Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) es un hombre de palabras. Desde muy pequeño se ha expresado con la música. Sin embargo, nunca ha tenido miedo a la palabra, sea pronunciada o escrita, para decir lo que piensa y decirlo bien alto y sin ambages, porque tiene muy claro que la música es un reflejo de la vida, ya que, dice, ambas empiezan y acaban en la nada.

Después de quince horas de música de Richard Wagner repartidas en cuatro días, y de veinte minutos de aplausos al final de una apoteósica interpretación de El anillo del nibelungo en los Proms de Londres (2013), un Baremboin emocionado detenía la ovación para decir que nunca había imaginado que fuera posible una comunión tan total entre los músicos y el público (seis mil personas, ¡mil cuatrocientas de las cuales de pie!): «¡Nos han dado tanto silencio!», decía con agradecimiento.

Con ocasión del concierto por los Derechos Humanos (2016) interpretado por la Orquesta West-Eastern Divan en la sede ginebrina de las Naciones Unidos, bajo la cúpula de Miquel Barceló, Baremboin decía: «No soy un ingenuo, sé que la música no resolverá los problemas del mundo; pero es muy útil porque contiene la primera condición para el diálogo: la igualdad.» Y preguntaba a una audiencia compuesta por políticos, diplomáticos y altos funcionarios por qué lo que es posible con la música no lo es en el mundo de los conflictos. La guerra de Siria estaba en plena virulencia.

Cree que la interpretación historicista y el intento de reproducir el sonido de las formas antiguas de hacer música no es ninguna señal de progreso.

En el concierto de Fin de Año de 2022, frente al público del Musikverein vienés y de millones de espectadores de todo el mundo ponía a la comunidad de músicos de la Orquesta Filarmónica de Viena como ejemplo para superar la difícil situación sanitaria y humana que se vivía en aquellos momentos a causa del Covid.

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