Miquel Barceló debe de haber hecho un pacto con el diablo, porque no aparenta la edad que tiene y parece un joven eterno, como Mick Jagger, que cuando lo veo bailar no puedo creer que tenga los mismos años que mi padre. Barceló es un hombre robusto que todo lo hace rápido. Anda y habla a toda velocidad, tanto que cuesta seguirlo, y tiene una mirada intensa y viva con unos ojos de miel. De su pasado anarquista le queda el pelo en punta, que es como su firma. No conozco a ningún artista contemporáneo tan culto como él. Pintar, leer, nadar: este es su credo, aunque no sé muy bien en qué orden. Sus manos son fuertes y sus uñas, muy cortas. Su móvil está tuneado con una funda de piel pintada de blanco que es como un esbozo de sus cuadros.

En el taller le gusta vestir como un mecánico o como un comerciante tunecino y que la pintura forme parte de su vestimenta —sus zapatos parecen cuadros en movimiento— y cuando sale a la calle puede ir vestido como uno de nosotros para cenar en un bistró parisino o como un dandi con abrigos japonenses cuando sabe que es portada de una revista de moda. No nos olvidemos que Barceló es Barceló desde hace más de cuarenta años. Le llegó el éxito con apenas veinte, como joven artista prodigio, y conoce los mecanismos del mercado; es decir, muy a su pesar se ha sabido crear un personaje —algo que debió aprender de Warhol— y seguir en la cresta de la ola (quizás su pelo en cresta sea una metáfora). Lo que más me gusta de él es que el personaje es igual a la persona, sin retóricas vacuas de monje benedictino para explicar sus cosas, sin la falsa modestia de los más vanidosos. Barceló es lo que aparenta, algo poco común en los que juegan en el art business a su nivel: artistas internacionales como estrellas del rock.

Barceló cocía las piezas a temperatura muy baja y mezclaba la arcilla con estiércol de vaca y asno.

En el invierno de 1994, Miquel Barceló se adentró en el mundo de la cerámica por primera vez. Y como acostumbra a pasar en su biografía, fue por azar. Estaba en Gogolí (Mali) y el fuerte viento no le permitía pintar, o sea que modeló esculturas, primero en yeso, aunque pronto se impuso la arcilla porque era el material que usaban las mujeres del pueblo vecino de Banani, con las que aprendió una técnica milenaria. Barceló cocía las piezas a temperatura muy baja y mezclaba la arcilla con estiércol de vaca y asno. Así nacerían sus primeras piezas en arcilla: Pinocchio mort, autorretratos, bustos de amigos, máscaras y cabezas de pátina cobriza que son tan contemporáneas como antiguas; obras que nos remiten a los bustos de Ifé y, al mismo tiempo, a los retratos de cera de Medardo Rosso. Nacía así un ceramista único cuyo trabajo recorre estos últimos treinta años y del que da buena cuenta la magnífica exposición «Barceló. Tots som grecs» en la Pedrera de Barcelona.

 

Higos y granadas

Las piezas se reparten en mesas siempre en un mismo plano, como las he visto en su taller de Vilafranca de Bonany (Mallorca). La luz natural baña las piezas dispuestas cronológicamente en las salas y todo adquiere un aire entre ancestral y orgánico, en un diálogo subterráneo que hace tiempo Barceló mantiene con Gaudí. La cerámica de Barceló es viva y primigenia y sus piezas recogen aquello que ve a diario en la tierra y en el mar. Las series de finales de los años noventa son muy buenas. En noviembre le gusta invitar a sus amigos a matances, un ritual antiguo en el que se mata al puerco y en el mismo día se come y se bebe, mientras se preparan sobrasadas para consumir durante el año. Truie morte (1999) es una especie de memento mori combinado con esta ceremonia anual: el perfil de la cabeza del cerdo recorre el perímetro de una pieza de arcilla anaranjada como una cabeza pintada por Valdés Leal en una jarra neolítica.

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La cerámica de Barceló es viva y primigenia y sus piezas recogen aquello que ve a diario en la tierra y en el mar.

También en Figues i magranes (1997) incorpora dos de los productos típicos de Mallorca, higos y granadas, en un jarro monocromo donde las frutas se abren, anticipando su trabajo en la catedral de Palma. Lo mismo pasa en Vas de Pêche (1996), una tinaja de arcilla de donde surgen dos peces evanescentes y unos anzuelos. Aquí combina dos técnicas que utiliza a menudo: el dibujo y el grattage en la arcilla que tienen algo de sensual y primitivo, como si Jean Dubuffet hubiese sido ceramista, art brut en barro. Utilizará los mismos recursos en piezas posteriores como Dos esquals (2015) o Sense títol (2022). En las paredes de las primeras salas dialogan cabezas de peces con máscaras humanas con ecos autobiográficos y africanos.

Una de las piezas que más me gustan es Projecte de trespol (2018), maqueta para un rodaballo de veinte metros que, como una gran alfombra en forma de ola, deberá cubrir el pavimento de una iglesia gótica en Artà. Me imagino entrar descalzo en este espacio mágico y sentir las escamas del pez en las plantas de los pies. Esta pieza de un metro de largo concentra toda la potencia del Barceló más esencial, la fusión del mar con Lucio Fontana, uno de sus grandes referentes en el arte de la arcilla.

