Se trata aquí de hablar de economía española. No es posible hacerlo sin recordar, siquiera sea por un momento, que cuanto de ella se diga puede quedar en nada si la atmósfera de confrontación en la que se desenvuelven las relaciones internacionales da lugar a un conflicto, algo que parece más probable hoy que hace un año. Hace años que Camus describió una situación parecida: los antiguos, decía, sometían la voluntad a la razón; hoy la razón, puesta bajo el imperio de la voluntad, «se ha vuelto asesina».

 

El marco macroeconómico

En un contexto de crecimiento lento e inflación más elevada de lo que se consideraría deseable en la zona euro, la economía española está en una situación relativamente favorable. Un crecimiento lento del PIB en 2023 (1,6%), recuperación en 2024 (2,6%), ambos por encima de la media de la eurozona. Parece poco, pero no olvidemos que alguno de nuestros socios puede sufrir una recesión. La inflación está más alta de lo que nos gustaría (6%), y no se prevé que llegue a estar en torno al 2% antes de 2024. Con todo, calificar nuestros precios de «disparados» es una exageración.

Esto tiene importancia porque la política macroeconómica se verá dominada por las tensiones entre inflación y crecimiento. La misión del banco central debería limitarse a evitar que la inflación se acelerase, a prevenir las famosas espirales, cuyo efecto catastrófico está fuera de duda. Pero hoy la generación de una espiral es improbable, por la general moderación salarial (según algunos son los beneficios, más que los salarios, los motores de la inflación actual. Wester Van Gaal, «Why wages fell and profits surged», EU Observer, 7.3.2023). De todas formas, es de prever que el Banco Central Europeo siga, quizá con cierto retraso, la marcha ascendente de los tipos de interés de la Reserva Federal, lo que moderará el crecimiento. En resumen, una coyuntura relativamente tranquila nos permitirá dedicar alguna atención a problemas de fondo. Eso, si los mercados financieros no vuelven a darnos un gran susto.

 

Bajo la superficie

En una escena mundial dominada por EE.UU. y China, voces autorizadas conciben tres papeles posibles para la Unión Europea: ser una tercera potencia, un puente entre las dos grandes o un aliado subordinado de alguna de las dos. Nos gustaría poder elegir uno de los dos primeros, pero fuerza es reconocer que sólo el último está a nuestro alcance, al menos mientras no sea posible una alianza con Rusia.

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España deberá profundizar en su propia autonomía estratégica. Los márgenes no son muy amplios, pero existen.

Con el alejamiento con respecto a Rusia se desvanece el sueño de concebir a Europa como una gran potencia. Hemos perdido un gran proveedor de recursos naturales, energéticos tanto como minerales, de modo que nuestra dependencia económica con respecto a los dos grandes ha aumentado. Mirando hacia adentro, la tradicional divisoria entre países Norte-Sur se completa con otra Este-Oeste, que el conflicto de Ucrania ha puesto de relieve. Política y económicamente, Europa queda debilitada, y España con ella, si bien nuestra posición en el conjunto ha mejorado, gracias en buena parte a los esfuerzos del actual Gobierno. Las necesidades de defensa y los costes de la descarbonización nos harán a todos algo más pobres, y por consiguiente algo menos fraternales. España deberá profundizar en su propia autonomía estratégica. Los márgenes no son muy amplios, pero existen. Dos ejemplos, tomados casi al azar, pueden servir de muestra.

 

¿Un país ‘low cost’?

El título es el del libro de Miquel Puig, Un bon país no és un país ‘low cost’ (2015), que ponía el acento en lo que sigue siendo un defecto de nuestro país: es un país de sueldos bajos, y por ello no se puede permitir ni unas pensiones decentes, ni los servicios públicos que creemos merecer. Y es un país de sueldos bajos, no porque los beneficios sean muy altos, sino porque el sistema económico no es muy productivo (hay excepciones de ambas cosas). Y esa baja productividad se debe, no a que nuestros trabajadores se muevan despacio, o a que trabajen pocas horas, sino a que lo producido se vende a precios relativamente bajos (también aquí hay excepciones). ¿Por la composición de nuestra producción: poca industria y demasiado turismo? Eso no es lo principal: según algún estudio, la productividad de la economía aumentaría si las mismas actividades se hicieran de otra manera.

