Crece la ultraderecha, se consolida la oposición y se resiente la coalición de gobierno: así podrían resumirse los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo en Alemania. Los comicios alemanes se saldaron con una clara victoria de la Union, la alianza formada por los democristianos de la CDU y los bávaros de la CSU, que obtuvo un 30% de los votos. En segundo lugar quedó Alternativa para Alemania (AfD), que alcanzó el 15,9%. Los tres integrantes del gobierno federal –los socialdemócratas del SPD (13,9%), los Verdes (11,9%) y los liberales del FDP (5,2%)– obtuvieron peores resultados que en 2019; la izquierda poscomunista de Die Linke cayó hasta el 2,7%; y la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) irrumpió en su primer parlamento con un 6,2% del voto.

Los resultados electorales reflejan las dinámicas subyacentes en la política alemana en los últimos años: el crecimiento de la ultraderecha, la crisis que atraviesan los tres integrantes de la coalición de gobierno y la consolidación de la CDU como primera fuerza política del país. También marcan el inicio de la campaña para los próximos comicios regionales, que tendrán lugar en septiembre de este año; y de la precampaña para las elecciones federales, que deberán celebrarse, como tarde, en octubre de 2025.

A primera vista, los resultados electorales parecen plantear serias dudas sobre la supervivencia del gobierno de coalición, unas dudas acentuadas por el adelanto electoral anunciado, en la misma noche electoral, por el presidente francés Emmanuel Macron. El mal resultado de los tres partidos que integran el gobierno alemán no es un hecho aislado: refleja, por el contrario, la tendencia que indican las encuestas y que, desde hace más de un año, se repite en casi todos los comicios celebrados a nivel regional y local. Es, también, fruto de los desencuentros –políticos y personales– cada vez más públicos entre sus integrantes.

En los próximos meses, el gobierno deberá afrontar una serie de negociaciones que pondrán a prueba la supervivencia de la coalición. Entre ellas destacan los presupuestos de 2025, los últimos antes de las elecciones federales, en los cuales los tres integrantes del tripartito tratarán de imponer sus respectivos programas políticos. Precisamente la política económica ha sido uno de los mayores motivos de desencuentro en el seno del Gobierno: SPD, Verdes y FDP deberán cuadrar una serie de círculos –entre otros, la reducción del gasto público y el aumento del gasto en defensa– que acentuarán sus diferencias políticas y estratégicas. A medida que estos desacuerdos se sucedan, y con las elecciones federales a la vuelta de la esquina, crecerán las voces de la oposición que pidan un adelanto electoral.

Sin embargo, este escenario es poco probable: con un 76% del electorado declarándose insatisfecho con el gobierno y la CDU liderando las encuestas, un adelanto electoral supondría una derrota casi segura para el tripartito. Lo más probable, por lo tanto, es que la coalición agote la legislatura, confiando en que una mejora de la situación económica rebaje la presión política sobre el ejecutivo.

 

Caída de los Verdes

Especialmente dramática ha sido la caída de los Verdes, un partido que obtuvo el 20,5% del voto en las elecciones europeas de 2019 y que, a principios de 2021, llegó a verse con opciones de alcanzar la cancillería. Pocos años después, la coalición ecologista ha perdido casi nueve puntos, pasando a ser la cuarta fuerza política del país. Su caída ha sido especialmente pronunciada entre el electorado más joven (16 a 24 años), precisamente su votante más fiel en los últimos años: si 2019 obtuvo un 34% de este voto, en estos comicios apenas ha alcanzado el 11%. A poco más de un año de las elecciones federales, el partido deberá analizar las causas de esta caída si quiere recuperar el papel de tercera fuerza política –incluso de partido bisagra– que llegó a ostentar en los últimos años.

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De celebrarse hoy unas elecciones federales es más que probable que los democristianos regresaran al poder.

La otra cara de la moneda es la Union, que se impuso en ocho de los dieciséis Länder y fue segunda en los otros ocho. El 30% alcanzado en las elecciones europeas demuestra que la democracia cristiana ha sabido rearmarse tras su derrota electoral de 2021 y parece haber evitado la crisis interna a la cual parecía abocada tras la marcha de Angela Merkel. Pese a la escasa popularidad de su líder, el veterano Friedrich Merz –preguntados por quién sería mejor canciller, los alemanes todavía prefieren a Olaf Scholz (23% frente a 20%)–, la Union sabido aprovecharse de los errores de la coalición, presentándose como una alternativa política convincente frente al ruido generado por el tripartito. De celebrarse hoy unas elecciones federales, por lo tanto, es más que probable que los democristianos regresaran al poder.

El crecimiento de la AfD

El gran protagonista de las elecciones ha sido, sin duda, una AfD cuya creciente radicalización ha marcado el desarrollo de la campaña. A finales de abril, la detención de un asistente parlamentario por supuesto espionaje puso el foco sobre los vínculos del partido con Rusia y China. A mediados de mayo, un tribunal regional confirmó la decisión de la Oficina Federal de Protección de la Constitución (BfV), la oficina de inteligencia encargada de asuntos domésticos, de clasificar a la AfD como «sospechoso de extremismo», una decisión que permitirá al BfV destinar recursos públicos a vigilar al partido y a sus integrantes y que podría ser importante en un eventual proceso de ilegalización.

