La democracia del siglo XXI está invadida de «hombres fuertes», nuevos líderes iliberales que destruyen, en su beneficio, los contrapoderes que hacen grande y buena la democracia. Son los autócratas del presente.

Hubo un tiempo en que los líderes respondían a grandes causas transformadoras, que los hicieron líderes precisamente por eso, por su enorme contribución a cambios históricos, a progresos indudables de sus pueblos. Pienso en Kohl por la unificación alemana, en Felipe González, por la consolidación democrática y la modernización de España, en Jacques Delors, por su impulso a Europa con el mercado único… Ardanza, un hombre sin tantos atributos, en un espacio mucho más pequeño, fue, a su pesar, el líder vasco que hizo lo que debía y transformó así, entre 1986 y 1998, gran parte de los parámetros de una Euskadi sumida en la espesura de una violencia sin solución y encerrada en la crisis de una industria obsoleta por el monocultivo del hierro.

La Euskadi de los 80 en el siglo pasado era un país frustrado porque las expectativas y las esperanzas de un tiempo cargado de novedad política: la Constitución, la democracia y el Estatuto de Autonomía, estaban enterrados en el fango de una violencia inusitada, con una capacidad mortífera enorme (390 asesinatos entre 1978 y 1984) y en la conflictividad social de una industria achatarrada. La emoción del autogobierno y de la democracia estaba preñada de pesimismo por ambas circunstancias y, para colmo, el Partido Nacionalista se escinde y la crisis política más grave de su historia fractura en dos a la familia política que gobernaba el país.

Ardanza fue líder, sin quererlo, pero lo fue. Tuvo que sustituir a Garaikoetxea en la lehendakaritza, en un Gobierno cuyo grupo parlamentario se había fracturado por la mitad. El PSE, en la oposición, saltó en su ayuda para dar estabilidad al país y Ardanza acabó convocando elecciones en 1986. Las ganó el PSE con 19 Diputados, el PNV con 17 y EA con 13.

El primer gobierno de coalición de la democracia en España inició su marcha en marzo de 1987. Hicimos un gobierno al 50%, con Ardanza de lehendakari. ¿Por qué cedisteis la presidencia?, nos preguntaron muchos. Para nosotros había un objetivo claro: transformar el marco político en el que estábamos combatiendo el terrorismo porque estábamos condenados a la derrota del Estado o, como decían los estrategas de la violencia, «al empate infinito». El Estado estaba aislado en el País Vasco y el entorno social, político y geográfico de los violentos era muy favorable a la banda. Eran unas circunstancias imposibles para vencer. Todos creíamos entonces que aquella tragedia nunca acabaría.

Recordemos: el nacionalismo vasco rechazaba la violencia, pero extendía un manto de comprensión social y una sospechosa coincidencia política con sus objetivos, que le permitía rentabilizar el conflicto. Una de las frases más significativas de la época era aquella que circulaba en los entornos nacionalistas: «unos mueven el árbol y otros recogemos las nueces». La Iglesia vasca era espacio de acogida y soporte espiritual —y a veces operativo— de su lucha. Su gran pecado —nunca mejor dicho— fue practicar una injusta equidistancia y una falta de compasión y de caridad con las víctimas de las que acabó pidiendo perdón años más tarde.

 

«Algo habrá hecho»

Francia miraba hacia otro lado y los comandos cruzaban, mataban y se refugiaban en su retaguardia. El mito antifranquista duró demasiado, hasta bien entrados los ochenta, especialmente en los ambientes políticos franceses. La sociedad vasca estaba escondida en la intimidad de sus miedos y en la confusión de sus líderes. «Algo habrá hecho», fue la expresión cobarde de quienes querían justificar a toda costa la violencia contra los demás —y por cierto, fueron muchos— cuando la víctima no era policía, guardia o militar y se desconocía la causa del asesinato.

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El nacionalismo vasco rechazaba la violencia, pero extendía un manto de comprensión social y una sospechosa coincidencia política con sus objetivos.

En ese contexto, una policía aislada, sin información y con demasiado poder fáctico sobre unas autoridades políticas temerosas del golpismo etarra, debilitadas por las acciones terroristas continuas, cayó en la trampa de la espiral acción-represión buscada por los terroristas. La tercera ley de Newton: para cada acción hay una reacción igual y de signo opuesto, ya había sido utilizada en la política y en otros muchos lugares, tiempo atrás. Atentados, detenciones masivas, represión policial, a veces malos tratos o torturas, abusos de la ley… y así nuevos militantes de ETA. Era un círculo infernal.

Eran imprescindibles dos cosas: unir a todos los partidos políticos democráticos frente a la violencia y dar al nacionalismo vasco el liderazgo social y político para condenar, rechazar y deslegitimar la violencia. Ardanza asumió ese papel. Fue lehendakari de un gobierno que expresaba ese compromiso y lo formalizó, ocho meses más tarde de haberse iniciado su mandato, en el pacto de Ajuria Enea, que simbolizaba ambos propósitos. El pacto era además una oferta de paz a ETA, a quien se le reiteraba que no había razón para matar y se le abrían las puertas de la política, a cambio de una reinserción social progresiva de sus presos.

En perspectiva histórica, el pacto de Ajuria Enea fue el gran punto de inflexión en la larga marcha por la paz.

