La roca

El 1913 se publicó una de las obras fundamentales de la ciencia política moderna (hoy injustamente desterrada de los planes de estudios universitarios por considerarla, paradojas de la vida, poco científica), el Tableau politique de la France de lo Ouest sous la Troisième République de André Siegfried. El libro se basaba en la observación sistemática de los resultados electorales franceses desde 1870, lo que llevaba al autor a constatar que había territorios donde el voto siempre se inclinaba hacia el campo conservador, mientras que en otros persistía una tendencia sistemática hacia la izquierda. Siegfried se preguntaba por qué se daban estas diferencias, por qué había lugares donde siempre ganaba la derecha y lugares donde siempre estaban en mayoría los progresistas.

La respuesta dada por Siegfried en su Tableau ha hecho historia. Según él, la causa de la inclinación electoral de los territorios estaba precisamente allá, en el territorio, más concretamente en el suelo, en la composición geológica del terreno. Así, generaciones y generaciones de estudiantes de ciencia política (ahora menos, al estar proscrito el libro por poco científico, como ya he dicho) han aprendido que en los territorios conformados mayoritariamente por suelo calcáreo el voto se acostumbra a inclinar hacia la izquierda, mientras que allí donde el suelo es principalmente granítico manda la derecha.

Dicho así, la conclusión de Siegfried parece una boutade, pero la verdad es que no lo es. Ahora bien, sería demasiado largo desarrollar aquí todo el razonamiento que hay en el Tableau (si tenéis tiempo, un día os lo explico con calma). Lo he sacado a colación porque me gusta reivindicar la cientificidad siempre que tengo ocasión y para recordar que Galicia, geológicamente hablando es en buena parte, una grande, inmensa, roca de granito. De aquí se desprendería, siguiendo a Siegfried, que está predestinada a inclinarse una y otra vez, eternamente (o casi), hacia la derecha.

 

Conjunción astral

La posibilidad de que la izquierda consiguiera la mayoría absoluta en Pazo del Hórreo, sede del parlamento, era real, pero a la vez extraordinariamente difícil. No dependía de sí misma sino de varios factores concatenados que se tenían que producir simultáneamente. Si solo se producía uno (o dos) no había mayoría posible. Cuáles eran estos factores? Por un lado, era necesario  que parte del voto del PP no acudiera a las urnas y/o que una parte de este se acabara inclinando hacia la izquierda. Y a la vez era necesaria una movilización muy significativa del voto hacia la izquierda. Imposible no, pero muy y muy complicado. Una conjunción astral.

Al final, no se produjo nada de todo esto. El voto del PP se mantuvo fiel hasta el final, inmune a todo. Es muy difícil desbancar un partido que, sondeo tras sondeo, mantiene más del 80% de su voto. Ni la oportuna polémica sobre el posible indulto a Puigdemont a una semana de la elección erosionó la roca del voto popular (puro granito).

 

Bloques, bloques, bloques

También es complicado dar la vuelta a unos resultados electorales sin modificar el equilibrio de fuerzas entre los ganadores y sus competidores. Sin un incremento del voto a la izquierda en detrimento del de la derecha. Las encuestas nunca detectaron un movimiento parecido. Los trasvases eran eminentemente internos, entre los partidos de cada bloque, del PSdeG al BNG y de Vox y Cs (sí, el 2020 Cs todavía habían obtenido cerca de diez mil votos que ahora habían quedado libres) al PP.

Esta convocatoria es una muestra evidente de cómo circula el voto últimamente. Hay dos circuitos, de hecho. Uno en cada bloque, como dos corrientes marinas que coexisten pero no se mezclan. Tienen vidas propias, velocidades propias y direcciones propias. Las fronteras de cada bloque son impenetrables, impermeables. De aquí que, en el caso gallego, la derecha tenga la mayoría blindada y sea muy difícil que se produzca un cambio en la correlación de fuerzas. Por no hablar del sistema electoral, que juega a su favor (como en el caso catalán, por cierto).

 

La movilización no tiene por qué ser de izquierdas

Hay un clásico que nunca pasa de moda, a pesar de que sea falso y los datos, convocatoria tras convocatoria, lo desmientan. No hay nada a hacer. Cuando se trata de elecciones parece como si los periodistas abrieran el mismo cajón, una y otra vez, lleno de frases hechas y las dispongan sobre  la mesa. De estas, una de las más repetidas es la que asegura (categóricamente si puede ser) que de producirse un incremento en la participación, este favorecerá (sí o sí) la izquierda.

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Cansa  tenerlo que repetir, pero hay que hacerlo una y otra vez (a pesar de que ya hemos perdido la esperanza de convencer a nadie): el aumento de la participación, la movilización del electorado, no favorece a priori a ninguna opción concreta. Y esta convocatoria ha vuelto a ser una muestra palmaria de ello. Si tenemos en cuenta la última preelectoral del CIS, el PP habría conseguido atraer unos 120.000 votos de abstencionistas y nuevos electores, el que equivale a más de la mitad del voto que se movilizó a lo largo de la campaña. De estos, la izquierda solo habría atraído 85.000.

