¿Sabía Mijaíl Gorbachov la deriva que tomaría la Unión Soviética —tanto la disolución de su arquitectura de poder como la de su composición territorial— cuando emprendió la «reconstrucción» (perestroika) de ese gigante político hipertrofiado? Cada vez que vuelvo la mirada al último sexenio soviético me hago las mismas preguntas. ¿Reformas de calado como la glásnost (transparencia, apertura) precipitaron la cuenta atrás, o se debió a una crisis preexistente? Aunque se recomienda tomar con cautela las opiniones y los recuerdos de los protagonistas de la historia —bien por la falta de perspectiva, bien por la tendencia a mejorar la propia imagen—, si hacemos caso de las declaraciones del último secretario general del Comité Central del Partido Comunista, la perestroika fue una consecuencia, no tanto una causa.

Como defendió el Gorbachov de 1989 en un manuscrito cuya publicación desestimó porque quedaba desfasado al ritmo que lo escribía, no es que no hubiera opción, sino que, para ser más precisos, era una «necesidad», dado que no había sobre la mesa otra alternativa que fuera «razonable y constructiva». El error de cálculo fue que la pretendida renovación del edificio comunista con reformas que legitimaran su subsistencia pasó de remodelación y apuntalamiento al derribo total: la bola de demolición definitiva fue el golpe de Estado de agosto de 1991. Es decir, que aquello que Gorbachov entendió como el remedio, acabó por convertirse en el veneno que remató al moribundo. La glásnost, sobre todo, desveló un vacío existencial bajo los cimientos del Kremlin que ninguna reforma, ayuda exterior o acto de buena voluntad podía colmar.

Da la impresión de que el joven —en comparación con sus predecesores— apparátchik, el primero en capitanear la nave con una licenciatura universitaria en su currículum, se creyó capaz de conducir al mismo tiempo dos coches que corrían el uno contra el otro sin levantar el pie del acelerador de ninguno de los dos: el de los liberales y disidentes, para quienes Gorbachov era poco ambicioso y dubitativo, y el de los de la línea dura del Partido, que consideraban que su máximo responsable había traspasado todas las líneas rojas. ¿Excesiva confianza en sí mismo?

Escribe Henry Kissinger en su último título (Leadership, 2022) que el hábito lector ofrece al dirigente la cualidad weberiana de la «proporción» (La política como vocación, 1919); esto es, la capacidad de mantener la calma interior y la perspectiva ante los acontecimientos exteriores. Gorbachov era un líder culto, ávido lector que compartió con su esposa, Raísa, la curiosidad por el arte, el pensamiento y la literatura. Y se convertiría en el personaje de una tragedia griega que obra en conciencia, pero contra las fuerzas ignotas del destino.

 

«Hemos ganado»

Dada su defenestración con la ayuda de unos y otros, desde el centro hasta la periferia, tanto por parte de cosmopolitas como de nacionalistas, la escena final recuerda más bien la de aquella otra tragedia shakespeariana, en la que el César recibe las puñaladas de todos los presentes, cuando cada cual se la asesta por una razón distinta y oculta. Y así, parafraseando el refrán: entre todos mataron la Unión Soviética y ella sola se murió. En la novela Los alegres funerales de Alik, la galardonada en la última edición del Premio Formentor de Literatura, la escritora exiliada en Berlín Liudmila Ulítskaya (Dablekánovo, 1943) describe a un grupo de emigrados rusos en Nueva York que no pueden apartar la mirada, con el corazón en un puño, de la pequeña pantalla. En su rectángulo los tanques exhiben sus cañones por las calles de Moscú, hasta que respiran aliviados cuando se sofoca la intentona golpista:

Con un suspiro Alik, el artista enfermo, exclama: «Hemos ganado.» La duda era qué se entendía entonces por nosotros. «En realidad —dice otro—, es absolutamente imposible saber quién ha ganado…»

Las noticias se sucedían sin pausa: la estatua de Dzerzhinski había sido abatida en la plaza de la Lubianka y las imágenes mostraban un pedestal vacío, el mejor de todos los monumentos del poder soviético: un pedestal vacío. El partido, ese partido de granito, de mármol y de acero, como se describía a sí mismo, se desmoronaba como polvo, se desvanecía como un espejismo. Enterraban a tres personas: tres granos de arena elegidos al azar entre la multitud por una mano celestial: muchachos de hermosas facciones, un ruso, un ucraniano y un judío. Sobre dos de ellos agitaban un incensario, el tercero estaba cubierto con un taled, el manto para la oración. Nunca había habido entierros así en ese país… Y miles, miles de personas… Parecía como si toda la podredumbre, la enfermedad y la bajeza, acumuladas durante tanto tiempo, se hubieran desmoronado de golpe, se hubieran derrumbado, y, como un montón de basura, como una pila de desechos pestilentes, se alejasen siguiendo el curso del río…

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Un joven que pasaba por la calle resumió la ‘glásnost’ con menos retórica, corría el año 1989: «cuando uno dice lo que quiere y sigue con vida».

