En los últimos años, nadie escapa a la tentación de fabular sobre el futuro de las ciudades y, en concreto, de Barcelona; la ciudad entendida como escenario para activar el ideal de la utopía y al mismo tiempo establecer una visión distópica donde el hombre sucumbe a las fuerzas del progreso y anuncia su final. Vemos la ciudad como un organismo enfermo que dedica todo el tiempo a buscar la forma de recuperar su salud perdida o a destinar sus últimas fuerzas para revivir glorias pasadas, emulando a Norma Desmond, personaje interpretado por Gloria Swanson en la película El crepúsculo de los dioses, en la que la actriz de cine mudo rememora su juventud, talento y esplendor artístico perdidos, al no ser capaz de aceptar su decadencia.  En el film, dirigido por Billy Wilder, podemos escuchar el siguiente diálogo entre Joe y Norma/la estrella/la ciudad: «Joe: “Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Era usted grande”. Y Norma contesta orgullosa y desafiante: “Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas”».

El historiador, geógrafo y teórico urbano estadounidense Mike Davis, en su ensayo La ciudad de cuarzo describe la ciudad de los Ángeles “como la bola de cristal del futuro del capitalismo”. En cierta forma, Ada Colau intentó modificar esta metáfora durante sus ocho años como alcaldesa de Barcelona, al plantear proyectos urbanísticos/bola el futuro de la «ciudad-isla», donde el ciudadano se podría apartar del capitalismo, la especulación urbanística, la plaga del turismo o el consumo.

La Barcelona inteligible son los comercios, los proyectos empresariales, el tercer sector, las infraestructuras, la movilidad, la innovación, la cultura o el desarrollo metropolitano.

La ciudad en que se ha convertido Barcelona en los últimos años ha propiciado que desde diferentes ámbitos de la sociedad civil se discuta sobre cuál es la mejor fórmula para construir un nuevo modelo de ciudad que pueda dar respuesta, aparte de refugio, a los ciudadanos para afrontar con garantías sociales y económicas nuevas pandemias, crisis económicas, energéticas, climáticas y valores. Lo que nos muestra el actual debate sobre el futuro de las ciudades es que, mientras se amontonan diagnósticos sobre sus males por parte de pensadores y artistas, no encontramos en la misma proporción energías creativas que permitan establecer un proyecto/programa de ciudad que despliegue las potencialidades de Barcelona.

 

Imperativo político y cultural

La oportunidad que se abre ahora en Barcelona, tras los cambios políticos, es impulsar un nuevo debate de ideas centrado en reforzar la continuidad cultural, económica y social de la ciudad y, al mismo tiempo, evitar caer en «el lado oculto de la posmodernidad», expresión acuñada por Mike Davis, que conlleva destruir todo lazo con el pasado y promueve el desinterés por el futuro. Pensar y actuar para definir la nueva ciudad se ha convertido en un imperativo político y cultural, aunque aún no se ha logrado establecer un lugar común donde debatir el futuro de Barcelona.

Es oportuno propiciar una necesaria relectura de las potencialidades y debilidades de la ciudad que debería llevar implícito el propósito de detener el desánimo que sienten muchos de sus ciudadanos al no alcanzar a ver un futuro estimulante de la ciudad donde viven. Algunos aspectos para conseguir conectar con las preocupaciones de los ciudadanos y propiciar el debate de ideas es lograr que, tanto los actores públicos como privados, doten el suficiente margen para desarrollar el pensamiento y la acción; restablecer el principio de que es posible que convivan modelos en oposición, intereses en conflicto y contracciones, volver a reivindicar la Barcelona inteligible, aquella que se puede comprender fácilmente pues nos muestra sus logros sin artificios ideológicos.

La Barcelona inteligible son los comercios, los proyectos empresariales, el tercer sector, las infraestructuras, la movilidad, la innovación, la cultura o el desarrollo metropolitano; retomar la ciudad del movimiento frente a la parálisis de la no acción preventiva que impide forjar la entidad estética de las ciudades en el marco de los debates artísticos contemporáneos; entender la ciudad de Barcelona como un centro cultural no convencional, siendo capaz de volver a conectar la estética con la política a través de la arquitectura y el urbanismo, la literatura, el teatro y la vida de los ciudadanos entre otras manifestaciones artísticas.

 

Debate de ideas

Estas son algunas de las cuestiones previas que deberían contribuir a definir un marco para el debate de ideas apostando por un nuevo modelo de ciudad donde los modos y pautas de comportamiento ciudadano no desvinculen su relación con la continuidad cultural de Barcelona. Lo que se debería perseguir es un modelo de ciudad que, al mismo tiempo que es capaz de acoger grandes eventos y empresas tecnológicas e innovadoras, pueda integrar debates y propuestas al discurso de la ciudad. Se trataría de conectar lo que acontece económica, artística o tecnológicamente en Barcelona a la dinámica de la ciudad y hacer partícipes a los ciudadanos; que no los interpreten como simples acontecimientos que llenan el calendario y las agendas de la ciudad. Se trata de evitar que dichos acontecimientos se conviertan en islotes desconectados del archipiélago de sensibilidades que engloban Barcelona. La ciudad a la que aspiran muchos ciudadanos es aquella que tiene futuro.