Otra serie espléndida es la que dedica Al cul dels meus cavalls en varias piezas de una potencia visual extraordinaria. Más sutil es Dos cavalls (2002), un jarro deformado con el dibujo del perfil de los animales con una caligrafía de sabio chino milenario que traza un haiku que contrasta con la fuerza magnética de Mapamundi III (1999), una de las obras que realizó el su taller de Les Rairies, en la Francia profunda: cráneos humanos vistos desde ángulos distintos son los continentes, en medio del azul ultramarino del mar. Es una obra que remite a las vanitas del Siglo de Oro que Barceló tanto admira, especialmente a Antonio de Pereda, del que tiene un dibujo en tinta de un cráneo, y también a las catacumbas de los capuchinos de Palermo, osarios que conoce y tanto ha pintado y dibujado.

El trabajo en la Seu mallorquina es un punto culminante en la carrera de Barceló como ceramista, es su Capilla Sixtina.

Algunas de las obras de la exposición tienen una clara conexión con dos trabajos seminales en los que Barceló utilizó la cerámica: la capilla del Santísimo en la catedral de Palma de Mallorca (2002) y Paso doble (2006), que en el fondo forman parte de un mismo proceso.

 

Diálogo con Gaudí

El trabajo en la Seu mallorquina es un punto culminante en la carrera de Barceló como ceramista, es su Capilla Sixtina. Trabajó como Miguel Ángel con andamios para crear una gruta donde los panes y los peces se multiplican a partir del barro. Se ayudó del taller de Vicenzo Santoriello, en la costa amalfitana, para crear una gran piel de cerámica que se integra en la iglesia como si hubiese existido desde los tiempos de su fundación, obra que le permitió sostener el dialogo con Gaudí, que a primeros del siglo xx había realizado la reforma del altar central. Barceló transmutó, como se ha dicho, la arcilla en panes y peces; la vida misma. Las obras Congre 2, Rap i peixos y Dues llagostes nacen de ese momento.

En 2005 Barceló recibió el encargo de abrir el Festival de Avignon con el coreógrafo Josep Nadj con un happening que se inauguraría al año siguiente, Paso doble. Delante de un gran muro de arcilla blanca, los dos hombres vestidos de negro realizaban diversas acciones mediante las cuales la cerámica se transformaba en una obra que luego se destruía. Obra de gran empeño físico que fue representada con gran acogida del público desde Venecia hasta Nueva York, pasando por el País Dogon, Madrid y Barcelona. Las piezas de arcilla casi blanca i polimorfas —Relationnel y Familia— son hijas de aquellos días.

En 2016 llevó hasta los límites la utilización del barro fresco en su maravillosa intervención para la Biblioteca Nacional de Francia, un inventario de formas gráficas salidas de su prodigiosa imaginación.

En los últimos tiempos la cerámica se ha convertido en un eje central de su trabajo. A veces pienso que le gusta más pasar largas temporadas en Mallorca en su taller de Vilafranca de Bonany, que compró en 2008 y ahora está ampliando, que pintando en su estudio parisino del Marais. Para él todo es lo mismo: pintura y acuarela, cerámica o grabado, escultura. Posiblemente en la cerámica encuentra la pintura tridimensional, un terreno aún fértil para seguir creando, y aunque muchas de las piezas que salen de su horno no pasan el filtro de su exigencia y las lanza a un osario cerámico en medio del taller, otras sobreviven y las podemos admirar en esta muestra. En 2016 Barceló llevó hasta los limites la utilización del barro fresco en su maravillosa intervención para la Biblioteca Nacional de Francia, un inventario de formas gráficas salidas de su prodigiosa imaginación. En las últimas piezas destaca el color, figuras de rojo con agujeros en un desafío técnico, como sus papeles de Mali comidos por las termitas. De un cuenco sobresalen las patas de un cangrejo gigante y sanguinolento, una de las mejores piezas recientes salidas de su horno.

 

Acuarelas delicuescentes

A Miquel Barceló le gusta dibujar todo lo que ve, y sus cuadernos son como diarios de a bordo de su travesía artística. Algunos se pueden ver en la muestra, aunque solo abiertos por una página; me hubiese gustado que los escanearan para que se pudiesen consultar en una pantalla todas las hojas porque permiten conocer su trabajo como un work in progress constante y obsesivo: acuarelas delicuescentes como las que emplea para ilustrar libros, notas de piezas que acabaran siendo realidad o no, listas que tanto le gusta hacer de todo (cuadros, libros, peces). Esta muestra es un repertorio extraordinario de piezas de cerámica —muy bien recogidas y estudiadas por expertos de prestigio como Enrique Juncosa o Ricard Bru en un catálogo cuyo formato y color simula un bloque rectangular de barro— que entre ellas se refuerzan como el más maravilloso de los pecios encontrado en el fondo del mar.