Los años de la glásnost marcaron un hito sin parangón en la historia universal de la cultura, en particular de la cultura lectora. En Razmishlenia o próshlom i búduschem (Meditaciones sobre el pasado y el futuro, 1999), Gorbachov escribió que «la revelación de la verdad que se inició con la glásnost, aunque causó conmoción y suscitó protestas por parte de mucha gente y por las más variadas razones, se convirtió en un estímulo para reactivar la salud moral de nuestra sociedad». Un joven que pasaba por la calle resumió la glásnost con menos retórica cuando el micrófono del programa Vzgliad (Punto de vista) lo abordó para preguntarle cómo definiría ese concepto, corría el año 1989: «cuando uno dice lo que quiere y sigue con vida».

 

El alma de un país

La «apertura» supuso que el Partido Comunista abandonaba el monopolio de los medios de comunicación y de la esfera cultural, lo que viene a ser el alma de un país. Libertad de información y libertad de expresión. Libertad de crítica en el sentido más amplio. Svoboda, libertad, la gran deuda milenaria, el «terrible don» [uzhasni podarok] como se describe en Los hermanos Karamázov. Y la libertad sin verdad, es un concepto hueco, insípido, volátil. Aleksandr Yákovlev, que volvió de su misión diplomática en Canadá —una forma de exilio por un artículo publicado contra el nacionalismo ruso— para unirse al círculo cercano de Gorbachov y desarrollar la glásnost al frente del Departamento de Propaganda del Comité Central (es decir, de los medios, los estudios de cine, los teatros, las publicaciones, etc.) instó a los editores de los periódicos y las publicaciones liberales: «¡Escriban sobre cualquier cosa, pero no mientan! La glásnost es el corazón de la democracia, no un regalo de los gobernantes. No corran a preguntarme qué hay que publicar y qué no. Asuman su responsabilidad.» Hasta entonces, como había ironizado Serguéi Dovlátov en Los nuestros (Fulgencio Pimentel, 2019), en la prensa solo las erratas decían la verdad.

Aleksandr Yákovlev instó a los editores de los periódicos y las publicaciones liberales: «¡Escriban sobre cualquier cosa, pero no mientan!»

El sentido del pasado y del presente y la proyección del futuro estaban ahora abiertos a interpretación. Pero ante este reto los historiadores no eran los más adecuados para llenar los vacíos de la memoria soviética, porque se habían encargado de falsificarla. Habían sido hacedores de pridumani, lo que ahora llamaríamos «hechos alternativos». Fueron los escritores —escritores vivos y represaliados, desaparecidos y emigrados— los encargados de devolver la memoria perdida a sus conciudadanos. La glásnost supuso la recuperación de un sinfín de obras prohibidas, censuradas o secuestradas, que por fin abandonaban las estanterías de la spetsjrán (abreviatura de otdel spetsiálnogo jranenia, esto es, «sección de almacenamiento especial» que, en la biblioteca más grande de Rusia, la Lenin, en 1983 sumaban 1.131.559 títulos, con un 80 % correspondiente a literatura extranjera) para circular entre los lectores soviéticos, lo que antes hacían de manera clandestina, en samizdat.

Las páginas y páginas escritas que volvían de un limbo silencioso, más o menos entrelazadas con la ficción literaria, estaban repletas de hechos.

Ulítskaya, en el discurso de aceptación del Formentor que tituló «La hazaña de leer», contó como hizo un trueque de La dádiva, de Nabokov, por el anillo de su abuela. De repente, las editoriales y las gruesas revistas literarias —resistiendo al cada vez más pobre abastecimiento de papel— se lanzaron a publicar todo aquello a lo que solo habían tenido acceso los estrechos círculos del aparato político o de la disidencia. Sofia Petrovna, de Lidia Chukóvskaia, se codeaba con El doctor Zhivago, de Borís Pasternak; Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, con La facultad de las cosas inútiles, de Yuri Dombrovski; Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, con el Réquiem, de Anna Ajmátova; Habla, memoria, de Vladímir Nabokov, con El fiel Ruslán, de Gueorgui Vladímov; Alamedas oscuras, de Iván Bunin, con los versos de Ósip Mandelstam, o Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov, con La zanja de Andréi Platónov. Y junto con ellos, la generación de los Dovlátov, Ribakov, Petrushévskaia, Makanin, Kuráiev, Siniavski, Aleksiévich, Tolstaia…

 

El impacto más profundo

Y, como guinda, dos títulos incontestables que provocaron el impacto más profundo, Archipiélago Gulag, publicado el año de la caída del muro, y Vida y destino, el año anterior: en el primero, Solzhenitsin no dejaba libre de culpa ni al hasta entonces sacrosanto Lenin, que había plantado la semilla de «el fin justifica los medios» y creado el prototipo de campo penitenciario en una isla del mar Blanco; en el segundo, Grossman confrontaba, como ante un espejo, los totalitarismos más destructores del siglo XX.

