Antonio López se parece a sus esculturas. Es un hombre menudo, con el cráneo tallado con precisión, y te mira con ojos fijos que se te clavan como agujas. Va vestido con ropa antigua (no le interesa la moda) de una talla más grande que la suya y cuando habla mueve las manos dándose ligeros golpes en el pecho como hace la gente buena. Su voz es suave y hace unos silencios largos que he escuchado en otros manchegos como él. A sus casi noventa años tiene la fortaleza de un roble antiguo, aunque la edad ya se asoma en sus gestos y en las manos agarrotadas por la artritis.

El arte de Antonio López surge de la realidad entendida como verdad suprema. En sus primeros cuadros hay una ligera influencia del surrealismo y del cubismo, pero lo que impera siempre es lo real. Desde bien joven y bajo la influencia poderosa de su tío, que se llamaba como él, se obsesiona en pintar lo que tiene delante. Aunque detrás de las imágenes de estos primeros cuadros de los años cincuenta intuyamos influjos de Balthus, Chagall o Wyeth, Antonio López no los conocía: a la España de ese tiempo no llegaban las corrientes extranjeras que luego López conocería o, mejor dicho, reconocería en su propia obra. Así, diez años después, cuando descubrió la obra de Andrew Wyeth a través de la revista Life se dio cuenta que su cuadro Carmencita jugando era paralelo a El mundo de Christina del pintor estadounidense. En Los novios hay un fondo con una guitarra y un periódico que nos remite a los temas del cubismo. Y en Mari hay un mundo poético onírico que nos recuerda a Chagall. De hecho, el artista joven utiliza un realismo mágico, a partir de lo que veía en Tomelloso y lo que le contaba la gente de su tierra, que se asemeja al que empezó a practicar por aquellos mismos años en literatura, al otro lado del Atlántico, Gabriel García Márquez.

¿De dónde viene esta búsqueda incesante de lo cotidiano? Creo que de la tradición española del Siglo de Oro, más visible en la literatura que en la pintura. Cervantes en el Quijote parte de la vida real, de lo que hacen, comen y viven los personajes de su novela. La misma vida que aparecía antes en el Lazarillo de Tormes. O en los primeros cuadros del Velázquez sevillano —aún libre de las servidumbres que le impondría años después su cargo de pintor de la corte madrileña— como Vieja friendo huevos, que es una escena de la vida cotidiana de su tiempo. Pero en los primeros lienzos de Antonio López aún no hay esta búsqueda de la vida porque sigue instalado en el sueño; un sueño hecho a partir de la realidad, sí, pero también de lo arcaico, de la Grecia de Fidias, del Quattrocento italiano, que no tardará en conocer gracias a un viaje de estudios que realizó con una beca junto a su amigo, el escultor Paco López. Hay mucho de Grecia en los rostros hieráticos de Los novios, al igual que en los primeros retratos hay mucho de los retratos fúnebres de El Fayum.

 

La vida en los interiores domésticos

A Antonio López le entusiasman la pintura y sobre todo la materia, por eso admira a Tàpies. Ya entrada la década de los sesenta, su pintura se va despertando del sueño primigenio y cada vez se hace más real y busca incesantemente la vida en los interiores domésticos. Intenta captar una escena de su existencia cotidiana cuando representa a su mujer y a su hija cenando en casa, pero no le acaba de salir y deja el cuadro inacabado con algunas fotografías pegadas a la tela a modo de collage. Antes, en un papel vegetal, ha dibujado la escena intentando cuadrarlo todo, pero cuando ha atacado el lienzo no ha sido capaz de concluirlo de manera que le resulte satisfactoria. Este non finito contrasta con el dibujo del plato con restos de comida, minuciosamente acabado como una acuarela de Durero: una sinfonía en grisalla, con todos los registros que van del blanco al negro. También deja acabado —quizás excesivamente para él— el bodegón de la liebre que guardó congelada y ha pintado con una minuciosidad extrema en una de sus telas donde la realidad llega a romper sus costuras para volverse casi hiperrealista.

Hay mucho de Grecia en los rostros hieráticos de ‘Los novios’, al igual que en los primeros retratos hay mucho de los retratos fúnebres de El Fayum.

Todo el andamiaje artístico de Antonio López surge del dibujo. Ya se ve en sus primeras obras, donde la influencia de lo clásico es evidente y utiliza el sfumato leonardesco para retratar unas mujeres que parecen salidas del túnel del tiempo. Pero serán los dibujos de los interiores de su casa las obras más relevantes de la década de los setenta y casi de lo mejor de su producción: composiciones de interiores en grisalla más existenciales que metafísicas, misteriosas, que en la misma década se relacionan con las neveras y los lavabos para llevar al arte lo más cotidiano de nuestras vidas. En esta serie de interiores en grisalla, el arte de López llega a su cima.

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Salir a la calle

De tanto pintar los interiores sombríos de su estudio en grisalla, López tuvo la necesidad de salir a la calle y dedicó muchas horas a pintar la ciudad: Madrid. Como a todo hombre de campo, no le gusta la ciudad porque es demasiado grande y complicada. En los primeros sesenta, se iba con María e Isabel Quintanilla a pintar la periferia. Un día de verano, mientras paseaba buscando el tema, se encontró con un perro muerto y casi momificado cerca de una vía del tren. La imagen le arrebató y se fue a pintarlo del natural, poniendo más materia que en ninguno de sus cuadros en una obra que está a medio camino entre la pintura y el bajo relieve. Bajo la piel quemada del cadáver del animal se ve la estructura ósea en un homenaje a la realidad más cruda.

