Celebramos los cien años del nacimiento de Antoni Tàpies (Barcelona, 1923 – Barcelona 2012). Durante todo el año, hasta diciembre de 2024, hay celebraciones en la Fundació Tàpies de Barcelona, en el Bozar de Bruselas, en la galería Leandro Navarro y en el Reina Sofía de Madrid y, hacia el otoño, como culminación, se pondrá en marcha una última gran exposición en la misma Fundació Tàpies de Barcelona.

 

Estado larvario y salida del capullo

El niño Antoni crece en Barcelona en una familia burguesa presidida por el mundo del Derecho, por parte del padre, y de la política, por parte de la madre, y también con contrastes polarizados entre el anticlericalismo paterno y el catolicismo materno. Dentro de estas formas de ser contradictorias, el pensamiento del joven irá inscribiendo estas huellas a lo largo de toda su obra. Recojamos estas transformaciones. A Antoni, en su primera juventud, ya no le interesan estos escenarios, al menos para seguir transitando por ellos, de manera que toma decisiones para librarse de su influencia; claro está, «quien no mata a la araña no saca la telaraña» y, así, adoptará una estratagema para buscar nuevas visiones del mundo y de la existencia misma.

Sobre todo, buscará una nueva espiritualidad que no tendrá nada que ver con lo que ha conocido hasta entonces, y se adentrará en el conocimiento de las filosofías orientales y del budismo Zen. En la suculenta biblioteca familiar, según cuenta, también hay libros sobre estos temas que podrá leer y consultar. Tras la Segunda Guerra Mundial, la tradición japonesa y la difusión del budismo encarnado por los monjes y su obra, se manifiesta de formas muy variadas: desde imágenes, caligrafías y cerámicas hasta publicaciones, conferencias y retransmisiones radiofónicas. Todo lo cual eclosiona y hace que muchos artistas sientan una atracción absorbente. Tàpies se asoma a este mundo y, finalmente, convencido, entra de lleno en él.

 

Salud

Por otro lado, sabemos que la vida nos zarandea siempre, y que en la vida de un artista cuentan tanto sus capacidades intelectuales como sus condiciones físicas, e incluso su salud, por descontado. El artista necesita unas herramientas propias. Debe saber con qué cuenta para llevar a cabo su proyecto. Saber si podrá trabajar plenamente, en el caso de que tenga convicción, temperamento y salud, o si por el contrario, no podrá dominar nunca el trabajo con los materiales, especialmente cuando sean de grandes dimensiones o se trate de esculturas, en el caso de que tenga una constitución débil y una salud frágil. Quizá deberá limitarse a un único utensilio para trabajar, como un lápiz o un pequeño ordenador manejado desde la cama. Tàpies enferma de tuberculosis, una enfermedad de la que entonces morían muchas personas. Vive en esa situación de peligro durante una larga convalecencia. Las limitaciones de su dolencia y el confinamiento en cama hacen que viva forzosamente enclaustrado en una habitación y que sea sometido a un período de reposo, cosa que lo orienta hacia la reflexión y el estudio. Lee con avidez. Conoce la música y no para de dibujar. Cultiva todo aquello que no le exige esfuerzo físico.

Con estas circunstancias, se forja un artista solitario, abstraído e independiente.  A la larga se convertirá en un intelectual al que hay que conocer, leer y escuchar con serenidad. Escribe y teoriza sobre el arte y su valor y, al mismo tiempo, sobre su propia expresión artística, cuestión siempre difícil e inusual para los artistas. Recordemos una vieja frase de Isidre Nonell que respondía a los colegas y críticos que pretendían debatir sobre el tema: «Señor Nonell, usted, cuando pinta, ¿qué quiere explicar?» «Yo pinto y basta», respondía de modo tajante el pintor. Tàpies pinta y va más allá: crea y argumenta su obra plástica con numerosos textos complejos y muy profundos. ¿Qué quiere decir esto? Que a Tàpies hay que entenderlo entero. Hay que ver y «tocar» sus obras y leer y escuchar sus textos. Solo nos falta degustarlos para alcanzar una sinestesia completa. Si conocemos sus discernimientos teóricos, entenderemos su obra material.

