Se suele creer que son los galeristas, críticos, coleccionistas y comisarios, directores o directoras de museos de arte contemporáneo quienes, en principio, van detrás de los artistas para vincularlos a sus proyectos empresariales o artísticos pero, normalmente, son los artistas los que buscan sin tregua llamar la atención de éstos. Esta dinámica se podría explicar por el hecho de que la mayoría de los programas de exposiciones de los museos o centros de arte contemporáneo están determinados por los comisarios de las exposiciones, que establecen el relato expositivo y definen el valor de las obras que exponen.

Los artistas y obras elegidas se entienden como piezas que han de servir para componer el relato expositivo, dotando a las obras de arte seleccionadas de una resignificación orientada a completar la elaboración de una tesis crítica y de toma de conciencia social que puede abarcar, desde cuestionar el capitalismo, la belleza o el colonialismo, entre otros conceptos, a emprender la compleja tarea de establecer una nueva historia de la teoría y realización del conocimiento humano.

Algunos críticos y expertos creen que la tendencia de subordinar a los artistas y obras al relato programado para los museos tal vez se deba a la falta de medios económicos de los museos que limita la posibilidad de exponer la obra de grandes artistas contemporáneos, como Mark Rothko o Pierre Soulages, que les impide disponer de un fondo y de un programa de adquisiciones de obras de arte significativo para poder competir, intercambiar o coproducir exposiciones; por otra parte, por la predisposición, entre algunos comisarios de exposiciones, en mostrar que el valor y significado del contenido de una obra de arte viene determinado por la visión crítica imperante en el  mundo del arte.

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