En perspectiva histórica, aquel pacto fue el gran punto de inflexión en la larga marcha por la paz. El pacto fue seguido de un intento de negociación con ETA en Argel (1989) que sirvió para dejar claro a todo el mundo (especialmente al mundo nacionalista y a Francia) que eran unos terroristas sin compasión y sin cabeza (y sin solución política). A partir de ese doble movimiento, el nacionalismo comienza su propia redención, liderando la protesta y la condena social al terrorismo y Francia comienza a colaborar policialmente, con seriedad y lealtad con España. Ardanza se convierte en el líder vasco que agrupa a todos los partidos vascos, aglutina ese frente democrático y convoca y vertebra a la sociedad vasca en su combate a los violentos. Sin aquel acuerdo, la Paz no habría llegado. ¡A saber dónde estaríamos ahora!

Toda la vida política vasca estaba preñada por un discurso nacionalista que ensoñaba una Euskadi fundada en un falso milenarismo histórico.

Hay otros dos parámetros de la política vasca en los que Ardanza y los gobiernos de coalición que él presidió transformaron el país.

 

Parias minoritarios

El primero de ellos fue la apuesta por la pluralidad identitaria que reflejaba su propia composición. Durante aquellos primeros años del autogobierno, la pulsión nacionalista era enorme y tensionaba la sociedad en múltiples planos: perfiles lingüísticos en la educación, en el acceso a la función pública, banderas y simbología antiespañola en general, televisión, policía, redes educativas, Ikastolas… Toda la vida política vasca estaba preñada por un discurso nacionalista que ensoñaba una Euskadi fundada en un falso milenarismo histórico, supuestamente negada e impedida por España. Quienes no comulgábamos con esas creencias e ilusiones, éramos unos parias minoritarios, empujados al asimilacionismo, como fórmula de supervivencia. La violencia contra nosotros y el miedo eran parte esencial de esa estrategia.

500.000 vascos (de un país de poco más de dos millones) habían nacido fuera de Euskadi y habían venido a trabajar y a vivir con nosotros.

La coalición fue el reconocimiento de que la sociedad vasca era plural. Hizo evidentes datos y realidades ocultas por la imposición del discurso y la cultura nacionalistas hasta entonces: que 500.000 vascos (de un país de poco más de dos millones) habían nacido fuera de Euskadi y habían venido a trabajar y a vivir con nosotros; que la imposición del euskera lesionaba derechos básicos; que muchos vascos sentíamos nuestras respectivas identidades, como vascos y españoles, por igual; que el discurso nacionalista sobre un País Vasco que incluía Navarra e Iparralde era históricamente falso; que en el mismo edificio convivíamos sentimientos identitarios antagónicos y sin embargo, éramos vecinos amigables… Y así muchos gestos y símbolos más de una pluralidad evidente y evidentemente negada por un proyecto totalitario.

Aunque su pensamiento sobre la pluralidad era bastante dicotómico («unos somos nacionalistas vascos y otros sois nacionalistas españoles»), siempre aceptó y lideró esa pluralidad.

Ardanza comprendió y aceptó su liderazgo sobre una sociedad plural. Nunca dejó de ser nacionalista. Recuerdo muchas conversaciones íntimas con él, a propósito de nuestros respectivos y muy distintos puntos de vista al respecto. Y aunque su pensamiento sobre la pluralidad era bastante dicotómico («unos somos nacionalistas vascos y otros sois nacionalistas españoles»), siempre aceptó y lideró —a su pesar quizás— esa pluralidad.

 

La reconversión industrial

Por último, aquellos años finalizamos la reconversión industrial que había tenido que cerrar factorías icónicas e históricas del país: Astilleros, Siderurgia Integral, Aceros especiales, grandes talleres mecánicos, caldererías etc… El Estado había hecho un esfuerzo financiero enorme para amortiguar los costes laborales de miles de trabajadores prejubilados o indemnizados. El Gobierno vasco tenía ante sí la enorme tarea de la reconstrucción económica y la modernización de sus infraestructuras para seguir siendo un país industrial competitivo.

Ardanza y el gobierno vasco, junto al Gobierno español pactamos ese proceso. Todas las grandes inversiones en bienes públicos que disfrutamos hoy se planificaron entonces. El Bilbao del siglo XXI, es, en gran medida, heredero de las enormes y acertadas inversiones de aquellos años. Es verdad que a ello contribuyó decisivamente contar con un sistema financiero ventajoso, aunque no es menos cierto que en tiempos de crisis, ese mismo sistema no lo fue.

La gran diversificación industrial y tecnológica que compone hoy el entramado económico de Euskadi se empezó a instalar entonces. Introdujimos la fibra de carbono entre los nuevos materiales, nos hicimos un hueco en los componentes aeronáuticos y en los motores de aviación, en los aerogeneradores, multiplicamos los parques tecnológicos y centros de investigación y desarrollo. Hoy, esos parques están llenos de laboratorios y centros de investigación en nuevos materiales, en biogenética, etc…

La Euskadi de hoy es deudora de aquel liderazgo transformador. Afortunadamente, el sentimiento social que acompañó la muerte de Ardanza rindió tributo a un hombre que bien merece ser recordado por haber sido un líder predecible, fiable, que hizo lo que debía hacerse en momentos bien graves de zozobra y tragedia.