 

Un voto rentable

En los últimos años estamos asistiendo a un cambio profundo en la manera de votar, que es muy visible entre los electores de las nuevas generaciones (no confundir con aquello que denominamos genéricamente «los jóvenes» porque van de los dieciocho a los cuarenta años y pico). El nuevo elector no opta por un partido de forma sistemática, no se orienta en función de las opciones concretas sino que cada vez más acostumbra a elegir en función de la rentabilidad que le quiere sacar a su voto. No hablamos de rentabilidad económica sino política. Cada vez hay más electores que se orientan en función de qué partido creen ellos que es el mejor para lograr el objetivo que se han marcado, ya sea hacer que una opción (un bloque, no un partido necesariamente) logre la mayoría o evitar que otra pueda formar gobierno.

Este nuevo elector no es menos ideológico que el anterior, el viejo. Es más, quizás lo es todavía más. Que sea oscilante, volátil como se acostumbra a decir, no quiere decir que no tenga una posición política clara. Al contrario. Lo que no tiene es un partido de referencia. El nuevo elector quiere conseguir que pasen cosas y esto hace que en cada convocatoria se pregunte qué partido parece el más adecuado para que esto que quiere que pase, pase efectivamente.

En el caso gallego ha sido muy evidente. La izquierda se ha concentrado en la opción que a priori parecía la más «rentable» para conseguir desbancar el PP del gobierno, es decir el BNG. ¿Quiere decir que el voto de izquierdas se ha radicalizado, como sostiene el PP? No, quiere decir que una parte muy considerable del voto de la izquierda ha encontrado en el BNG la opción más adecuada para hacer que pasara aquello que este votante quería, evitar una nueva mayoría absoluta del PP. Lo mismo puede decirse del voto de la derecha, que se ha concentrado en el PP como opción más «rentable» para asegurar el mantenimiento de la mayoría conservadora.

Hay que tener muy en cuenta esta transformación del voto a partir de ahora. Los partidos tendrán éxito siempre que sepan gestionar esta rentabilidad que busca este nuevo elector. El voto fiel a un partido continúa existiendo, cierto, pero poco a poco va dejando lugar a este nuevo voto liberado de vínculos partidistas que calcula y pondera y acaba decidiéndose en función del rendimiento que supone votar uno u otro partido.

 

Partidos especializados y partidos todo-terreno

Los resultados gallegos del domingo 18 de febrero son gallegos, por más que se les busquen extrapolaciones generales ( lo trataremos más abajo). La idiosincrasia electoral gallega es similar a la andaluza de antes de 2018, pero a la inversa. Si se observan los resultados electorales se concluye que el PP es un partido todo-terreno, una roca (de granito, obviamente). Su voto es extraordinariamente estable en todo tipo de elecciones, con oscilaciones cíclicas. Su resultado en estas elecciones autonómicas es prácticamente el mismo de las últimas generales (700.000 votos) y esto se repite a lo largo de los años. El PP tiene un voto sólido, fiel, que le apoya sea cual sea la elección. Solo el 2019 se descuelga su voto de las generales, coincidiendo con el ascenso de Cs y posteriormente de Vox, los únicos competidores reales (si bien momentáneos y solo en las elecciones generales) que han tenido los populares desde el derrumbe de la UCD allá por 1982.

 

Magnitud y composición de la izquierda y la derecha en Galicia, elecciones generales y autonómicas

Magnitud y composición de la izquierda y la derecha en Galicia, elecciones generales y autonómicas

 

A diferencia del PP, las fuerzas de la izquierda son partidos especializados en un tipo de elección. Ha sido muy evidente en esta convocatoria, como lo fue en el periodo 2019-2020. Lo del PSdeG es un partido de generales, posiblemente porque aparece a ojos del votante de izquierda como la opción más «rentable» en este tipo de elección. En cambio, cuando llegan las autonómicas es el BNG el que concentra el voto de la izquierda. Entre el 23J y ahora los socialistas han dejado escapar 270.000 votos, el 56% de sus apoyos de las generales. Por el contrario, el BNG ha aumentado su resultado en 315.000, el doble que los votos obtenidos el julio pasado (ha atraído voto socialista y voto de Sumar). Hace cuatro años pasó más o menos lo mismo, entre las generales y las autonómicas el PSdeG se dejó 212.000 votos y el BNG creció en 190.000. Así pues, no es que la opción por la amnistía haya tirado en brazos del nacionalismo «radical» un buen trozo del voto socialista, como afirma interesadamente la Brunete. No es de ahora que pasa, ha ocurrido siempre y tiene que ver con esto que decíamos de la rentabilidad del voto y la especialización de algunos partidos.

 

…y partidos de temporada (diez años después del 2014)

Ninguna novedad en el frente de la antigua nueva política en estas elecciones gallegas. La papeleta de Cs ha desaparecido de las mesas electorales, como lo había hecho en las generales, mientras que la izquierda «transformadora» ha acabado de rubricar su defunción por la vía tradicional de la izquierda más tronada, la división cainita y suicida. Una década después del surgimiento de las fuerzas de la nueva política, coincidiendo con el agotamiento simbólico del impulso del 78 (la abdicación de su figura principal, Juan Carlos I), de estas queda muy poca cosa. La última tanda de elecciones municipales y autonómicas (2023) las ha eliminado de buena parte de los gobiernos de los grandes ayuntamientos y parlamentos (a pesar de que no de todos, queda Más Madrid, y también los Comunes, a pesar de que en una posición más subsidiaria, lejos de ejercer el liderazgo de la izquierda).

