Decana de Sciences Po

La ex ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya (San Sebastián, 1969), se encuentra en una posición peculiar. Ya no habla como una dirigente en activo, pero tampoco lo hace con la frialdad y la distancia de un experto. Es como si tuviera un pie a cada lado de la barrera que separa la arena política de la sociedad civil, una posición que hace más interesante su discurso. Pocos meses después de haber abandonado el Gobierno español, en el verano de 2021, en medio de la crisis migratoria con Marruecos, González Laya fue designada decana de la Paris School of International Affairs de Sciences Po. Recientemente, atendió la visita de la revista política&prosa en su despacho de la prestigiosa universidad parisina. En esta entrevista, analizó los nuevos retos de la Unión Europea en el nuevo mandato que afrontarán las instituciones después de las elecciones europeas del 9 de junio. Sin duda, será un período marcado por la convulsión del orden internacional (guerras de Ucrania y de Gaza) y por los comicios presidenciales en los Estados Unidos en noviembre.

 

El fantasma de un hipotético retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha influido en los debates en las altas esferas europeas. Al presidente francés, Emmanuel Macron, le gustaría utilizarlo para que la UE diera un paso adelante en políticas militares y de fabricación de armamento. ¿El contexto actual representa una oportunidad? ¿O bien una amenaza?

Creo que lo centramos demasiado en un posible retorno de Trump, pero hay que recordar que, independientemente de lo que pase con el candidato del Partido Republicano, Europa se encuentra ante una encrucijada. Obviamente, resultará más fácil gestionar esta situación con un presidente en los Estados Unidos cercano a la UE, y no con un presidente hostil como lo fue Trump durante su primer mandato. En cualquier caso, sin embargo, si la UE quiere seguir siendo un espacio específico en el mundo con una identidad propia, tiene que dar un paso adelante en cuatro aspectos: la defensa, la energía, las telecomunicaciones (y las nuevas tecnologías) y el mercado de capitales. Tenemos que avanzar en estas cuestiones, ya que si no lo hacemos la UE perderá su identidad. Con Trump o sin Trump.

 

Respecto al aspecto militar, desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, ha habido numerosas declaraciones por parte de dirigentes europeos sobre el hecho de que Europa debía ponerse en modo «economía de guerra» …

Esta expresión, «economía de guerra», no me gusta demasiado —interrumpe la exministra.

 

¿Por qué?

Porque suena demasiado belicista y es necesario que planteamos el debate de forma más inteligente. El continente europeo conoció períodos en el siglo pasado —por ejemplo, durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial— en el que puso todas sus capacidades industriales al servicio de la defensa, pero ahora estamos en un momento muy diferente. Se trata de una fase en la que, ante un aumento de las amenazas, también militares, hay que prepararse, ya que estamos en un mundo en el que está de vuelta la guerra como instrumento de las rivalidades geopolíticas. Actualmente, Europa está rodeada de conflictos bélicos, desde Ucrania hasta Próximo Oriente, pero también en el Sahel (norte de África). Ante una coyuntura como esta, sería un error que los dirigentes europeos no invirtieran en cómo garantizar la defensa de sus ciudadanos.

 

¿Cómo pueden los países de la UE dar un paso adelante en la producción de armamento? Si Francia y Alemania se vieran obligadas a sustituir a los Estados Unidos en el suministro de ayuda militar a Ucrania, tendrían que doblar lo que aportan en la actualidad.

No creo que la UE esté en condiciones de sustituir a los Estados Unidos, pero sí debe mantener, o incluso aumentar, la ayuda militar y económica a Ucrania. Para ello, resulta necesario incrementar la capacidad de producción de munición. Es un aspecto de la industria militar que los países europeos habían abandonado, ya que creían que aportaba poco valor añadido, tal como sucedió con algunos fármacos o equipamientos médicos que escasearon durante la pandemia del Covid-19.

Necesitamos una mayor capacidad de producción de municiones y tener más reservas. Creo que este sería un paso inteligente para que Europa se responsabilizara más de su seguridad. La UE es la potencia en el mundo que importa más equipamientos militares, bastantes más que los Estados Unidos, China o Japón. Esto nos demuestra que hay un espacio de crecimiento para la industria de defensa y, para hacerlo realidad, hace falta una planificación estratégica. Hay que darle indicaciones al mercado sobre cuáles son las necesidades europeas.

