Para celebrar su sexagésimo aniversario, Angela Merkel convocó a un millar de amigos y colaboradores a una fiesta que tenía como plato principal una conferencia del historiador Jürgen Osterhammel. Aparte de las valoraciones sobre lo que cada uno entiende como entretenimiento y diversión, el encargo ponía de manifiesto cómo había impactado a la canciller alemana la lectura del monumental —más de 1.600 páginas en la traducción de Crítica, de 2015— La transformación del mundo. Más allá de su calidad intrínseca y de su ambición temática, territorial y cronológica, el libro destacaba sobre todo porque evidenciaba la centralidad del siglo XIX en la configuración de la modernidad. Lisa y llanamente, la mayoría de los procesos, ideologías y fenómenos que hoy dominan la actualidad surgen dentro de los márgenes de lo que Eric J. Hobsbawm definió como el «siglo largo»: entre la Revolución Francesa y la Revolución Rusa, aproximadamente.

Consciente de la relevancia del período, la historiografía mundial sigue produciendo, año tras año, centenares de investigaciones interesantes, pertinentes e informadas. Extrañamente, solo nosotros rompemos la norma. Hasta el punto de que no únicamente no interesa, sino que este menosprecio ha generado un progresivo abandono por parte de los especialistas y un dificultoso relevo en los departamentos universitarios, dado que «contemporáneo» y «contemporánea» parece incluir solo los últimos 90 años de historia. Cualquiera diría que Francisco Franco ha logrado salirse con la suya, cuando en su programático y desconocido Apuntes personales sobre la república y la guerra civil, declaraba: «El siglo XIX que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia es la negación del espíritu español», por responsable de «todas las degeneraciones de nuestro ser».

Para mayor ironía, la postergación histórica deseada por el dictador convive con una larga y contundente hegemonía de títulos consagrados al franquismo, en algunos casos con ampliaciones temporales que incluyen la Segunda República o la Transición. Cualquier ojeada a los catálogos editoriales o visita a las librerías podría justificar la creencia de que nuestra historia empezó, como muy pronto, en 1931 o 1936. Antes, el vacío o, como mucho, tan solo unas eras nebulosas en las que sobresale episódicamente alguna fecha (1492, 1714…), personaje (Jaume I, Isabel la Católica…) o acontecimiento (la leyenda negra, la guerra del francés…).

«El siglo XIX que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia es la negación del espíritu español» (Francisco Franco).

Como en toda generalización, encontramos excepciones. Algunas, incluso, muy exitosas de crítica y público, como las firmadas por Isabel Burdiel, reconocida en 2011 con el Premio Nacional de Historia español por su biografía de Isabel II (Taurus, 2010) y que nueve años después publicaba, en la misma editorial, su retrato de Emilia Pardo Bazán. Curiosamente, el mismo premio fue concedido en 2019 a una autora, en este caso la profesora de la UB Anna Caballé, por otra biografía sobre, también, una mujer del siglo XIX: Concepción Arenal (Taurus, 2018). Con esta misma voluntad de nadar a contracorriente y la esperanza de repetir el éxito, diferentes autores han centrado sus trabajos más recientes entre el cambio de siglo y el olvidado primer tercio del siglo XX.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

La biografía como clave

Aseguraba el sociólogo Pierre Bourdieu que las biografías pueden crear la falsa ilusión de ser completas, aunque las vidas siempre tengan un componente escurridizo. Con todo, eso no las invalida como herramienta de conocimiento del personaje y, a partir de aquí, como clave para descifrar una época. En esta doble ambición convergen las novedades Francesc Cambó, de Borja de Riquer (Edicions 62), y Miguel Primo de Rivera, de Alejandro Quiroga Fernández de Soto (Crítica). En el caso del catedrático emérito de la UAB, este trabajo es la culminación de treinta años de estudio y publicaciones en torno a uno de los personajes fundamentales del primer catalanismo político de la Restauración española.

