Hay episodios, aparentemente menores, que deberían saber leerse. Anticipan las corrientes que comienzan a fluir de forma imperceptible por el escenario de las ciudades para integrarse a ellas, formar parte de su identidad y, en ocasiones, determinar nuevos horizontes. Virtuosos o canallas.

La presencia y el arresto en Barcelona, en noviembre de 1983, de Antonio Bardellino, fundador y capo del clan de los Casalesi y figura referencial para todos los clanes de la camorra napolitana de la época, y de Pasquale Pirolo, su hombre de confianza, anunciaba el destino de una ciudad post Mundial 82 que, con el paso del tiempo, terminaría convirtiéndose en una de las capitales de la delincuencia organizada internacional. Bardellino pasó por Barcelona para acabar asesinado en Buzjos, Brasil, en mayo de 1988. Pirolo, con mayor fortuna, a partir de entonces y durante décadas haría de la capital catalana uno de sus lugares de residencia, siempre a caballo entre las orillas de la ciudad y las de Nápoles. Empresario y mente financiera al servicio de los clanes napolitanos, sus vínculos y actividades en Barcelona siguen siendo un misterio.

La gran transformación de la criminalidad organizada en Cataluña –y en Barcelona-tuvo lugar a principios de los años 90. Fruto tanto de la diáspora de grupos organizados provocada por el desmembramiento de la Unión Soviética, el conflicto de los Balcanes y la aparición de Estados emergentes en Europa central, como por un contexto nacional caracterizado por una dinámica de ilegalidad económica favorable a la creación de nuevas oportunidades ilícitas. El fenómeno criminal evolucionó dando un salto cualitativo con nuevas modalidades y nuevos y experimentados actores.

Existía otro factor decisivo: el tráfico de drogas que, en poco tiempo, convertiría a España en un país clave dentro de la logística del narcotráfico mundial y, en paralelo, en uno de los principales países consumidores. Un escenario en el que Barcelona jugaría un papel importante como lugar de tránsito, refugio de prófugos y punto de llegada para el blanqueo de capitales ilícitos.

Hoy, treinta años más tarde, la capital catalana, menos ingenua y más mestiza, aparentemente huérfana de figuras de la aristocracia criminal como en el pasado, es la sede de bancas y sistemas económicos paralelos, como el de la delincuencia china, de call centers defraudadores que afectan geografías tan alejadas como Taiwán, Ucrania, Rusia y el sur de China, de apuestas en competiciones deportivas amañadas que tienen lugar en Alemania, Holanda y Austria, de acuerdos y alianzas entre grupos y organizaciones internacionales, y de cultivos de estupefacientes que se exportan a toda la Unión Europea, a Gran Bretaña, Suiza, los países escandinavos, Polonia, los Balcanes. También de homicidios, detrás de los cuales se esconde la presencia del crimen organizado. Once en el 2019.Un pulpo de largos tentáculos que se extiende del puerto a Mercabarna, se visualiza a veces en el palco del Camp Nou y en el Casino de Barcelona y respira en la miríada de narcopisos repartidos por toda la ciudad. Contaminando discotecas, prostíbulos y salas de fiesta, y aterrizando, en forma de inversiones, en el sector de la restauración, el turismo, el mundo inmobiliario y el de las apuestas ilegales. Siempre en busca de nuevas oportunidades y de nuevas relaciones. Desde los sofisticados escenarios del Paseo de Gracia y Pedralbes a los olvidados paisajes del Raval, la Zona Franca, La Mina y Sant Adrià, entre muchos otros barrios barceloneses.

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Ahora, con la marihuana como gran protagonista.

 

Barcelona, capital europea de la marihuana

La marihuana ha explosionado, convirtiéndose en una ventana de negocio espectacular y en el sector emergente de la actividad criminal. Si pudiéramos hacer una cuantificación económica de lo que mueve, podríamos incluso situarla a la cabeza de la economía formal. El cultivo local de marihuana ha sido el cambio más significativo en el mercado de la droga en los últimos diez años, y no sólo en Cataluña, en todo el Estado.

Cataluña, vecina a la frontera, un hecho que favorece la movilidad de personas, mercancías y transporte con el resto de continente, reúne una gran y creciente concentración de producción, cultiva muy diversas líneas de producto y ofrece infinitas posibilidades de negocio. Hay muchos productores, de todo tipo. Locales, nacionales, extranjeros de diferentes tipos e infinidad de orígenes, mixtos. Clanes locales y de proyección internacional, incluso los que antes se dedicaban a la heroína o a la cocaína, también empresarios de la construcción en dificultades, ahora reconvertidos en productores de hierba, y ciudadanos sin antecedentes en busca de sobrevivir a las sucesivas crisis que han golpeado a buena parte de la sociedad. Por otra parte, el volumen de producción ha provocado que haya una gran mejora del I + D. Modificada genéticamente, la producción se ha perfeccionado para obtener marihuana de alta calidad, superior a la de otras regiones suministradores. Además, pueden recogerse cuatro cosechas al año, se puede plantar en cualquier momento y no se producen olores tan fuertes e inequívocas.

