No se asusten. En este artículo no voy a hablar de la Francia del siglo XVIII, ni de la crisis de las monarquías del Antiguo Régimen. Sin embargo, la frase que se atribuye a Madame de Pompadour, pronunciada para animar a su amante, el rey Luis XV, tras la derrota en la batalla de Rossbach, habría podido decirla a principios de este año el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, en uno de los salones del palacio del Quirinal, mirando a los ojos de Mario Draghi: Après nous, le déluge.

En esos convulsos días de finales de enero, la imagen que dio el sistema político transalpino era efectivamente de final de una época. Los partidos se mostraron incapaces de llegar a un acuerdo para la elección del nuevo jefe del Estado y tampoco supieron controlar a sus tropas parlamentarias. De hecho, el plan para promover a Draghi al Quirinal fracasó estrepitosamente, así como la intentona del líder de la Liga, Matteo Salvini, para imponer un candidato de derechas. El bloqueo ha sido total y el ridículo, espantoso. Antes de que el enfado de los ciudadanos llegase a niveles alarmantes, los partidos tuvieron que pedirle de rodillas a Mattarella que se quedase siete años más en la Presidencia de la República. Y a Draghi que se quedase en el Palacio Chigi, sede de la presidencia del gobierno.

Se repetía, a grandes rasgos, la escena de la primavera de 2013 cuando el Parlamento rezó para que Giorgio Napolitano le quitase las castañas del fuego. En un discurso memorable, King George, como lo tacharon algunos, regañó a diputados y senadores, subrayando que se trataba de una excepción: nunca un presidente de la república había sido reelegido. Pues bien, ha pasado menos de una década y estamos en las mismas. O quizás en una situación aún peor.

 

De terremoto en terremoto

De hecho, en 2013 el sistema político italiano vivió su primer terremoto con la entrada en escena del Movimiento 5 Estrellas. Del bipolarismo imperfecto de la Segunda República —centroderecha vs. Centroizquierda— se pasaba a un inesperado tripolarismo. En 2018, tras el fuego fatuo del renzismo, el sistema vivió otro seísmo. Los grillini ganaban por goleada las elecciones, el centroizquierda tocaba fondo y, en la derecha, el berlusconismo mostraba que estaba camino de su peculiar Sunset Boulevard, dejando el cetro de líder de la abigarrada coalición a una Liga lepenizada que había abandonado el independentismo padano para abrazar el nacionalismo italiano.

La legislatura que se abrió entonces ha sido sin duda la más loca de la historia republicana: en solo tres años se pasó de un gobierno nacionalpopulista a un ejecutivo de unidad nacional liderado por el expresidente del Banco Central Europeo, pasando por un gobierno moderadamente progresista formado por el Movimiento 5 Estrellas y el Partido Democrático (PD).

Primero, los sueños de grandeza de Salvini se derritieron como nieve al sol en las groseras fiestas del Papeete en las playas del Adriático. Después, los intentos de Giuseppe Conte de presentarse como un tranquilizador hombre de Estado, aprovechando el protagonismo ganado durante el confinamiento, naufragaron por la jugada atrevida de un Matteo Renzi al que le gusta morir matando. Así, a principios de 2021 la solución fue la de llamar a Draghi.

La inestabilidad política italiana se ha convertido en una broma que ya no hace reír a nadie en Bruselas.

El objetivo era doble: pilotar el país fuera de la pandemia y gestionar el Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia (PNRR) que beneficiaba a Italia con casi 200.000 millones de euros. Para un país cuya burocracia tiene fama de infernal, cuya economía renquea desde principios del milenio y cuya inestabilidad política se ha convertido en una broma que ya no hace reír a nadie en Bruselas, el reto era considerable. Mattarella y el que algunos llamarían el Estado profundo, además de las instituciones comunitarias, no se fiaban de Conte y menos aún de los 5 Estrellas. Apostaron así por un nombre de reconocido prestigio internacional que tuviese la auctoritas para acallar a todo el mundo. ¿Quién mejor que Super Mario? El hombre del Whatever It Takes debía también permitir un tercer objetivo: dar un respiro al sistema político para que se regenerase, empezando por los partidos.