Volver a Cambó nos permite entender la larga genealogía de muchas de las discusiones contemporáneas sobre el encaje territorial, sobre la modernización del Estado y sobre la propia democratización del país. Cubiertos por anteriores libros la etapa final (L’últim Cambó, Eumo, 1996) y otros aspectos concretos del personaje, De Riquer puede centrarse en situar a su poliédrico protagonista —ya que no olvida su vertiente de mecenas, financiero, intelectual o seductor— como eje de un proyecto político que buscaba una tan difícil como necesaria cuadratura del círculo: sustituir la resignada conllevancia por una superadora «concordia». Como se dice en las páginas finales: «Aquello no fue simplemente la frustración de una determinada propuesta catalanista, también significó un claro fracaso político español […] Y así estamos desde hace un siglo.»

Junto con otras causas, aquel fracaso fue uno de los motivos que llevó al poder al general Miguel Primo de Rivera. Después de haberle dedicado la tesis doctoral (publicada en 2008 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales como Haciendo españoles) y de acumular nueva y diversa documentación, como la conservada en el archivo privado del desaparecido Javier Tusell, Quiroga aprovecha el próximo centenario del golpe de Estado para liberar de tópicos a dictador y dictadura, e interpretarlos como algo más que un simple precedente de Franco y el franquismo. Formado en la universidad británica, el autor normaliza su objeto de estudio y lo sitúa en las coordenadas que tensaron los regímenes liberales en todo el mundo occidental: desde la derecha, los levantamientos reaccionarios, y, desde la izquierda, los movimientos insurreccionales.

De esta manera, Primo de Rivera y su régimen ni fueron fenómenos exóticos y particulares, ni tampoco episodios menores o sin entidad propia. Por un lado, Quiroga nos presenta un dictador que, bajo toneladas de propaganda y falsas premisas, se revela como una auténtica bestia política que no duda en utilizar la violencia, la manipulación y todos los instrumentos del Estado para escapar de la tutela del rey, de la burguesía y de los militares. Por el otro, el libro sitúa el período como un momento fundacional de las políticas nacionalizadoras y, también, de parte de las políticas económicas y sociales que después el franquismo vendería como propias y originales. Así como la matriz del Estado español —como, por ejemplo, el régimen provincial o la articulación burocrática— hay que buscarla en el siglo XIX, los años 20 resultan decisivos en muchos de los procesos que marcarán el siglo siguiente.

 

Los locos años 20

Precisamente, a los años 20 del siglo pasado está consagrado el reciente libro colectivo La aventura de la modernidad, coordinado por los profesores de la Universidad de Castilla-La Mancha Ramón V. Díaz del Campo y Juan Sisinio Pérez Garzón (La Catarata), donde se afirma que en la estela de la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial —temática en la que destaca el profesor de la UdG Maxi Fuentes Codera, como ahora con su reciente España y Argentina en la Primera Guerra Mundial (Marcial Pons, 2021)—, el país «experimentó las tensiones generadas por un torbellino de “modernidades” que zarandeó todos los ámbitos de la vida ciudadana». Esta amplitud del impacto justifica que los diferentes especialistas traten todo un abanico de cuestiones que van de la política a la ciencia, la sociedad, la lingüística y la historia literaria, y del arte y la arquitectura al cine, la prensa y la comunicación.

De entre todos los hilos posibles, quizá el protagonizado por las mujeres sea el más ilustrativo de la transformación vivida: «la modernidad significó para las mujeres la expansión de la conciencia de igualdad y, por tanto, el reto de conquistar el derecho a ser consideradas iguales en la vida pública y privada». Se trataba de empezar a resquebrajar la doble invisibilidad que padecían: la que es fruto de su ausencia en ciertos espacios, y la que es consecuencia del desdén allí donde ya estaban presentes. Todo ello hace aún más evidente el acierto de las investigaciones antes citadas que se centran en mujeres clave y singulares del siglo XIX, y del uso de la biografía como herramienta de trabajo.

Aunque con protagonista masculino, Javier Moreno Luzón también se atreve con la biografía y anuncia para enero El rey patriota. Alfonso XIII y la nación (Galaxia Gutenberg). El catedrático de la Complutense ya había coordinado un retrato colectivo del monarca para Marcial Pons en 2003 y ahora, después de unos años dedicados al nacionalismo banal contemporáneo, retorna a los años a caballo entre los siglos XIX y XX. Sin duda, este período necesita, emulando a nuestro entorno historiográfico, ser recuperado y reivindicado como decisivo en los procesos de modernización, liberalismo y democratización, y por los movimientos sociales, nacionales y de liberación contemporáneos. No es extraño que Franco lo quisiera borrar.