 

¿Este impulso de la industria militar debería ir acompañado de la creación de un ejército europeo, como defendió Macron hace unos años?

No se trata de construir una seguridad fuera de la OTAN. Pero cuando los Estados Unidos entran en una fase de repliegue doméstico y decae su preocupación por lo que pueda pasar en Europa, es necesario que los países del continente puedan asumir más responsabilidades dentro de la Alianza Atlántica. La idea no es salir de la OTAN ni construir una OTAN exclusivamente europea, sino que los estados del Viejo Continente dispongan de una mayor capacidad para asumir responsabilidades militares cuando se produzca un conflicto que afecte a la UE.

 

Pero ¿es posible europeizar la OTAN? Los países que se muestran más partidarios de la Alianza Atlántica son los del este del continente, y suelen mostrar más confianza en Washington que en París y Berlín.

Esta discusión la tuvimos durante la primera presidencia de Trump (2016-20). Desde entonces, se ha producido la invasión rusa de Ucrania, que ha provocado una gran preocupación en los países del este del continente. Estos mismos Estados ven con cierta preocupación la llegada a Washington de un presidente que reduzca, o incluso congele, la ayuda a Ucrania. Por este motivo, Polonia, Estonia o Lituania apuestan por una mayor inversión europea en temas de defensa.

 

Además de los conflictos militares, están las amenazas híbridas como, por ejemplo, la desinformación y los ataques cibernéticos. ¿Le preocupan?

Sí, mucho. Desde aquí, en París, he observado casos significativos de desinformación; por ejemplo, la aparición el pasado otoño de unas estrellas de David pintadas en calles de la capital francesa (dos mujeres moldavas fueron detenidas por este hecho, y fuentes próximas a la investigación creen que detrás de todo ello están los servicios secretos rusos) con la intención de hacer creer que en Francia hay un problema de antisemitismo a gran escala.

También he visto fake news —una información falsa elaborada de forma bastante sofisticada según la cual Macron había suspendido un viaje a Kiev por temor a un atentado—, para enfrentar al presidente francés con el ucraniano, Volodímir Zelenski. Creo que hemos de invertir bastante más de lo que imaginamos para afrontar este tipo de amenazas. Y también educar y preparar a los ciudadanos para que puedan hacerle frente de forma responsable. Cuanto más permitamos que proliferen estas amenazas híbridas, más debilitadas se verán las democracias, y Europa perderá su capacidad de ser un espacio específico.

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La ministra de Defensa, Margarita Robles, dijo en marzo en una entrevista a La Vanguardia que «la amenaza de la guerra es absoluta y la sociedad no es del todo consciente». Macron advirtió en abril que «Europa es mortal» y que «puede morir de sí misma». ¿Qué piensa de la sucesión de declaraciones de este estilo? ¿Son necesarias? ¿O bien son contraproducentes por resultar demasiado alarmistas?

Creo que en una democracia es importante que temas como el de la guerra se debatan directamente con los ciudadanos. Pero es necesario que sea una discusión informada y no alarmista. No se trata de alarmar al ciudadano, sino de debatir de modo transparente, ya que un aumento en la inversión en defensa representa un cambio respecto a lo que hemos vivido en las últimas décadas. Desde mi punto de vista, uno de los argumentos de más peso consiste en recordar que hasta ahora entendíamos que el riesgo era menor y, por tanto, la póliza de seguridad colectiva tenía un coste más bajo. Pero ahora hay que aumentar el gasto, ya que se han acentuado las amenazas híbridas e incluso el peligro de una guerra física.

Teniendo en cuenta que España se encuentra en el extremo oeste del continente europeo, puede haber el sentimiento de que la guerra de Ucrania queda un poco lejos, pero no debemos olvidar que Europa se encuentra rodeada por el arco de fuego de los diferentes conflictos. Debemos tener una noción colectiva de estos peligros.

 

El apoyo de los ciudadanos a la ayuda militar en Ucrania está decayendo, especialmente en países como Italia, Alemania o Francia, donde la ultraderecha vive un momento de apogeo electoral. ¿Cómo lo analiza?

