Gabriel Caballero es un escritor, hijo de inmigrantes, nacido en la postguerra en el barrio de Guifré i Cervantes, un barrio obrero de la periferia badalonesa y, si el lector se ha familiarizado con sus avatares, es gracias a la atención que Julià de Jòdar (Badalona, 1942) le dedica a lo largo de L’atzar i les ombres (Comanegra, 2022): las circunstancias personales —la peculiaridad humana del barrio y sus discordias civiles, las aventuras con las mujeres, tal como si enfrentase a un ejército enemigo, el despertar de algo parecido a la conciencia política en una fábrica, su vocación literaria— modelaban la construcción del carácter de Gabriel Caballero en el tiempo cronológico; se reconstruía, con una voluntad que rozaba la épica o el mito, la vida cotidiana y la supervivencia del intelecto colectivo en un barrio industrial que había extirpado cualquier vestigio de su pasado agrícola; y se veía, asimismo, cómo el arte de novelar se convertía en una teoría del conocimiento: de qué modo los datos biográficos del Gabriel Caballero real eran manipulados, deformados, tergiversados y exagerados por el Gabriel Caballero escritor, que al transformarlos en literatura no hacía otra cosa que imprimirle más fuerza a la veracidad del relato.

Julià de Jòdar siempre se ha reservado la facultad de no aclarar los misterios, porque así no dejan nunca de serlo.

Gabriel Caballero reaparecía de nuevo —resucitaba, de hecho, porque en la última parte de L’atzar i les ombres el lector había asistido a su defunción, pero Julià de Jòdar siempre se ha reservado la facultad de no aclarar los misterios, porque así no dejan nunca de serlo— en otra novela, El desertor en el camp de batalla (Proa, 2013), empeñado en escribir un best seller de calidad mientras circula por las calles del Raval y escucha e interpreta la lectura que sus habitantes hacen del complejo sistema de signos que revela el espíritu del barrio, un espacio abierto y en ebullición constante donde se establece una alianza entre lo real y lo virtual, entre lo que fue y lo que habría podido ser: Julià de Jòdar no se conforma con explicar lo que ya se sabe, sino que quiere revelar lo que se ignora, como si en vez de circunscribirse a la narración sucesiva de los hechos, no temiera enzarzarse en el ofrecimiento de la plenitud simultánea, mezclando objetividad y subjetividad, actos y sueños, razón y maravilla, a la búsqueda de la aprehensión de la realidad total de la pesadilla del presente, como si no diera nunca por cerrada una conclusión y avanzase hacia la construcción de un mundo en el que la ficción es el punto de llegada.

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