La caída (y en el caso gallego, práctica desaparición) de las fuerzas de la fallida regeneración democrática ha propulsado otra vez las formaciones clásicas, en un tipo de renacimiento fulgurante en algunos casos, como el BNG, condenado a vagar por el desierto entre 2015 y 2020, el tiempo que duraron las mareas: de 400.000 votos en las generales de 2015, 14 escaños en las autonómicas de un año después, la mitad de los votos en noviembre de 2019 y ningún escaño en las autonómicas del año siguiente. En la derecha sucedió tres cuartos del mismo, con Cs y Vox limando la roca del PP.

Aun así, sería injusto afirmar que la transformación iniciada el 2014 no ha dejado nada. Hay un poso, que si bien no es visible en las formaciones que nacieron a rebufo de aquel año de cambio, sí que lo es en algunos valores profundos que han marcado y continúan marcando las nuevas generaciones, los hijos e hijas del 15M. Hay un lenguaje y unas maneras que vienen de allá y que se han instalado en la conversación colectiva, tanto en la izquierda (más visible), como en la derecha (como reacción). 2014 no se ha acabado de cerrar, sigue allá, abierto en canal, por mucho que todos hiciéramos como si no lo viéramos.

 

El gesto que no fue

Las dinámicas internas de supervivencia organizativa condicionan a quienes tienen que tomar las decisiones estratégicas en los partidos. Esta pulsión conservadora (literal: de conservar) hace que muchas veces los partidos actúen más en función de las necesidades de la organización (de su supervivencia), que de sus propios intereses estratégicos (a medio y largo plazo) o de las demandas de sus votantes y simpatizantes.

Sumar no ha conseguido representación parlamentaria en estas elecciones, a pesar de los augurios de algunas encuestas que preveían la obtención de un escaño a La Coruña o en Pontevedra. Al final, el efecto rentabilidad del voto ha arrastrado buena parte de la intención inicial de votar a Sumar hacia el BNG, lo que habría acabado de hundir las perspectivas de aquellos. Los 28.000 votos obtenidos no han rendido. Pero, por fortuna para Yolanda Díaz, tampoco han sido decisivos en el resultado final. Si todos los votos de Sumar se hubieran concentrado en el BNG, este solo habría incrementado su representación final en un escaño adicional (por Pontevedra), lo que no habría sido suficiente para arrebatar la mayoría absoluta al PP.

 

Una campaña inacabable

Inevitablemente, el resultado de las elecciones gallegas se ha interpretado (intencionadamente) en clave estatal. Y es que las convocatorias que se produzcan a lo largo de esta legislatura serán analizadas bajo este prisma, en función de si corrigen o ratifican el resultado del 23J. Es decir, cada elección servirá para consolidar o deslegitimar la mayoría que apoya al gobierno central. Tanto el PP como el PSOE han jugado las gallegas en clave de generales, como jugaron en el 28M del año pasado o en las andaluzas. Desde el 23J, pero, esta tendencia se ha agudizado porque flota en el aire la idea de que los resultados electorales condicionarán de forma contundente el escenario general en un sentido o en otro.

Las gallegas tenían que ser la tumba de Feijóo y sumir el PP en una pugna descarnada por el liderazgo, con la ascensión (posible, probable, en diferido quizás) de Ayuso a la presidencia del partido. Estaban llamadas a sacudir el tablero, a dar aire a un gobierno agitado por unos socios con agenda propia. No ha sucedido y ahora encaramos la siguiente etapa, que podrían ser las vascas o las europeas. Las primeras no tienen mucha historia, pero las segundas son una prueba de fuego para la supervivencia de Sánchez. El gobierno no caerá, pero podría quedar muy tocado en caso de una derrota clara. Corren aires de 1994, cuando el PP ganó sus primeras elecciones, unas europeas precisamente.

En cualquier caso, pase lo que pase, los argumentarios ya están escritos y a punto para ser distribuidos entre los medios afines, convertidos en las barras bravas de cada partido. Todo el mundo sabe qué tiene que decir y el guion se desplegará de la manera más previsible en función de los resultados, como ha sucedido ahora. La derecha «nacionaliza» los resultados gallegos, Feijóo se refuerza ante sus rivales internos y a los «grandes accionistas» del PP no los toca más remedio que aguantarlo una temporada más. Sánchez minimiza y «galleguiza» el voto de domingo (después de protagonizar la campaña). Ahora le toca resistir, aquello que más lo define. Aguantar a la espera de las europeas, que serán (estas sí) el examen más duro. Y mientras tanto el ir y venir de la amnistía, la sombra que planea sobre esta campaña eterna, fatigosa, repetitiva, que se retroalimenta en su burbuja.