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En la gestión de las últimas oleadas de la pandemia, Draghi no ha cometido grandes errores, más allá de tener que lidiar con las trifulcas de algunos ministros por si se debía cerrar el país al estilo chino o abrir todo siguiendo el modelo de Ayuso. Tampoco en la confección del PNRR ha habido grandes problemas, aunque se deberá ver la capacidad real de la administración pública –el verdadero nudo gordiano del asunto– para absorber la ingente financiación, siguiendo un calendario muy estricto. El PIB, que había bajado del 9 % en 2020, ha crecido del 6,6 % el año pasado, y las previsiones de cara al próximo bienio eran positivas hace unos meses. También el empleo ha aumentado a finales del año pasado y la producción industrial había recuperado lo perdido en el annus horribilis de la covid.

La dependencia del gas ruso —el 38 % del que consume Italia— es una losa descomunal, un problema geopolítico de primer orden.

Ahora bien, la situación internacional, entre crisis de abastecimiento, encarecimiento exponencial de la energía y guerra en Ucrania, lo ha complicado todo. La inflación llegó al 5,7 % en febrero, el riesgo de estanflación está sobre la mesa y la dependencia del gas ruso —que proporciona el 38 % del que consume Italia— es una losa descomunal, además de un problema geopolítico de primer orden. De todas formas, al menos en esto, el país transalpino está en buena compañía junto a los principales aliados europeos, empezando por Alemania. Es en el tercer objetivo —la regeneración del sistema político— que la diferencia es evidente y es donde Draghi ha fracasado.

 

Unos partidos zombis

Obviamente, la responsabilidad es solo parcialmente imputable al expresidente del BCE. En realidad, parafraseando a Fabrizio De André, aunque los partidos se creen absueltos, están igualmente involucrados. No se trata, desde luego, de reducirlo todo a un análisis facilón que linda con la antipolítica. La cuestión es que nadie se ha puesto las pilas confiando en el poder taumatúrgico de Super Mario y el dinero de los fondos europeos. La escena esperpéntica de la reelección de Mattarella ha sido la prueba de que se está viviendo una crisis sistémica: no es solo que ningún partido tiene un proyecto de país a largo plazo —una tónica mundial, por otro lado—, sino que todos siguen la máxima de ir tirando sin darse cuenta de que parecen la orquesta del Titanic. El problema es que el tiempo apremia.

La legislatura termina en marzo de 2023 y muchos ya rezan para que Draghi se quede en el palacio Chigi también después. Una solución que representaría la definitiva subordinación de la política al gobierno de los técnicos y, entre líneas, una especie de presidencialismo de facto. Los sondeos apuntan claramente a que el tripolarismo es cosa del pasado, pero tampoco está claro que se vuelva al tan añorado bipolarismo.

Giorgia Meloni puede presumir de no haberse sacado nunca un ‘selfie’ en la plaza Roja de Moscú vistiendo una camiseta con la imagen de Putin.

La derecha suele ir en coalición, pero la lucha por la hegemonía entre una Liga que ha perdido la mitad de los votos respecto a 2019 y Hermanos de Italia, que compite con el PD para ser la fuerza más votada, lo entorpece todo. En los últimos tiempos Salvini parece más bien un boxeador sonado. Acorralado por sus vínculos con Putin y cuestionado por los principales barones de su partido, debe lidiar con mantenerse en el gobierno y no dejar demasiado espacio a Giorgia Meloni que lo tiene fácil siendo la única oposición al ejecutivo de Draghi.

Además, la líder de Hermanos de Italia puede presumir de no haberse sacado nunca un selfie en la plaza Roja de Moscú vistiendo una camiseta con la imagen del autócrata ruso: el pedigree atlantista es un valor preciado en la ultraderecha hoy en día. Añádase a este dúo dinámico lo que queda de Forza Italia que, a la espera de la abdicación del padre padrone Berlusconi, no tiene claro si quiere acabar como la muleta más presentable de una coalición liderada por los aliados de Orbán o buscarse la vida en un nuevo mejunje centrista junto a Renzi y Carlo Calenda. Un proyecto que muchos esperan que vea la luz, empezando por los poderes fácticos, pero que tiene visos de quedar en otro sueño húmedo, también por el ego desmedido de sus impulsores.