La historia es una cadena de acontecimientos que cobra sentido solo en perspectiva, y aquellos libros construían un sentido histórico, pero también emocional, que hacía caer otro muro, el que les había situado al otro lado de un pasado velado que les pertenecía para lo bueno y para lo malo. Según Hegel, la verdad nunca es abstracta. Y las páginas y páginas escritas que volvían de un limbo silencioso, más o menos entrelazadas con la ficción literaria, estaban repletas de hechos. Y no solo pretéritos, también de los del presente, que hablaban de una situación económica deprimida, de corrupción rampante, de la degradación medioambiental, del consumo excesivo de drogas y de alcohol, del empobrecimiento del campo, de Afganistán.

La revista literaria ‘Novi mir‘, por ejemplo, pasó del casi medio millón de tirada en 1986 a 2,7 millones en 1990.

La soviética pasaba por ser la sociedad más lectora del mundo. Un estereotipo, probablemente. Si alguna vez eso fue cierto, ocurrió durante la perestroika. En la década anterior, se había promovido una política de escasez editorial (defitsit) que elevó todavía más el libro a un estatus simbólico. Y así, a mediados de los ochenta, de entre los estimados 160 millones de lectores soviéticos, un 20-30 % se consideraban lectores activos (de uno a siete libros al mes), y un 50-60 % de la población adulta leía al menos un libro al mes. Las revistas literarias conocieron un auge sin precedentes: Novi mir, por ejemplo, pasó del casi medio millón de tirada en 1986 a 2,7 millones en 1990. Ese año, el semanario Literatúrnaia gazeta alcanzó los 4,2 millones. Estas cifras cayeron drásticamente con la eminente debacle económica y la entrada de la economía de mercado y, con ella, la sociedad del espectáculo.

El sistema que criticaban era el mismo que les permitía ser lectores ociosos o vivir de la poesía publicando de vez en cuando un poemario mediocre. «La enigmática alma rusa —explica una de las personas entrevistadas por Svetlana Aleksiévich en El fin del Homo sovieticus—. Todos quieren descifrarla. Leen a Dostoyevski. ¿Qué esconde esa alma? Pues detrás de esa alma hay solo más alma. Nos gusta charlar en la cocina, leer libros. Nuestra profesión fundamental es la de lector. Espectadores… Nuestro país está lleno de Oblómovs tumbados en sus divanes esperando un milagro.» El comunismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo, decía un chiste de la época.

 

El factor humano

Este fenómeno tuvo un reverso: el fulgor lector conoció un final abrupto. La disolución de la Unión Soviética y la bancarrota dejaron las instituciones culturales sin presupuesto y sumidas en el caos que se llevó por delante un tesoro cultural que había brillado por última vez: la intelligentsia. Gorbachov se había rodeado de intelectuales para proyectar al mundo una imagen renovada y tolerante, además de liberar a presos políticos o poner fin a los exilios interiores, como el del físico Andréi Sájarov. Cuando viajaba al extranjero solía acompañarse de escritores y científicos que restablecían los contactos con sus compatriotas en la emigración. Eran una dimensión tangible del «factor humano» que quería darles a sus reformas.

Estos liberales, gran parte de los cuales pertenecían a la generación cuya idealista juventud coincidió con el deshielo de Jruschov, no estaban dispuestos a perder esta oportunidad, y por ello ejercieron la máxima presión, a veces sobreestimando su capacidad de leer los tiempos y el descalabro que estaba por venir. Y cuando consideraron que Gorbachov ya estaba quemado, muchos de ellos no dudaron en retirarle la lealtad y dársela a Boris Yeltsin. En el fondo consideraban que los rescataría un Plan Marshall o, en cualquier caso, daban por sentado el apoyo del gobierno siguiente, fuera el que fuese, a esa capa de intelectuales indefensos en un ecosistema de capitalismo salvaje.

 

Estalinismo que renace

Entonces nadie era consciente que sería la última vez que la intelligentsia, en cuanto a noción o comunidad de reformistas, tendría un papel protagonista. La década de Yeltsin se llevó por delante ideales y esperanzas, como si todas aquellas lecturas fueran parte de un mismo espejismo. «Es cierto que hoy en día no se detiene a nadie por un libro», concluyó Ulítskaia, «a nadie le interesa ya la hazaña de leer». Y lanzó la hipótesis de que tal vez libros como Archipiélago Gulag no habían sido tan leídos, «porque, pocos años después del derrumbe soviético, el pueblo votó claramente por un personaje formado en las viejas tradiciones del KGB. De ahí crecen las raíces del estalinismo que renace en nuestro país».