 

La mariposa

Sus primeras obras presentan dibujo y color, con la copia de clásicos y vanguardistas; y pese a ser durante un tiempo estudiante de Derecho, por tradición familiar, decide entrar en el mundo del arte. Emprende caminos muy diversos, y no es que un artista tenga que ser un inconstante, sino que eso forma parte de su necesario crecimiento para desarrollarse y desplegarse como una mariposa. Pasa primero por un período de factura académica, con minuciosidad en el tratamiento del dibujo, de líneas definidas con finura, utilizando utensilios sencillos como el carboncillo, el lápiz, el grafito. Después se interesa por el Surrealismo, el Arte Povera, el Dadaísmo; investiga con mecanismos de carácter geométrico y con otros movimientos fugaces coexistentes y tangenciales; flirtea con ellos, les chupa el néctar como si fueran flores, y contribuye a su polinización, de lo cual se beneficiarán otros artistas y, finalmente, se queda con el conocimiento que encierran. También la pintura al óleo —que en estos períodos aborda primorosamente con pinceles finos redondos y de lengua de gato que le permiten alcanzar pequeños detalles— desembocará en unas obras de delicado acabado que gustarán mucho al público del momento.

 

La mariposa de bosque levanta el vuelo

Emprender el camino de las galerías de arte siempre es un viacrucis. Pero ya lo dice el refrán: «A raposo durmiente, no le amanece gallina en el vientre», y la reacción se pone en marcha. La mariposa se adentra en terrenos complejos, pero se detiene en aquellos que más le convienen; en aquellos que encuentra frescos o cálidos, rojos o verdosos, y donde puede reproducirse con comodidad. Así lo hace Tàpies. Empiezan las exposiciones. En las Galeries Laietanes expone un numeroso grupo de artistas catalanes, en el que reinan la armonía y buena correspondencia entre compañeros, a la vez que nace la lógica rivalidad. Por necesidad, para ganar empuje, los artistas se agrupan. Pensemos que muchos colectivos de la sociedad no entienden qué hacen los artistas ni les atribuyen prácticamente ninguna utilidad; en cambio, si están agrupados, su existencia cobra más sentido.

A Tàpies hay que entenderlo entero. Ver y «tocar» sus obras y leer y escuchar sus textos. Solo nos falta degustarlos para alcanzar una sinestesia completa.

Iniciativas como, por ejemplo, la formación del grupo Dau al Set, los incita a crear. Este grupo, impulsado por el imaginativo, ácrata e irónico Joan Brossa, empieza con energía, edita una publicación y provoca bastante ruido con sus exposiciones. Pasará por diversas etapas, con Brossa, Tharrats y Tàpies, entre otros muchos artistas que contribuirán a darle impulso. Antoni Tàpies respectará, admirará y tratará también a grandes artistas ya reconocidos mundialmente, como Miró, Picasso o Dalí. Expone en París y Nueva York. Entre la cantidad de fotos que encontraréis en la Fundació, os recomiendo buscar las primeras imágenes en blanco y negro. Ahí se le ve cargando los cuadros en la baca del coche y emprendiendo el viaje en solitario… en busca de nuevos mundos artísticos en los que tal vez lo entenderán.

Su trayectoria en las postrimerías del franquismo muestra su rebeldía y su firme reivindicación de la libertad de expresión, de reunión sindical y de los derechos humanos. Se implica en diversas acciones populares y culturales, como la Caputxinada, el encierro de 1966 en el convento de los Capuchinos de Barcelona con motivo de la Assemblea Constituent del Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. Pinta carteles, murales, escribe e ilustra opúsculos en los que aparecen símbolos, palabras y expresiones plásticas que, juntamente con la perspectiva y la estética Zen, formarán una amalgama originalísima de contenidos, traducida a un argot comunicativo personal y contemporáneo.