Algunas veces comienza una composición y a medida que avanza se da cuenta que no le cabe en el lienzo, y tiene que ir poniendo más telas y ampliando la superficie de la obra.

Ya entrados los ochenta, vendrían sus conocidas vistas de Madrid, siempre pintadas a la misma hora y en la misma estación del año. Este compromiso con las horas del sol es irrenunciable, y López acude a la cita como si fuese al dentista. Semejante rigor hace que sus cuadros se pinten con tiempo, a fuego lento, a veces a lo largo de una década y esta dilación ya le gusta porque, en su camino para captar la esencia de lo real, el tiempo también pinta. López mide la ciudad como haría un urbanista, o mejor un geómetra, y pone agujas en el lienzo allí donde mueren los puntos de fuga. Casi nunca pinta vehículos porque no puede retener objetos en movimiento, y las contadas ocasiones en que lo hace, es para dar escala al cuadro. Algunas veces comienza una composición y a medida que avanza se da cuenta que no le cabe en el lienzo, y tiene que ir poniendo más telas y ampliando la superficie de la obra.

 

El camino inverso

Hay un aspecto técnico en la obra del pintor de Tomelloso que me interesa particularmente. En la historia de la pintura europea, los viejos maestros acostumbran a recorrer caminos paralelos: empiezan pintando de forma muy minuciosa, con un primor casi de miniaturista, y a lo largo de sus carreras su manera se vuelve más suelta y nerviosa, a veces casi liquida. Así, el primer Tiziano, aunque siempre nace del color, muestra unos contornos más perfilados, y su pintura es de veladura fina, mientras que al final de su vida se vuelve casi un pintor de manchas, que utiliza los dedos para acabar los cuadros, con paisajes casi abstractos que anticipan a Turner, como vemos en la Santa Margarita del Museo del Prado.

Algo similar le pasa a Rembrandt, que es un pintor que comienza muy descriptivo, pintando minuciosamente los encajes de las gorgueras de sus retratados y va avanzando hacia una pintura matérica, orgánica, de gran peso. Antonio López recorre el camino inverso. Sus primeros cuadros están cargados de materia, de barnices espesos que modifica con el soplete; en cambio, en sus últimos lienzos de interiores domésticos o desnudos, la pintura se ha vuelto casi agua, líquida, sin materia. Me fijo en los últimos desnudos. Un hombre camina de perfil erecto hacia una mujer desnuda y parece pintado con acrílico.

En el afán por captar la existencia, el desnudo es uno de los grandes temas de la historia de la pintura, la mayoría de veces camuflados entre fabulas mitológicas, como pasa en los maestros antiguos. De hecho, en la pintura española hasta la Maja desnuda de Goya no hay un ejemplo convincente de un cuadro que represente a una mujer desnuda sin tenerle que poner el nombre de Venus o Afrodita. Antonio López ha representado el desnudo con obras maravillosas, especialmente en dibujo y escultura. Es fascinante su dibujo de una mujer desnuda en la bañera, que no tiene nada de Courbet. Aunque parezca un contrasentido, el padre del realismo francés no le gusta a nuestro gran realista y El origen del mundo le parece un cuadro soez, vulgar, siniestro incluso. Me cuenta que pintar un coño fuera de contexto no tiene ningún interés.

En los desnudos de Antonio López no hay erotismo alguno, sino pura existencia humana casi animal.

Él no es un anatomista, sino un observador. Observa la realidad y la traslada a la obra. Y aquí no le interesa tanto pintar la parte intima de una mujer en una bañera sino cómo los efectos del agua pueden distorsionar la realidad. Y es verdad. En los desnudos de Antonio López no hay erotismo alguno, sino pura existencia humana casi animal; el hombre o la mujer como vinieron al mundo, sin excusa, como pasa en las estatuas griegas.

 

Esculturas que parecen reales

Veo las esculturas que parecen terracotas a escala humana de un hombre y una mujer, hieráticos, y me cuenta que fueron hechas a pedazos, sin modelos, cogiendo la cabeza de uno y el cuerpo de otro como hubiese hecho el doctor Frankenstein. Cuando las tenía acabadas se dio cuenta que les faltaba vida y que esta se concentra en los ojos. En un oftalmólogo encontró ojos postizos de cristal y se los puso como hacían los egipcios o los escultores barrocos españoles. En rigor, los ojos dan vida a unas esculturas que parecen reales.

Antonio López puede, si quiere, pintar rápido, pero piensa lento. Se sumerge en el arte primitivo porque es radicalmente puro. Todo lo que hizo el hombre desde las cuevas prehistóricas hasta el Renacimiento le interesa, aunque después se estropeara por la vanidad del artista y el virtuosismo técnico y la pintura se fuera alejando de la vida. El arte de Antonio López es una isla maravillosa en el océano abstracto de la pintura española de posguerra. Y su gran mérito estriba en haberse mantenido a flote porque nunca renunció a unos ideales estéticos que no tienen época: son eternos.