania.

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