Como resultado de este proceso, Cataluña ha pasado a convertirse en el primer productor de Europa, la marihuana de origen catalán se exporta a la Unión Europea y más allá, y atrae a Barcelona brokers, enlaces y representantes de grupos y organizaciones criminales de todas las nacionalidades con el objetivo de encontrar productores locales, reunirse, cerrar precios y acuerdos y establecer condiciones para el transporte y la entrega. Pero no sólo. Muchos otros desembarcan en la capital catalana para estudiar la posibilidad de instalar centros de producción aquí y conseguir así un control más directo sobre la elaboración, la calidad de la planta y su distribución, o bien para arrendar posteriormente los cultivos a productores locales. En suma, conseguir la mejor marihuana para colocarla en el mejor mercado. Un kilo de marihuana puede venderse por 1.200, 1.300 euros pero, en Gran Bretaña, por ejemplo, puede llegar a los 2.000, 3.000 o hasta los 4.000 euros.

Como estupefaciente y bien de inversión, la marihuana ha pasado a centrar la atención de la comunidad delictiva. Desde la delincuencia local, las redes más localizadas y los ámbitos de distribución más pequeños hasta la delincuencia internacional: italianos, franceses, ingleses, alemanes, finlandeses, escandinavos, serbios, georgianos, albaneses, chinos, dominicanos y latinoamericanos en general, europeos de todas las banderas y magrebíes de nacionalidad sueca, cada vez más frecuentes. Una Babel de lenguas y nacionalidades.

Como sucede en algunos productos de éxito, el secreto de la marihuana es simple: su producción es, en cuanto a los requisitos, reducida en términos de coste económico. Y, por otro lado, no menos importante, ofrece riesgos menores en cuanto a las responsabilidades penales. La diferencia que hay entre el coste de producción y el precio de venta es enorme, multiplicando por cinco o por seis los beneficios de la inversión. Un margen de ganancia que la sitúa en los niveles de rentabilidad de la cocaína, con un riesgo asociado diez veces menor.

 

Un problema de seguridad pública

Este es el cambio fundamental que se ha producido. Y que conlleva una serie de novedades que las autoridades policiales observan de cerca para prevenir posibles dinámicas de futuro. Algunas inquietantes…

Una de ellas es la posibilidad, frecuente en las estrategias del mundo criminal, de que alguna organización pretenda monopolizar el mercado, controlar la producción, los precios y determinadas exportaciones. O que se produzcan procesos típicos de cártel, de asociación entre diferentes grupos y estructuras para repartirse el territorio o el mercado. Pretensiones razonables si se tiene en cuenta que el mercado de la marihuana no cesa de crecer y ofrece elevados beneficios, suficientes para que determinadas organizaciones quieran controlarlo o, como mínimo, controlar cuotas de mercado. Un factor que podría generar desequilibrios y episodios de violencia.

De hecho, ya se ha producido en Barcelona y en su área de influencia, así como en el resto del territorio, un incremento de la violencia asociada a la marihuana: asaltos a domicilios para robar la producción, de los cuales, como es obvio, no existen denuncias. Para proteger esta actividad se necesitan armas, instrumentos para disuadir al asaltante que, a su vez, las necesita también para vencer la resistencia del asaltado. Una dinámica que genera enfrentamientos armados. Y, mala noticia, el incremento de armas de fuego ya es, en la actualidad, un hecho objetivable para las autoridades policiales que, aseguran, comienza a haber un problema grave de seguridad pública.

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Los efectos de la colonización de la marihuana van más lejos: han cambiado los comportamientos y las especializaciones de la delincuencia organizada, como en el caso de los grupos dominicanos, dedicados al robo en domicilios y que ahora reinvierten el fruto de sus ganancias en el negocio de la marihuana, o en el de los albaneses, también dedicados a los robos de viviendas. Los había de dos tipos: los que residían aquí y los que llegaban, actuaban y antes de quemarse se trasladaban a otras zonas, Valencia, Madrid, Sevilla, Zaragoza. Repetían el ciclo en territorio español para luego irse a Francia o en Italia, volver a Albania y más tarde iniciar de nuevo el circuito. Hoy ya no se van. Se quedan y reinvierten las ganancias de los robos en la marihuana.

Como hacen asimismo los chinos, que ahora han diversificado su inclinación a las sustancias sintéticas y los opioides y sus tradicionales vías de suministro y transporte para mover la marihuana producida aquí y exportarla al mercado internacional. Como es habitual en el comercio chino, la producción es masiva. Al disponer de elevados recursos, muchísima mano de obra muy barata, casi en condiciones de esclavitud, y capacidad de inversión para su banca paralela, gozan de ventajas en relación con sus competidores. Pueden alquilar naves enormes y llevar mano de obra del exterior -sujeta al tráfico de seres humanos-, útil para la producción. Como resultado, reducen los costes de producción al mínimo.

El cambio de paradigma ha hecho disminuir, a favor de la marihuana, la importación de la hierba que provenía del norte de África, ha diversificado las vías tradicionales de suministro de las organizaciones italianas, muy localizadas antes en el hachís, y ha fomentado la aparición de nuevos agentes delictivos contaminando diversas especialidades profesionales -por ejemplo los jardineros, que gracias a sus conocimientos pueden dedicarse al cultivo, a fontaneros e instaladores, necesarios para la ventilación y el aire acondicionado, a transportistas, incluso al sector inmobiliario, que ha incorporado una oferta exclusiva y encubierta de inmuebles e instalaciones apropiadas para los cultivos. Sin olvidar la creación de otras estructuras, como las asociaciones cannábicas que, aprovechando una legislación blanda, han encontrado una coartada de legalidad para reforzar el tráfico y el consumo de drogas.