 

Antoni Tàpies. Autoretrat, 1947 (Autorretrato). © Fundació Antoni Tàpies, Barcelona / Vegap. De la fotografía: © FotoGasull, 2023

Antoni Tàpies. Autoretrat, 1947 (Autorretrato). © Fundació Antoni Tàpies, Barcelona / Vegap. De la fotografía: © FotoGasull, 2023

 

Actitud del visitante

Para conocer la obra de Tàpies a veces pensamos que puede ser difícil saber por dónde empezar; si hay que entrar por la puerta o la ventana, o haciendo un agujero en el suelo, o saltando y aterrizando en una escultura suya. Para introducirnos en su obra tenemos que allanar el camino, como él nos pide, y prepararnos. Recuerdo que mi padre, Lluís Millà, librero, editor y archivero teatral, antes de asistir a un estreno de teatro, releía la obra que iba a ver representada para entender y valorar todavía más la nueva versión, la que le ofrecerían la dirección y los actores, las tramoyas, el vestuario, la escenografía, etc. Sí, en efecto, para disfrutar la obra de forma multiplicada. Toda una lección. Eso es lo que Tàpies quiere que hagamos.

Él no espera que seamos estudiosos de la historia del arte ni expertos en la práctica de las Bellas Artes; lo que desea es que cultivemos nuestra sensibilidad, que afinemos nuestros sentidos, que aprendamos a mirar dentro y fuera de nosotros sin prisas. Sugiere que los niños y los jóvenes puedan disfrutar en la escuela de esta asignatura como la más valiosa de todas, porque considera que contribuye a desarrollar la capacidad de análisis en todos los campos.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Nos invita a dejar entrar, como hace él, todo lo que nos ofrece la vida. ¿Por qué? Porque nos regala poesía, filosofía, espiritualidad; y nos nutre. ¿Cómo lo hace? Pone flechas para poder explorar galerías profundas y oscuras, y otras visibles, a pie de calle, todas humanas, como todo aquel recorrido que él hizo desde su cama, sin dar un paso, cuando estaba enfermo. Entonces, cuando despleguemos este mapa de flechas, lo leeremos fácilmente y, dentro de la penumbra, ¡flash!, aparecerá espléndidamente la idea de luz que nos comunica. Aquí nos damos cuenta de que cuanto más complicada parecía su obra, más sencilla es. Decimos quizá: «No hay nada oculto bajo el sol».

 

Ante la obra plástica

Cuando examinamos la vertiente plástica, los cuadros colgados en la pared vertical, captamos una expresión rápida y podemos dudar que allí haya un ejercicio de introspección y de estudio sofisticado; y es todo lo contrario. Después de muchos cálculos y sin mover un dedo, de repente, el artista levanta los brazos como un chamán y suelta una pincelada, un trazo poético en el que quizá lleva meses pensando. Él ha manifestado que a veces no puede controlar los materiales: las tijeras, el soldador, el pincel. Pero, de hecho, aunque no lo dice, los ha amaestrado antes, de manera que actúan por su cuenta… Ah, pero, sabio y pillo, el artista les respeta incluso sus fechorías, como si fueran seres vivos y traviesos. Es entonces cuando deja sobre la tela un grosor que no esperaba, o un agujero quemado que el fuego ha inflamado en una dirección contraria a la prevista, o un reguero múltiple que ha salpicado una zona no controlada. Pero él respeta estos «errores» y los deja a la vista del espectador. Es una acción Zen de respeto máximo.

 

El color

Siempre austero; para no confundir, para no distraer del mensaje. No quiere emocionar mediante el arte cromático, que es el estímulo más fácil para el ojo humano. Como nuestro gran etólogo Jordi Sabater Pi nos apuntaba: un ojo humano tan primario, inmaduro y primitivo que, ligado a nuestros instintos de supervivencia, nos permite distinguir los colores de las frutas, para no morir de inanición, tanto de las ramas de los arboles, antes, como de los puestos de los mercados, hoy.

