Un arquitecto italiano y otro gallego, que se conocieron en Sevilla y abrieron hace veinte años su estudio en Barcelona, han trabajado desde entonces para países como Suiza, Estados Unidos, China o los Emiratos. Y no en obras menores, sino construyendo equipamientos culturales como la Filharmonia de Sczcecin, que les valió el premio Mies. Entre sus proyectos en curso está la reforma integral del campus del Art Institute de Chicago. No hay en España un estudio con mayor proyección internacional. 

 

¿Por qué fueron a Sevilla? 

Fabrizio Barozzi. Fui a Sevilla como estudiante Erasmus, me pareció un destino exótico. Estudié allí; luego Guillermo Vázquez Consuegra fue el tutor de mi tesis y me quedé a trabajar con él.

Alberto Veiga. Yo había trabajado en Pamplona con Patxi Mangado. Conocía a Vázquez Consuegra y fui a trabajar con él. Allí coincidimos Fabrizio y yo.

F.B. Salió un concurso de viviendas en Úbeda. Me presenté y lo gané. Decidimos formar equipo con Alberto.

 

¿Qué les atrajo mutuamente?

F.B. Yo entré empecé a trabajar siendo estudiante, Alberto ya estaba titulado, se le notaba más maduro.

A.V. De Fabrizio me atrajo su manera de ser y de tomarse la arquitectura. Por esa época pensaba irse a Nueva York, pero mientras tramitaba el visado salió lo de Úbeda. Habíamos trabajado menos de un año juntos. Pero intuimos que la asociación podía funcionar.

 

¿Cómo definirían hoy la sensibilidad arquitectónica de Barozzi/Veiga?

A.V. Nos fijamos mucho en el lugar donde vamos a construir. Y nos preocupamos por injertar del modo más natural el edificio en el contexto. Se trata de definir una propuesta específica, pero que tenga alguna continuidad con la historia y la tradición del lugar. Con el paso de los años nos centramos más en la esencia, en lo fundamental, en lo que da sentido a tu trabajo; en reconocer que cada lugar es singular y que lo que tienes que hacer no es añadir más complejidad, sino sintetizar y ser expresivo con pocas cosas.

F.B. Hemos trabajado siempre igual, muy preocupados por una arquitectura que sepa coger el tono de los sitios donde va a levantarse.

 

Ustedes dicen que su arquitectura no quiere ser adjetiva, o adjetivable, sino sustantiva. ¿Pueden desarrollar esta idea?

A.V.  Siempre pensamos en lo que nos parece fundamental, y en cómo expresarnos a través de lo que vamos a hacer. No empezamos por las condiciones. Por ejemplo, que el edificio sea verde o sostenible o efímero… Empezamos averiguando lo que piden el lugar y el programa, y a partir de ahí hacemos nuestra propuesta. Todo lo demás es subordinado. La arquitectura tiene que ser sostenible, indiscutiblemente. Pero para nosotros el argumento central siempre es la arquitectura.

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