Se dice que pintar o dejar inscritos mensajes en paredes y otros objetos del espacio público no es una costumbre moderna: ya los romanos escribían proclamas políticas, mensajes vacíos de contenido o declaraciones de amor en los muros de sus ciudades.

No podemos saber con precisión cuál era la opinión social que provocaban estas pintadas, pero sí podemos observar las connotaciones negativas que para muchos tiene hoy la palabra grafiti. Ya hace años que el diccionario de la Real Academia ha adoptado esta castellanización de la palabra italiana graffiti. Todo el mundo entiende el término y sabe a qué nos referimos cuando lo usamos. Este fenómeno se ha multiplicado en las últimas décadas e incluye acciones tan dispares como la elaboración de murales con un criterio estético razonado y perceptible, pintadas espontáneas con un impacto visual y material reducido, y actos vandálicos cometidos para estropear el espacio público o propiedades privadas, que tienen como principal objetivo puertas, paredes, trenes o monumentos.

Dedicamos el presente álbum de la revista sobre todo a este último grupo. En las fotos se evidencia el grave impacto estético para el paisaje urbano que provocan los grafitis que podemos encontrar por toda la ciudad de Barcelona (y en muchas otras poblaciones de Cataluña y del resto del mundo, por supuesto). Pintadas que, contra la voluntad de los propietarios del objeto estropeado, desentonan con los cánones arquitectónicos de edificios históricos, transmiten al espectador una impresión de suciedad y dejadez, y provocan una sensación de malestar en los ciudadanos que los ven incorporados a su entorno cotidiano.

Sin embargo, el daño ocasionado por los grafitis no es solo estético. Económicamente, esta actividad comporta anualmente un gasto de recursos excesivo. Los datos que ofrecen el Ayuntamiento de Barcelona y Renfe son estremecedores: el consistorio de la capital catalana destina casi cinco millones de euros a la contrata de limpieza de pintadas, y sólo en 2012 se tuvieron que llevar a cabo un total de 115.092 intervenciones de limpieza en 279.442 metros cuadrados de fachadas. En el caso de la compañía ferroviaria, los gastos en materia de limpieza de grafitis en 2021 superaban los seis millones de euros, y durante el mismo año se interpusieron 1.341 denuncias.

Hay que tener en cuenta también el impacto negativo de la actividad grafitera en otros ámbitos. Es el caso de las afectaciones en la circulación de trenes, que en 2021 fue de 5.479 servicios, perjudicando a cerca de un millón de pasajeros. Asimismo, en el capítulo medioambiental es sabido que los grafitis se hacen con pinturas que tiene un efecto nocivo en forma de contaminación, y que se genera anualmente una gran cantidad de botes de pintura que constituye un peligroso residuo contaminante.

Existir al margen de la ley es una característica intrínseca de estas pintadas, cuya extinción resulta difícil imaginar. No obstante, sería necesaria una mayor concienciación social que se tradujera en el rechazo de estas prácticas (tildadas por el Ayuntamiento de «actos incívicos») que ensucian el paisaje de ciudades como Barcelona.