Cada onda electromagnética emite y nos llega en almitas de color. Nos estimula y nos suscita emociones: es un éxito asegurado que lleva implícito el color mismo y también la propuesta ocurrente del artista y, en consecuencia, modelará nuestra reacción. Tàpies no pretende nada de todo esto; él busca el impacto del mensaje a través del trazo, de la mancha, de la materia y del argumento, y de un color severo. A veces pienso en el pequeño porcentaje del público que padece daltonismo y que tiene muy difícil distinguir esta familia cromática y la inmensa riqueza que contiene.

Trabaja sobre infinidad de soportes, como el papel hecho a mano con pulpa de algodón, de lino, de tallos de distintos vegetales, de mezclas de componentes orgánicos.

Estos colores se comunican entre sí y, si falta uno, el diálogo queda a medias. Justamente son los que Tàpies utiliza en su inconfundible paleta de madurez. Unos colores íntimos, de silencio, franciscanos. Son los marrones, ocres, anaranjados, sienas, sienas tostados, terrosos, grises verdosos: tonos muy naturales, a los que se suma el tono de los barnices, que pueden fusionarse en la retina al mirarlos. También en los cuadros da toques de sentencia con «negro marfil», aunque parezca contradictorio, ya que sería el blanco roto del marfil, porque eran colmillos quemados que se convertían en cenizas negras transformadas a su vez en pigmento, de ahí su denominación.

 

Los soportes

Trabaja sobre infinidad de soportes, como el papel hecho a mano con pulpa de algodón, de lino, de tallos de distintos vegetales, de mezclas de componentes orgánicos. Hechos por artesanos o por él mismo; algunos más toscos y naturales; otros finos y delicados como barbas. Telas de hilo, telas recuperadas, ropas recogidas. Maderas buenas pulidas y refinadas; maderas sobrantes, astilladas, conglomerados. Algunas, estucadas con blanco de España y yeso de pintor que luego policromará, como se hacía en la antigüedad. Y también aprovechando los residuos y desechos que encontramos a montones actualmente en los contenedores de la ciudad. Antes, cuando se recogían restos de la calle, te decían: «Pareces un trapero». Ahora compensamos el despilfarro. Tàpies lo aprovecha todo: «de tota brossa en fa niu», según el dicho. En esto, una vez más, es un claro ejemplo a seguir.

 

El barniz

Tenemos un material que se utiliza como protección. Actualmente hay una gran variedad industrial, y Tàpies lo incluye en muchas de sus últimas obras. También le interesan los barnices y la resina natural como elemento pictórico, por sí solos, buscando el tono de azúcar quemado translúcido del propio material. Exactamente como si fuese un pigmento. Le otorga la categoría de color. Y si lo mezcla con pigmentos lo utiliza como aglutinante. También usa la cola de conejo, empleada antiguamente en los retablos y de gran capacidad aglutinante, que se obtiene poniendo a hervir pieles de conejo. Utiliza estos materiales fuera de lugar, en rebeldía. Cosa que la academia jamás le habría permitido.

 

La materia

Nos acerca a lo más terrenal, a aquello que hemos hecho todos de pequeños, que es terrear, estrujar, desgarrar, pegar, esgrafiar, arrancar para volver a pegar. Serio y profesional. Nos alecciona; añade el aprovechamiento de materiales que son desechados por una sociedad abocada al estreno diario, al desaprovechamiento y al menosprecio. Él encuentra ahí la maravilla plástica y argumental. Primero, porque los tiene a mano y son objetos cotidianos sencillos e insignificantes a primera vista; porque llevan incorporado el olor a su familia: quizá oliendo la naftalina de la ropa del armario oye la voz de la abuela, o recuerda al fumar la picadura de la pipa del abuelo.

‘Núvol i Cadira’ corona el edificio modernista de la antigua Editorial Montaner i Simon. Antes de entrar allí, hago una genuflexión, como cada vez que paso por delante de la obra.

