Nadie tenía claro, cuando la CDU ganó solo por un punto las elecciones federales de 2005, que su candidata, Angela Merkel, pudiera llegar a ser canciller.

Las especulaciones sobre las posibles alianzas de gobierno, que a los alemanes les gusta tanto bautizar en función de las banderas del mundo, acabaron concretándose en una Groko, una gran coalición que casi suponía el abrazo del oso a un SPD desinflado. Pero todavía menos podía esperar nadie en aquel momento que no hubiera de ser sino dieciséis años después cuando Merkel se retirase.

Una canciller de más de década y media, con dos crisis globales, una económica y otra sanitaria, más una tercera de carácter más local pero de gran impacto: la migratoria. Merkel se retira quizá no con gloria, pero sí con el respeto unánime de su opinión pública y de aliados y rivales, en el contexto de una Europa marchita en la que ella ha apostado por convertir a su país en un gigante industrial, pero no político.

No ha sido una gestión sin altibajos ni contradicciones: su dura posición en la crisis del euro frente a Grecia y los países del sur de Europa contrasta con su valentía en la acogida de refugiados de la guerra de Siria, que tuvo un enorme impacto simbólico en una cuestión en la cual la UE podía, aunque no lo parezca, haberse cerrado todavía más en banda.

También —quizá sea inevitable cuando se pasa tanto tiempo en el poder— ha ido modificando su opinión en otros temas, como por ejemplo en el caso del apagón nuclear, por el cual el accidente de Fukushima la convenció de que debía apostar.

Las virtudes de moderación y discreción de Merkel, a veces marcadas por un cierto pragmatismo —como en el trato con autócratas como Putin— y por la búsqueda de consensos, sacrificando en ocasiones el largo plazo, han seducido a una Alemania que la ha bautizado como Mutti, la madrecita. Una figura poderosa, confiable y racional, y tal vez algo estricta; una estadista alérgica a las sorpresas, pionera en muchas cosas —primera mujer al frente del país, primera canciller procedente de la RDA— que no ha ejercido como tal y que ahora sabe que lo más sabio es dejar que Alemania escoja otro camino. La era Merkel ha concluido.