La idea de que los ciudadanos no apoyarán la ayuda para Ucrania está muy presente en el debate mediático desde el inicio del conflicto. Aunque hace más de dos años que empezó la guerra, encuentro que se mantiene una aceptación muy sólida de una mayoría de los ciudadanos. Al menos, así lo indica el Eurobarómetro. Creo que una mayoría de europeos ha entendido que con el envío de ayuda a Kiev no solo se ayuda a los ucranianos, sino también a la seguridad del conjunto del Viejo Continente.

 

¿Cuál tendría que ser el calendario de adhesión de Ucrania a la UE?  

Es complicado hablar de un calendario y decir que debería ser durante esta década o la próxima. Pero sí que me parece importante analizar la experiencia de la integración europea de las tres últimas décadas, que nos muestra que resulta cada vez más complicado mantener la misma mecánica de integración. Quizá, en lugar de hablar de una ampliación de la UE, deberíamos referirnos a una integración gradual. Es decir, hay que cambiar el modo de funcionar, que hasta ahora ha sido de todo o nada.

En lugar de eso, resulta preferible una integración gradual de los países candidatos (Ucrania, Moldavia, Georgia…) Habrá sectores en los que será más fácil la integración y otros en lo que será más complicada. Al mismo tiempo, creo que hacen falta reformas en la gobernanza de la UE que permitan un mejor funcionamiento. Hemos visto que en determinadas cuestiones el hecho de funcionar a 27 nos lleva a los límites de la eficacia.

 

Hasta ahora el Consejo Europeo se ha regido por la norma de la unanimidad en las votaciones. ¿Hay que cambiarla para mejorar la eficacia en la toma de decisiones?

Sí, tendríamos que cambiarla. Las votaciones por unanimidad se establecieron para garantizar que se tendrían en cuenta todas las sensibilidades nacionales. En los últimos años, sin embargo, hemos visto que no se utilizaban con esta finalidad, sino para que un país pudiera tomar como rehenes a los demás. Ha sido evidente en el caso de Hungría (gobernada por el neoconservador Viktor Orbán). ¿Cuántas veces se han producido votaciones de veintiséis menos uno? Teniendo esto en cuenta, creo que es importante cambiar esta forma de funcionar. Si a 27 ya nos cuesta alcanzar la unanimidad, a 33 resultará imposible.

 

Respecto a los Balcanes, ¿cómo cree que se debería gestionar la incorporación de los países de la zona?  

La mejor manera es hacerlo no respondiendo a un paquete de países, sino a las situaciones específicas de cada uno. Hay países como Montenegro que están mucho más preparados que Bosnia y Herzegovina. Por este motivo, me parece lógico que se integre más rápidamente Montenegro que Bosnia. Y al mismo tiempo, hay que acompañar a Bosnia para que haga esta transición. Entiendo los motivos por los cuales en el pasado se apostó por las ampliaciones a base de paquetes regionales, pero ahora hay que cambiar de óptica y que cada uno de los Estados vaya avanzando en función de sus peculiaridades.

 

Pero de esta manera, ¿no hay el peligro de que se fomenten los resentimientos por efectos de vecindad? Por ejemplo, si en 1986 Portugal hubiera entrado antes que España en la Comunidad Económica Europea, eso no habría gustado a los españoles.

Es necesario que salgamos de las lógicas de entrar o salir, de estar dentro o fuera. Hemos de apostar por un tránsito gradual y eso nos ayudará a gestionar los agravios comparativos. Evidentemente, si es blanco o negro, todo el mundo quiere que le toque el mismo color. Pero si se hace de forma gradual, si unos están parcialmente dentro y otros parcialmente fuera, todo eso desinfla estas tendencias. Y permite que los diferentes países puedan avanzar en aquellos aspectos en los que están más maduros.

«Es necesario que salgamos que las lógicas de entrar o salir, de estar dentro o fuera. Hemos de apostar por un tránsito gradual y eso nos ayudará a gestionar los agravios comparativos.»

 

La ampliación de 2004, con la entrada de diez países del centro y el este de Europa, dejó un gusto amargo en algunos Estados miembros, como Francia, y especialmente en las clases obreras, que se vieron afectadas por el cierre de fábricas que se instalaron en Polonia. ¿Cómo se puede evitar que pase lo mismo con Ucrania, país que genera reticencias por su potente sector agrícola?