Estos objetos son valiosísimos para el artista. Tàpies los encuentra a medio hacer y observa que llevan impresas en sí las vicisitudes de su existencia. Deja a la vista estas huellas. Lo hace con la oxidación de los metales, la carcoma, la descomposición y la vida de la madera. El amarilleo del cartón y el papel, el deshilacharse de los cordeles y los hilos. Este sabio artista cultiva un huerto ecológico rural y también urbano. Si visitáis un huerto de permacultura, veréis cómo las lombrices y los organismos proliferan protegidos bajo el arco del arte. ¡Dentro encontraréis la obra de Tàpies!

Si la imagen de una virgen de una pintura renacentista es una maravilla, también, para Tàpies, una axila humana puede convertirse en otra maravilla, en un icono venerable; aunque para muchos —los que siguen los patrones antiguos— la fealdad de una axila sudada y con pelos apelmazados puede resultar insultante, para otros es una deidad y nos transmite una gran emoción y empatía por ser parte de nosotros, ya que todos lucimos dos axilas únicas en el mundo.

 

Antoni Tàpies. Al teu peu, 1989 (A tu pie) © Fundació Antoni Tàpies, Barcelona / Vegap. De la fotografía: © FotoGasull, 2023

Antoni Tàpies. Al teu peu, 1989 (A tu pie) © Fundació Antoni Tàpies, Barcelona / Vegap. De la fotografía: © FotoGasull, 2023

 

Visitar la exposición en la Fundació de Barcelona

Núvol i Cadira corona el edificio modernista de la antigua Editorial Montaner i Simon. Obra escultórica permanente que forma parte del arte público de la ciudad de Barcelona. Antes de entrar allí, hago una genuflexión, como cada vez que paso por delante de la obra. Recomiendo saludarla cuando le toque el sol. De noche no está iluminada. Es un audaz espectáculo que nos invita a sentarnos en la humilde silla que flota encima del majestuoso enredo de acero y aluminio hecho nube. Corona el edificio intocable de Domènech i Montaner. La experiencia es inolvidable. Soñemos con poder subir allí a meditar.

 

Mutilaciones

L’empremta del Zen, titulan la exposición. Nos hacen un recorrido explicativo, bajo este título, desde el nacimiento del budismo en la India, el desarrollo en la China del siglo XVII y el despliegue extensísimo por Europa hasta la actualidad.  Empezamos por la planta de arriba. En una obra de pequeñas dimensiones vemos representado un cuchillo y un ojo cerrado, vacío con cicatriz. Nos impresiona el mensaje: Bodhidharma pasó sus primeros nueve años en la China, meditando ante un muro, y para evitar que el sueño le venciese, se arrancó los párpados y los echó a la tierra. Allí donde cayeron nació la planta del té.

En otra obra, queda el brazo a modo de exvoto, se pide el permiso de un maestro y se amputa un brazo para demostrar su entrega incondicional. En estas piezas el artista define y comenta vida, muerte, dolor, tragedia.

 

Círculos, textos, números, huellas

Cuadros con círculos medio abiertos de un solo trazo con pincel y carborundo y tinta negra; nos plasma un precioso círculo medio abierto, que ya deja de ser círculo, pues no está cerrado, y nos da la libertad total, tanto de entrar como de salir. Dual/no Dual: textos que repite constantemente. Letras plegadas, descolocadas o escritura especular, como si se tratara de un texto de da Vinci.

Como incluidos los números que aparecen, el 3, que a veces puede explicar el número de sus tres hijos; el 2, él mismo y Teresa, su esposa. De la cual siempre dice, elogiándola: «Tàpies no existiría sin Teresa» y a quien atribuye también más conocimientos que él sobre la espiritualidad y religiones orientales. También fórmulas matemáticas, donde demuestra que la ciencia le ha interesado siempre.

 

Pies y calcetines

En una sala, nos encontraremos cómodos viendo pies… Porque nosotros también tenemos, así de fácil. Huellas de pies, pies cansados y doloridos, pies con cicatrices, pies que trepan por muros desportillados de cemento o ladrillo, inclinados o verticales, venciendo la ley de la gravedad.