Es el alto precio del ‘croissant’ en Ginebra o en Zurich lo que hace posible pagar sueldos altos en el sector de la hostelería.

Tomemos el caso del turismo. En España, el gasto medio por turista se sitúa hoy algo por debajo de 1300 euros, mientras en Suiza está en torno a los 1800 euros. Es que Suiza es un país caro. Naturalmente. Es el alto precio del croissant en Ginebra o en Zurich lo que hace posible pagar sueldos altos en el sector de la hostelería. Aquí, el sector debería proponerse aumentar precios para poder aumentar salarios y ofrecer mejores condiciones de trabajo, en lugar de querer competir por precio. El tamaño del sector se reduciría por desaparición de los servicios más baratos y de peores prestaciones. Algunos perderíamos, porque habría que tentarse el bolsillo para ir al café o al hotel, pero podríamos consolarnos pensando que ya no subvencionábamos a los propietarios de establecimientos con sueldos bajos: sus empleados ganarían lo bastante como para subvenir al coste de su educación y de su sanidad, y contribuirían a pagar las pensiones de sus mayores. Es más fácil decirlo que hacerlo, desde luego; pero el camino a seguir está bien claro: usamos el eufemismo «turismo de calidad» para describir el objetivo.

 

La transición energética como oportunidad

Un informe de la consultora McKinsey (Zero-net Spain, septiembre de 2022) nos ofrece la posibilidad de situar a España como «líder de la descarbonización y hub europeo de la energía limpia». Puede que el informe sea excesivamente optimista, pero da una visión de conjunto de posibilidades, ventajas, costes y exigencias.

El informe empieza por recordarnos que España puede estar entre los países más afectados por las consecuencias del cambio climático: altas temperaturas, desertificación y sequía que afectarán a cultivos clave como la aceituna la vid, el tomate o el trigo, y que pueden provocar restricciones en algunos lugares de fuerte afluencia turística. Sin embargo, cuenta con factores a su favor: posición geográfica favorable (pese a la actitud no siempre amistosa de nuestra vecina de allende el Pirineo), buenas infraestructuras, buenas capacidades tecnológicas y un volumen de aquellos activos que la transición energética dejará sin valor (stranded assets) muy inferior al de otros países.

Podríamos añadir la disponibilidad de tierra cultivable y la abundante masa forestal, activos que habría que vedar sin miramientos a empresas como las macrogranjas. La existencia de una masa forestal, adecuadamente gestionada, permitiría disminuir las emisiones por absorción. La eficiencia en la generación eléctrica con energía limpia permitiría fabricar hidrógeno verde a un coste de 1,4 euros/m3 (2,1 euros/m3 en Alemania).

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La existencia de una masa forestal, adecuadamente gestionada, permitiría disminuir las emisiones por absorción.

Para alcanzar esas metas y cumplir con los compromisos adquiridos para 2030 y 2050 (reducción de emisiones, aumento de eficiencia en generación eléctrica, cero vehículos de motor de combustión interna) la tasa actual de descarbonización debería multiplicarse por 5 para alcanzar las metas de 2050. Por último, los costes son estimados en 2,5 billones de dólares para el período 2023-2050, 85.000 millones anuales, algo más del 6% del PIB. Estas sumas no deberían correr a cargo de los presupuestos públicos en su totalidad: uno de los retos del proceso de transición energética consiste precisamente en el diseño de formas de participación del capital privado en los grandes proyectos. Sea como fuere, se trata de un esfuerzo enorme, pero abordable, para hacer frente a un futuro que presenta riesgos no menos formidables.

 

Nota final

No hemos hablado aquí de nuestros males de siempre: una Administración poco transparente que se adapta muy despacio a los tiempos; una gran falta de respeto por lo que hace a la educación, y un enfrentamiento tan constante como estúpido por el poder, que polariza a un pueblo de buena gente. Tratar de abordar esos males en abstracto, como problemas aislados, es un esfuerzo fútil. Será, en cambio, posible desterrarlos si el país tiene un propósito. Dejar de ser un país de bajo coste y aprovechar las oportunidades del cambio climático son dos objetivos que deberían bastar para unirnos. Tenemos los medios necesarios para hacerlo, hay que esperar que también la inteligencia y la voluntad necesarias.