Esta era la misma cantinela que oíamos cuando España tenía que entrar en la UE. En Francia se decía entonces que la agricultura española acabaría con la francesa, pero no fue eso lo que pasó al final. El sector primario en Francia no se hundió, más bien al contrario, ya que la agricultura francesa es actualmente excedentaria. Lo único que pasó fue que los agricultores españoles tuvieron que ponerse al mismo nivel en lo referente a las normas fitosanitarias europeas. Sería un error no dejar que Ucrania entre en la UE porque tememos la competitividad de los cereales y los granos ucranianos. Una decisión de este tipo sería de un cortoplacismo brutal. Si que hará falta que haya una transición y un acompañamiento económico de los sectores agrícolas para que se adapten a esta situación.

«Sería un error no dejar que Ucrania entre en la UE porque tememos la competitividad de los cereales y los granos ucranianos.»

 

¿Qué piensa de la forma en que la Comisión Europea y los diferentes gobiernos nacionales han respondido a las protestas de agricultores que han marcado el primer semestre de este año?

El principal afectado por el cambio climático será el sector agrícola. Está en primera línea. Creo que a los agricultores les interesa una agenda climática potente que los proteja. Conozco bien este sector, ya que una parte de mi familia trabaja en él, y sí que pienso que las políticas climáticas europeas se habrían podido diseñar e integrar mejor por lo que se refiere a las realidades de los campesinos. No creo que se deba renunciar a las ambiciones climáticas, pero sí es necesario un mayor esfuerzo para diseñar los programas de reducción de emisiones de CO2 y para proteger la agricultura frente a las repercusiones del calentamiento global.

 

De momento, la sensación que ha quedado es que se ha priorizado el cortoplacismo y se ha retrocedido respecto a la transición ecológica del sector…

El hecho de mantener un debate de este estilo pocos meses antes de las elecciones europeas es como el hambre y las ganas de comer. Quizá después de los comicios del 9 de junio podrá haber un debate serio con los sindicatos agropecuarios sobre cómo se puede producir la transición ecológica del sector. En cualquier caso, no creo que se deba reducir la ambición en la transición ecológica; eso sería de un gran cortoplacismo. No hemos de reducir la ambición, sino conseguir que los agricultores se suban al carro de las políticas verdes.

«Es necesario un mayor esfuerzo para diseñar los programas de reducción de emisiones de CO2 y para proteger la agricultura frente a las repercusiones del calentamiento global.»

 

El Gobierno francés repite desde hace meses que reducirá de modo considerable el gasto público (más de 10.000 millones de euros) este año. El ejecutivo alemán sufrió una crisis presupuestaria a finales del año pasado. Parece que hay un retorno incipiente de las medidas de austeridad en el Viejo Continente. ¿Eso puede reducir la ambición de la autonomía estratégica?

Yo no hablaría de austeridad, pero es cierto que salimos de un período en el que hubo un uso extensivo del gasto público. Esto se debió a la necesidad de mantener en pie la economía durante la pandemia, pero también de invertir en la transición tecnológica, climática y, ahora, de defensa. Hemos vivido unos últimos años con inversiones públicas elevadas y también un gran endeudamiento. Creo que ahora mismo hace falta un salto más cualitativo que cuantitativo en las inversiones públicas y privadas.

Por un lado, hemos descubierto que los países europeos son más eficaces cuando invierten de forma conjunta y es necesario que retengamos esta lección del Next Generation, el fondo comunitario de 800.000 millones de euros impulsado durante el Covid-19. Por otro lado, hemos de impulsar los buenos mecanismos para que el ahorro privado no se quede paralizado ni se vaya a los Estados Unidos, sino que contribuya a las inversiones en el Viejo Continente. Y para conseguirlo, una buena medida consistiría en disponer de un verdadero mercado único de los capitales europeos.

 

La jurista y política Arancha Gonzalez Laya, ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación (2020-2021) en su despacho de la Paris School of International Affairs de Sciences Po, en París. Foto: Enric Bonet

La jurista y política Arancha Gonzalez Laya, ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación (2020-2021) en su despacho de la Paris School of International Affairs de Sciences Po, en París. Foto: Enric Bonet

«Hemos de impulsar los buenos mecanismos para que el ahorro privado no se quede paralizado ni se vaya a los Estados Unidos, sino que contribuya a las inversiones en el Viejo Continente.»