 

En la farmacia

Otra pieza que fascina a grandes y pequeños (tomando como referencia la Farmacie de Marcel Duchamp) es Dos mitjons. Bien plantados en mitad de la tela, exalta aquello que protege los divinos pies que él siempre loa. Desde unos pies simiescos hasta unos pies sofisticados y receptores de mensajes del interior de la tierra cuando, descalzos, queremos percibirla y escucharla.

 

El calcetín-escultura

El genial y desafortunado calcetín, una maqueta de lo que tenía que ser. Lo encontramos en el terrado y tendría que ser monumental y estar instalado en el Salón Oval del Museu Nacional d’Art de Catalunya. Según el artista, el objetivo era proponer una meditación al espectador y dar importancia a las cosas pequeñas en el orden cósmico del universo. Una maravilla que ha nacido pero está en la incubadora, frenada por la política.

 

La T y la Cruz

La «T» que tanto nos fascina y que nos crea incógnitas. Tàpies reconoce que la usa con finalidades diferentes y según le conviene. Está claro que la cruz cristiana la pone aunque pueda estorbarle… es la herencia. Destilando muerte, dolor y tristeza. Como cuando uno no quiere, ni puede, desprenderse de un anillo antiguo de la familia, aunque lo tenga en un cajón a oscuras.

Nos deja hacer y deshacer. Visitantes, jóvenes, mayores, niños, gente limpia, como pide él. Ante la obra de Tàpies, ¡podemos ser libres!

También es la cruz que, girada ligeramente, es una «X», una incógnita o un aspa. También la «T» de Tàpies, o la «T» de Teresa. La «T» de tapia, de pared. También la cruz más simétrica, que señala los puntos cardinales como brújula y punto de navegación. Al mismo tiempo el artista admite que la puede poner en un rincón arbitrario, en el extremo de un gran cuadro, para llamar la atención del espectador. Aunque sea para obligarlo a hacerse preguntas, para obligarnos a recorrer visualmente todo el territorio de la pieza.

 

‘El Gran Nus’

No nos deja indiferentes. Es un díptico numerado 1 y 2, que después subdivide y transforma en un cuadríptico; en el cual, a través de una textura salvaje hecha con grosor de materia y polvo de mármol, arena de río y barniz, lanza un arañazo negro, nos regala un enorme nudo, un nudo dual. Nos brinda una disertación. ¿Es bueno o es malo? Menciona el nudo marinero, seguro y salvavidas; ¿o es un nudo obligado y represor? Entre muchos otros debates, nos suscita preguntas y nos fuerza a deducir. Desea que cuando nos señala algo importante, no hagamos el necio mirando su dedo, ¡sino que miremos la luna!

 

El extraordinario autorretrato

Quizá el último que se ha hecho a lo largo de su vida artística. Sintético, propio de un genio. Retorcido, el humano representado —él— casi en posición fetal o de defecar, nos muestra su cuerpo con las nalgas a la vista. Concentrado, pegado a la pared, descompone y desequilibra los ángulos porque así lo quiere. A la derecha, sus símbolos encadenados en vertical. Con unas gafas que ya no le sirven, con las cuatro barras de sangre, símbolo de su identidad nacional, y unas cejas gruesas, al estilo de la icónica Frida Kahlo, pero sin colorines ni iconografías decorativas. Tàpies podría haber usado sus cejas como un logotipo en negro. El negro es protagonista. El negro no es un color, es la negación del color, lo saben los artistas… ¿o sí lo es? Quizá todos los colores están dentro, engullidos… Él también lo deja a nuestra libre interpretación.

Porque nos sugiere, porque no nos obliga a nada, permite que nosotros podamos terminar sus obras. Nos deja hacer y deshacer. Visitantes, jóvenes, mayores, niños, gente limpia, como pide él. Ante la obra de Tàpies, ¡podemos ser libres!