El desencanto recorre una Barcelona invernal y pandémica, como una especie de melancolía vienesa, un saberse peor de lo que uno fue, una desilusión existencial. Hay quienes hablan (y escriben) sobre la decadencia de la que fue capital del Mediterráneo (y oficialmente aún lo es), mientras se acumulan las noticias negativas en todos los frentes (si escribes «Barcelona decadencia» en Google, te salen 6,6 millones de resultados). El último día de este año 2021 cierra la factoría de Nissan en la Zona Franca sin que se le haya encontrado recambio. La pujante industria desfallece. La cultura ya no nos sostiene frente a un Madrid desbocado, desacomplejado, de eterna fiesta.

Barcelona había sido la locomotora de España, la ciudad moderna, culta, viva, frente a un Madrid decrépito, anticuado, funcionarial, chabacano. Estas etiquetas, sin embargo, han dejado de valer hace tiempo, a medida que Madrid se espabilaba y modernizaba, se conectaba con el mundo como nodo global y capital del castellano. Frente a la capital, Barcelona aparece (a ojos de muchos barceloneses) como una ciudad acobardada, recluida, en retroceso, a un paso de la bancarrota. Desencanto, melancolía, depresión colectiva.

Los barómetros municipales levantan acta de este estado de ánimo con una periodicidad matemática. Hace dos años que, invariablemente, cada seis meses se corrobora que seis de cada diez barceloneses dicen que la ciudad ha empeorado, y un 30 % cree que continuará empeorando. Los buenos tiempos quedan lejos. La última vez que hubo más barceloneses que creían que la ciudad había mejorado fue en 2006. Hace quince años. Desde entonces, Barcelona ha encadenado tres crisis y una efímera primavera.

No es fácil señalar el momento exacto en que Barcelona empezó a estar de capa caída. En algún punto entre el Fórum de las culturas de 2004 y el estallido de la crisis económica global de 2008, la ciudadanía barcelonesa perdió la fe en su ciudad y no la ha vuelto a recuperar. Es posible que en un principio fuese la resaca de los años olímpicos, la década prodigiosa que va de 1987 a 1997 y que transformó Barcelona para siempre. Pero no es solo eso.

A la resaca olímpica se añadió la crisis de 2008, que impactó en todo el mundo, pero que puso en duda el modelo de ciudad cohesionada heredada de los Juegos. El orgullo barcelonés se basaba en buena medida en un sentimiento compartido de formar parte de un todo común, reforzado durante los años 80 y 90 por la obsesión de los gobiernos municipales por «coser» la ciudad, es decir, por integrar en un todo las diferentes realidades de los barrios y dignificar una periferia maltratada por los años del desarrollismo franquista. Y al hacerlo, se creaba espíritu de ciudad, un sentimiento de pertenencia.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Agotamiento del impulso olímpico

La crisis económica, que se añade al agotamiento del impulso olímpico, hizo que resurgieran las dos Barcelonas, la rica y la pobre, la acomodada y la depauperada, además de reducir al mínimo la capacidad de intervención pública. Esto se sumaba a una creciente sensación de extrañamiento del barcelonés frente a su ciudad, una ciudad convertida en una meca turística, ocupada por hordas de visitantes que transformaban el espacio urbano, desde las calles hasta los comercios, y la oferta inmobiliaria. Entre 2016 y 2019 visitaron Barcelona más de nueve millones de personas cada año, el triple que en 1995, cinco veces más que en 1990.

Uno de los efectos que ha tenido el aumento del turismo en la ciudad ha sido esa sensación creciente de extrañamiento, de no pertenencia, por parte de un sector importante de la población. Es un sentimiento que va en paralelo a las dificultades cada vez mayores para conseguir una vivienda en la ciudad, en parte a raíz de la eclosión de la oferta turística más allá de los hoteles, en especial desde la congelación de la oferta hotelera, implantada justamente como respuesta al aumento desbocado de turistas.

En algún momento, el barcelonés dejó de reconocer su ciudad, convertida en una especie de Salou al por mayor.

En junio de 2017, el turismo era el problema que más encuestados citaban en el barómetro municipal. El turismo como el residuo no deseado de los años de gloria de la ciudad, de aquella época de esplendor que se alejaba en la memoria. Una memoria que iba pasando del elogio a la crítica. Los Juegos habían servido para abrir Barcelona al mundo, y ahora el mundo se zampaba la ciudad a base de turistas, apartamentos para turistas, calles y barrios enteros para turistas, tiendas de souvenirs y bares que servían sangría de tetrabrik. En algún momento, el barcelonés dejó de reconocer su ciudad, convertida en una especie de Salou al por mayor.