 

Pero ¿no tiene la sensación de que el Next Generation quedará como una medida exclusiva de los años de la pandemia? ¿No le preocupa que eso favorezca que Europa quede rezagada respecto a Estados Unidos y China?

Personalmente, creo que hemos aprendido las lecciones de la crisis de 2008, cuando perdimos cinco años y las malas decisiones provocaron un gran sufrimiento dentro de la UE. Pero desde entonces hemos aprendido las lecciones de los años de la pandemia, en los que tuvimos la capacidad y la energía política para evitar los errores cometidos una década antes. Creo que ahora estamos en una tercera fase que se caracteriza por el retorno de la guerra. Para hacerle frente, debemos utilizar la buena energía de 2020 e invertir conjuntamente, como hicieron los 27 con el Next Generation. Resulta necesario este gasto militar conjunto, ya que eso nos protegerá como europeos y también servirá para mantener los valores específicos de la UE. Este no es solo un espacio de intereses compartidos, sino también de valores.

 

Ahora mismo, estos valores son criticados por la guerra de Gaza y por la doble moral que, según los países del Sur Global, algunos Estados europeos mantienen respecto a la ofensiva de Israel, en comparación con la de Rusia en Ucrania. ¿Qué piensa de estas críticas?

No creo que la guerra de Gaza sea un buen ejemplo de un Occidente desinteresado frente a un resto del mundo realmente interesado en el sufrimiento de los palestinos. Creo que hay mucha hipocresía en todos los Estados, empezando por los países árabes. Si los dirigentes de Oriente Medio impulsaran un plan para lograr una resolución política del conflicto, ese plan probablemente sería más útil que uno elaborado por los Estados Unidos o la UE. Y si hay un país que no puede hablar de doble moral es China. Si nos preocupa el sufrimiento de la población musulmana, tiene que preocuparnos tanto la situación en Gaza como en la región china de Xinjiang, conocida por ser el territorio donde se produce la represión de la minoría uigur.

«Creo que hay mucha hipocresía en todos los Estados, empezando por los países árabes.»

 

¿Cuál es la responsabilidad de la comunidad internacional en el devastador conflicto de Gaza?

Si ponemos frente al espejo a la comunidad internacional, vemos que esta dejó que se pudriera el conflicto al desinteresarse de él y esperar que se produjera una solución milagrosa. Y ahora resulta mucho más complicado reconciliar a los actores confrontados. Desde el 7 de octubre, Israel se siente mucho más vulnerable y hay un gran consenso en su sociedad sobre la necesidad de defenderse. Pero al mismo tiempo, hay una gran división entre los israelíes respecto al Gobierno de Benjamin Netanyahu, que es realmente muy radical.

En el caso de Palestina, también hay una división sobre la sucesión en su liderazgo, un problema que ya existía antes de este conflicto, pero que ahora se ha acentuado. Todo ello dificulta que se pueda avanzar en la solución de los dos Estados.

 

¿Qué piensa de la propuesta de Pedro Sánchez de reconocer el Estado de Palestina?  

El reconocimiento de Palestina representa una constante en la política exterior española. Así lo demuestran las numerosas declaraciones y resoluciones votadas por partidos políticos de todos los horizontes (también el Partido Popular en 2014). En España siempre ha existido esta línea política, y eso la ha caracterizado respecto a otros países europeos. Por eso me sorprendieron algunas declaraciones muy críticas, y que encontré excéntricas, con la propuesta de Sánchez.

 

Se refiere a las del ex presidente José María Aznar…

Sí, exacto.

 

¿Y cuál podría ser la utilidad de este reconocimiento? ¿No podría quedar únicamente en una medida simbólica?

Respecto al reconocimiento de Palestina, siempre se ha dicho que lo importante es hacerlo en el momento oportuno, es decir, cuando ayude a encontrar una solución al conflicto. Otros países de la UE (Polonia, Suecia…) ya lo hicieron en el pasado. Para aquellos que no lo han hecho, es importante encontrar el buen momento. Oí recientemente al ministro francés de Asuntos Exteriores, Stéphane Séjourné, con un discurso similar en el que decía que había que reconocer el Estado de Palestina, pero en el momento más propicio. Desde el Gobierno español, entienden que ahora se trata de un buen momento para mantener viva la posibilidad de dos Estados. Me parece coherente con la posición histórica de España.