Pocos días después, su cabeza de lista en las elecciones europeas, Maximilian Krah, fue apartado del partido tras declarar que «no todos» los integrantes de las SS, la organización paramilitar del Partido Nazi, habían sido criminales –unas declaraciones que costaron al partido la expulsión de su grupo parlamentario europeo. En medio de todo esto, una creciente escalada de la violencia política ha alarmado a un sistema político que, por motivos históricos, se muestra especialmente sensible con este asunto.

Es indudable que la AfD ha crecido respeto al anterior ciclo electoral, un crecimiento que comenzó en la postpandemia y se aceleró, en la segunda mitad de 2022, a raíz de las consecuencias económicas de la invasión de Ucrania. También han influido la creciente normalización del partido tras sus primeras victorias electorales a nivel municipal; y su creciente popularidad –once puntos más que en 2019– entre los votantes menores de 24 años. Sin embargo, el resultado de la AfD requiere un análisis algo más matizado.

En primer lugar, su ascenso refleja, en gran medida, el bajo suelo del cual partía: un 11% en las elecciones europeas 2019 y apenas un 7,1% en las de 2014. Por otra parte, el 16% obtenido por la AfD es su resultado más bajo desde hace más de un año: el pasado mes de enero, el partido llegó a alcanzar el 22% de la intención de voto. Si los sucesivos escándalos que rodean al partido consolidaran una tendencia a la baja, la AfD podría volver a acercarse a la horquilla –de entorno al 13%– en la cual se movió entre 2017 y 2022.

Más allá de los resultados electorales, la creciente radicalización de un partido cada vez más abiertamente filonazi plantea un serio debate sobre su encaje en el orden constitucional alemán. En su artículo 21, la Ley Fundamental de Bonn establece que serán inconstitucionales aquellos partidos «que por sus fines o por el comportamiento de sus adherentes tiendan a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia, o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania.» En su famosa sentencia de 2017 sobre la ilegalización del Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD), el Tribunal Constitucional declaró que la alemana es una «democracia militante», en la cual «ciertos principios fundamentales para la estructuración del Estado… una vez aprobados democráticamente, deben ser reconocidos como valores absolutos y, por tanto, defendidos resueltamente contra cualquier ataque.»

La creciente radicalización de un partido cada vez más abiertamente filonazi plantea un serio debate sobre su encaje en el orden constitucional alemán.

El debate sobre la prohibición de los partidos políticos en Alemania no es nuevo. El propio artículo 21 de la Ley Fundamental otorga al Tribunal Constitucional la potestad de decidir «sobre la constitucionalidad» de los partidos políticos que incumplan los valores fundamentales del país. Sin embargo, la posible ilegalización de la AfD plantea un problema con pocos precedentes en las últimas décadas: aunque el 71% del electorado lo considera de extrema derecha, la AfD ya no es un partido minoritario, sino uno con una gran implantación social y política. ¿Hasta qué punto es posible prohibir un partido que gobierna en numerosos municipios y comunas, que aspira a gobernar en varios Länder, y que podría obtener un 16% del voto en las próximas elecciones federales?

La posible ilegalización de la AfD refleja, por lo tanto, una de las principales dificultades a la cual se enfrenta toda «democracia militante», y que el propio Tribunal Constitucional alemán ya ha tenido que afrontar: si ilegalizar partidos puede resultar desproporcionado cuando éstos son pequeños –y por lo tanto intranscendentes–, hacerlo cuando se han consolidado puede tornarse aún más difícil.

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¿Sobrevivirá el cordón sanitario?

Las elecciones europeas suponen el preludio de un año electoral que culminará, en septiembre, con los comicios regionales en Sajonia, Turingia y Brandemburgo, tres Länder pertenecientes a la antigua RDA y que arrojaron resultados parecidos en las elecciones europeas, con cómodas victorias para la AfD, la CDU como segunda fuerza, y la BSW de Wagenknecht en tercera posición. Es probable que estos mismos resultados se repitan en las elecciones regionales: a escasos meses de su celebración, la AfD encabeza los sondeos en los tres Länder. En Turingia, donde aventaja en más de diez puntos a la CDU, emerge con fuerza la posibilidad de que la AfD lidere, por primera vez, un gobierno regional.

La creciente presencia política de la ultraderecha en el Este dificultará cualquier pacto anti-AfD, poniendo contra las cuerdas a la CDU y llevando al límite un cordón sanitario cada vez más débil.

Como explica el prestigioso medio Verfassungsblog, que un partido populista y autoritario se hiciera con el control de un estado federado plantearía un riesgo sin precedentes para un sistema político diseñado, precisamente, para evitar el ascenso de dichos partidos. Incluso aunque la ultraderecha no llegara a formar gobierno, su creciente presencia política en el Este dificultará cualquier pacto anti-AfD, poniendo contra las cuerdas a la CDU y llevando al límite un cordón sanitario cada vez más débil.

Los resultados de las elecciones europeas, por lo tanto, confirman las tendencias políticas y sociales que, desde hace años, atraviesan la política alemana. En primer lugar, el fuerte crecimiento, sobre todo en el Este, de una AfD cada vez más radical, pero a su vez crecientemente normalizada. En segundo lugar, la grave crisis política que atraviesa el Gobierno. En tercer lugar, la creciente polarización de un sistema político que refleja una sociedad cada vez más insegura, cerrada y fragmentada. En el horizonte, tres elecciones regionales –en Sajonia, Brandemburgo y Turingia– que podrían marcar el rumbo político del país a corto y medio plazo.