Al otro lado, la alianza entre los 5 Estrellas y el Partido Democrático, que todos consideran obligados a entenderse, está permanentemente en entredicho. Enrico Letta ha intentado revitalizar la única fuerza progresista que queda debajo de los Alpes con iniciativas como las agorá democráticas, pero el partido sigue siendo una fusión en frío de culturas políticas distintas —la católica y la comunista— y es hijo de un tiempo —percibido lejano como el Pleistoceno— marcado por la convicción de que Italia iba camino de un sistema mayoritario anglosajón. Revitalizar el PD, en suma, es una misión imposible. O casi. También porque la percepción que se tiene de él es de una fuerza responsable que se sacrifica para el bien del país, gobernando con Mario Monti, Conte, Draghi o quien sea.

Los grillini, en cambio, además de perder consensos cada dos telediarios, siguen en busca de su centro de gravedad permanente, enfrascados en una lucha de poder entre el nuevo líder político, Conte, y el ministro de Asuntos Exteriores, Luigi Di Maio, que se ha convertido rápidamente en un democristiano doc. Eso sí, sin la cultura política y la estructura organizativa de la vieja Democracia Cristiana. Resumiendo, es imposible ahora que un partido que, de querer «abrir el Parlamento como una lata de atún», en palabras de Grillo, se ha convertido en socio de gobierno de todo el mundo, sepa capitalizar la frustración y la desconfianza presente en la sociedad como hace un lustro.

 

El escollo de la reforma electoral

Visto lo visto, parecería que no queda otra que seguir rezando para que Draghi siga donde está. Ahora bien, tampoco está claro que la travesía del expresidente del BCE hasta el final de la legislatura llegue a buen puerto. En junio se votará en un millar de ayuntamientos —con ciudades importantes como Palermo, Génova, Verona o Parma— y se celebrará un referéndum sobre la Justicia —propuesto por la Liga— que puede hacer tambalear al ejecutivo, muy dividido al respecto. En otoño, asimismo, se irá a las urnas en Sicilia, un voto que suele marcar las dinámicas nacionales. Sin contar, ça va sans dire, con las consecuencias de la guerra en Ucrania y la crisis energética.

No se olvide tampoco que en las próximas elecciones se aplicará por primera vez el recorte de parlamentarios aprobado en referéndum en otoño de 2020 —de 630 a 400 diputados y de 315 a 200 senadores— y se debería elaborar una nueva ley electoral porque la existente, conocida con el nombre de Rosatellum, ha sido juzgada parcialmente inconstitucional. Todos hacen cálculos, esperando que el cambio de las reglas del juego les permita obtener una inesperada victoria o, al menos, una dulce derrota.

Un sistema electoral mayoritario daría una mayoría absolutísima a la derecha si sigue unida.

Sin embargo, en un Parlamento balcanizado como el actual —y donde la gran mayoría de sus miembros sabe que no podrá volver a sentarse en los pupitres de Montecitorio o del Palacio Madama— es pura utopía pensar que se llegue a un acuerdo entre los que defienden un sistema mayoritario —que daría una mayoría absolutísima a la derecha si sigue unida— y los que apuestan por el proporcional —esperando así conseguir alguna alianza espuria tras los comicios.

Así que lo más probable es que se vaya a las urnas con el Rosatellum, una mezcla de proporcional —61 % de los escaños— y mayoritario con colegios uninominales —37 % de los escaños. Lo que significaría, sondeos en mano, un gobierno Meloni-Salvini, a menos que Berlusconi no se inmole por el bien de la patria y dé su visto bueno para la creación del fantasmagórico centro liberal. ¿Utopía? No se puede nunca descartar que los megalómanos hagan un gesto inesperado para dejar un buen recuerdo como gran estadista y para que le regalen su sitio en el panteón nacional.

Vienen tiempos difíciles, en pocas palabras. La incertidumbre reina soberana, la visión de futuro brilla por su ausencia, los partidos son sombras de las sombras de lo que eran en el pasado y la sociedad está deshilachada y atomizada. No extrañaría pues que el año que viene una joven crecida en el neofascismo romano, Giorgia Meloni, pudiese convertirse en la primera mujer en presidir un Consejo de Ministros a orillas del Tíber. La alternativa sería ver una vez más a Mattarella diciéndole a Draghi en un salón del Quirinal: après nous, le déluge. O, más prosaicamente, «Mario, aguantemos unos años más». Bruselas y Washington aplaudirían aliviados.