Alejandro Magno lee la Ilíada cuando hace la guerra; los personajes Plutarco invaden las tragedias de Shakespeare como Napoleón se inspira en las Vidas Paralelas; Proust quiere ser como Plinio el Joven; Joyce saluda a los lectores de Ulises exclamando «Thalata, Thalata» ante el mar de la bahía de Dublín, como el ejército griego cuando ve el Mar Negro, según Jenofonte.

Ahora mismo, pretendemos explicar las hostilidades entre China y los Estados Unidos con la «trampa de Tucídides». Es el miedo de una potencia a perder la hegemonía cuando un poder emergente le disputa el poder: el riesgo es la guerra. He aquí una de las lecciones que da Tucídides en Historia de la guerra del Peloponeso, el gran manual de realismo político. De los autores griegos y latinos de la Bernat Metge que fundó Francesc Cambó la mejor lección es que todos los hombres son diferentes, que la belleza no es relativa y que vivimos en un mundo trágico. El capital de la palabra es el cimiento de la ley, de la literatura y del pensamiento.

Bien al contrario, en pleno siglo de la futilidad, es como si la posmodernidad ya hubiera conseguido que la fecha de caducidad jubilara a los clásicos griegos y latinos. La «Ecúmene» grecolatina es una combinación de eclipses. El estado de la vida intelectual y el sistema educativo indica que la urgencia no es recuperar sabores o ideas sino probarlas por primera vez porque nadie nos había enseñado que existieran. Es más que traicionar la tradición; es negarla radicalmente. Si acaso, al final constatamos que quizás pudo existir todavía un universo inmune al estructuralismo y la deconstrucción, al marxismo, Freud y la corrección política.

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