 

Turismo devorador

La victoria de los comunes en las elecciones de 2015 puede entenderse como una respuesta a todo esto —al agotamiento del impulso olímpico, a la crisis de la vivienda producida en parte por el auge de un turismo devorador— y constituía, por otro lado, un intento de reencontrar la Barcelona moderna y combativa, portadora de cambios e innovaciones, frente a otras ofertas políticas que se consideraban caducadas. La primavera de los comunes representaba no tanto un nuevo futuro para la ciudad como una impugnación del pasado, una revisión crítica de aquello que hasta entonces se había visto como una historia de éxito. La celebración de los veinticinco años de los Juegos de 1992 fue una muestra evidente de la relación ambivalente entre el nuevo gobierno municipal y la efeméride olímpica

A menudo tendemos a no ver cómo pasa el tiempo, y en 2015 ya habían pasado veintitrés años de los Juegos, tiempo suficiente para generar un discurso crítico que se iba agrandando a medida que languidecía el brillo de las glorias olímpicas. El proceso de transformación urbana de la ciudad, la apertura al mar, todo lo que los Juegos habían supuesto, se veía contrarrestado por sus efectos perniciosos, que tenían formas muy diversas.

Pero no solo había cambiado el clima ciudadano. Había cambiado la gente. Las ucronías son siempre peligrosas, pero probablemente los Juegos, con todo lo que supusieron, no se habrían podido llevar a cabo ahora. El espíritu no es el mismo, en parte porque la relación con la política, con los dirigentes políticos, ha cambiado. Y no solo eso. La segunda mitad de los 80 y la primera de los 90 constituyen una época marcada por la apertura y la confianza. La nuestra es una época de cierre y desconfianza.

 

Tendencia al repliegue

La «nueva política» de 2015 obedecía a estos vectores. La suya no era una propuesta de apertura, de futuro y grandeza. Era justo lo contrario. Y era lo que quería la ciudadanía de Barcelona en aquel momento: cierre frente a un mundo incierto y amenazador, retorno a las pequeñas cosas, a la proximidad, preocupación por lo cotidiano, cuidado, cobijo, barrio, protección, defensa ante los peligros (ambientales, identitarios, sociales, económicos). La pandemia no ha hecho más que reforzar esta tendencia al repliegue en todos los sentidos.

Barcelona se debate entre la estupefacción y la trifulca interna, de poca altura, entre los proteccionistas y los que tiran del viejo manual de inversiones y efemérides

Siguiendo la lógica de los nuevos tiempos, Barcelona ha preferido recluirse hasta desaparecer como protagonista de la escena política, social, cultural o económica. Se ha borrado, ayudada en parte por el procés, que ha aniquilado toda posibilidad de debatir otros temas que no fuesen los relativos al conflicto territorial. Con los años, incluso la primavera que proponían los comunes se ha marchitado y solo ha quedado la cruz: Barcelona sabe lo que no quiere ser, pero no sabe lo que quiere ser. Se mantiene a la defensiva, mientras ve de reojo como se aleja Madrid, «que juega en otra liga, la liga mundial de ciudades», como escribió Pasqual Maragall hace ya veinte años.

 

Sin horizonte

Ahora sí, ahora más. Madrid juega en otra liga mientras Barcelona se debate entre la estupefacción y la trifulca interna, de poca altura, sin horizonte, entre los proteccionistas a toda costa y los que tiran del viejo manual de inversiones y efemérides (ampliar el aeropuerto, unos nuevos Juegos, «ciudad de ferias y congresos»), sin entender que el clima ha cambiado, que la desconfianza ha calado hasta el tuétano en una ciudadanía recelosa de todo y de todos, acunada entre el temor y la rabia.

La melancolía barcelonesa no ve el futuro, solo contempla un pasado hecho trizas. Un pasado que no existe para el 30 % de los residentes que han nacido después de 1992, que no han conocido su ciudad sin turistas, que siempre han sabido que Barcelona tiene playas, que no han ido por el mundo sabiéndose envidiados por ser de Barcelona. Para ellos, la sintonía de Barcelona no ha sido nunca una rumba, sino más bien un blues.