1. Nos encontramos en el peor de los escenarios previstos. Con los datos del escrutinio de las urnas, Donald Trump tiene la victoria al alcance de la mano pero quedan todavía por escrutar millones de votos anticipados que en algunos estados podrían llegar a dar la vuelta al resultado y hacer presidente a Joe Biden. Esta situación abre un periodo que se puede extender durante días o quien sabe si meses durante los cuales se litigará Estado a Estado y voto a voto. Esto no es 2000 porque entonces el debate estaba concentrado en un solo estado (Florida). Ahora son varios los que pueden llegar a bailar (prácticamente todos los que se señalaban como estados clave excepto precisamente Florida). La intervención de Trump, de madrugada desde la Casa Banca no deja margen para la duda: habrá batalla y será dura. En juego está la Presidencia, pero también la esencia democrática de la nación, la legitimidad de las instituciones. Hemos llegado al hueso.

2. Trump ha esquivado su mayor temor: ser un presidente efímero. La sorpresa de su elección de hace cuatro años llevaba a sospechar que su paso por la Casa Blanca podría ser fugaz. Pero el presidente parece haber conseguido consolidar lo que en 2016 había sido (en parte) un voto de reacción, de rabia incluso, un estallido emocional contra el estado de cosas que había gobernado el país hasta este momento. En algunos casos no solo lo ha consolidado sino que lo ha hecho crecer (en Florida, más de un millón de nuevos votantes con respecto a 2016). La coalición de Trump de 2016, una amalgama de viejos conservadores, ácratas de derechas, evangélicos, antiguos sindicalistas del cinturón del óxido y supremacistas blancos, ha resistido el paso del tiempo y lo ha conducido, cuatro años más tarde, a las puertas de la reelección. Es algo a tener en cuenta porque muchos de los fenómenos nacidos al calor del mismo escenario de revuelta que Trump no habían sabido resistir al paso del tiempo sucumbiendo en un derrumbe pocos años después de su aparición.

3. Estas elecciones vuelven a poner de manifiesto (como en 2016, pero ahora más porque es la segunda vez que pasa) que algunas de las cosas que se han ido explicando sobre la elección de Trump (la injerencia rusa) se quedan cortas para entender realmente lo que ha pasado y todavía pasa. Las teorías de la conspiración, a derecha e izquierda, actúan como bálsamos tranquilizadores que con frecuencia impiden entender las causas profundas que impulsan los acontecimientos.

No. Trump no ganó (solamente) gracias a una operación orquestada por el Kremlin. Trump es producto de un tiempo y de un estado de cosas. Y fue exactamente no entender esto lo que hizo que los demócratas perdieran en 2016. Y quizás ha sido esto lo que les impedirá ganar en 2020.

4. Digámoslo claramente: Trump ha sabido interpretar como nadie los anhelos y aspiraciones (la rabia también) de una parte del electorado que desde hace mucho tiempo los demócratas habían menospreciado (lean Thomas Frank: ¿Qué pasa con Kansas?), y ha sabido también (porque es su entorno natural) interpretar y dirigir a su conveniencia el clima político de nuestra época, esto que se ha venido a designar como la polarización, que no es sino la consecuencia de la fractura de los años del happy end de la Historia.

En este sentido, Trump es un dirigente moderno, mientras que los demócratas van todavía con el manual de los 90, el libreto de Clinton adaptado por Obama. Si en 1992 Clinton supo interpretar su tiempo con el famoso «Es la economía, estúpido», ahora sus sucesores no han sabido leer (y Trump sí) el lema que gobierna nuestros días: «Es la guerra, estúpido».

5. Nos encontramos en un nuevo escenario, incluso si acaba ganando

Biden. Si alguien creía que estas elecciones podían servir para volver al punto de partida, hacer olvidar a Trump y su presidencia, que pierda toda esperanza. Nada volverá a ser como antes porque en el fondo (y eso es algo que alguien parece que todavía no entiende) Trump no es quien crea este escenario, él es su producto. Trump es el fruto del colapso del mundo surgido de la revolución conservadora de los 80. Un colapso que se lleva por delante el bipartidismo, la envejecida política de consensos, los establishments partidistas y las bases del sistema.
Sin este colapso no hubiera habido Trump, como tampoco hubiera habido Sanders o incluso Obama (por no hablar de Podemos, Macron, Salvini, el Brexit, el procés o el mismo Pedro Sánchez). Una victoria de Biden no habría reconstruido por arte de encantamiento el mundo de ayer, porque, sencillamente, este mundo ya no existe.

(y 6). Un apunte final sobre les encuestas. Como en 2016, se vuelve a decir que se han equivocado. Yo siempre he defendido que no se equivocaron entonces. Predijeron que Clinton ganaría a escala federal (como efectivamente fue) y que había una serie de estados que mostraban mucho equilibrio (como acabó viéndose). Es cierto, no predijeron la victoria de Trump en estos estados pero es que los ganó por un margen de votos mínimo, imposible de detectar por una encuesta. Hay que volver a decirlo. Las encuestas no son oráculos que adivinen el futuro. El problema es que las tratamos como tales y no hay forma de que aprendamos.

Y esto no ha hecho más que empezar porque todo indica que el electorado tiende cada vez más a ser más volátil y menos previsible, a decidir su voto más cerca de las elecciones y sin que se pueda intuir su dirección mediante los factores que antes nos permitían afinar las predicciones (clase social, nivel de estudios, simpatía partidista, raza). Elector volátil, resultado incierto, competencia máxima y movilización extrema gracias a la polarización. Corren malos tiempos para las predicciones.