¿Quién es Bob Dylan? ¿De qué galaxia procede? ¿De dónde brota su inabarcable talento y esa poderosa imaginería? ¿Acaso se tragó cien ancianos siendo niño y mil niños siendo anciano? ¿Por qué siempre está de camino pero nadie sabe de dónde viene ni a dónde va? Después de 39 discos de estudio más otros 16 de tomas alternativas, 600 canciones, decenas de recopilatorios, miles de álbumes piratas y libros, más de 3.000 conciertos y un sinfín de documentales, sesudos análisis literarios, musicales y hasta esotéricos, la figura de Robert Allen Zimmerman –Duluth (Minnesota), 1941– sigue siendo un enigma indescifrable para los mortales, tan propensos a clasificar para entender.

Escurridizo librepensador, inasible personalidad, artista de infinitas pieles, cada vez que alguien ha querido colocarle en un sitio, él siempre ha estado ya en otra parte. Desde su debut discográfico en 1962, no ha habido década en la que no le hayan dado por acabado. Haciendo la contraria al mundo e incluso a sí mismo, siempre ha resurgido con un disco relevante bajo el brazo. El último, el monumental Rough and rowdy ways (2020), publicado en pleno confinamiento duro, es un nuevo ejemplo de sus mil vidas. Jamás un disco de rock sonó tan sabio y tan hondo, como una banda sonora del fin del mundo. Un Dylan octogenario lúcido y en forma que acaba de anunciar una gira mundial 2021-2024.

«Soy un hombre de contradicciones, soy un hombre de muchos estados de ánimo, yo contengo multitudes», proclama, parafraseando a Walt Whitman, en el primer corte de su último álbum. Rough and rowdy ways salió precedido por Murder most foul, una canción que bien representa la extraordinaria singularidad del personaje. En la era del twitter, de la urgencia y del empequeñecimiento textual, Dylan reaparece con un recitado de 17 minutos sobre la historia del siglo XX desde el asesinato de Kennedy. Y es así como consigue lo que no logró con Like a rolling stone, Blowin’ in the wind, Hurricane o Knockin’ on heaven’s door: ¡su primer número uno en Estados Unidos! No hay otro artista en el mundo tan capaz de ir tan a la contra y, sin embargo, acertar.

 

El rock como palpitante aventura

Siempre tuvo esa habilidad, la de adivinar el curso de los acontecimientos: llegó a publicar Love & theft el mismo día que caían las Torres Gemelas. Con solo 22 años, cuando lanzó canciones como Master of war o A hard rain a-gonna fall, empezaron a llamarle profeta, mesías, dios. «No soy un falso profeta. Solo dije lo que dije», brama en False Prophet, aguerrido blues incluido en su última entrega discográfica. A Dylan le ha costado toda la vida desvestir al santo que el mundo dijo que era. Lo que otros señalan como una tendencia a pegarse tiros en los pies, para él es una cruzada en toda regla contra el endiosamiento y el adocenamiento. Su único interés es sacar discos sin atender modas y tocar en aforos medianos en una Gira Interminable que solo en covid consiguió momentáneamente frenar. Nunca una frase promocional fue tan certera: «Vivas donde vivas, algún día Dylan tocará en tu ciudad». Dylan ha tocado en lugares tan fuera del circuito como Lorca, Jerez, Mérida, Benidorm, Cartagena, Palafrugell… Podía haber sido un artista de aclamadas giras multitudinarias en estadios cada cuatro años, como los Rolling Stones, pero él eligió otro camino. Sin pantallas gigantes, sin fotos ni ruedas de prensa, sin repertorios repetitivos. El rock como palpitante aventura, no como trono acomodaticio.

Nunca una frase promocional fue tan certera: «Vivas donde vivas, algún día Dylan tocará en tu ciudad».

En los primeros años 80, coincidiendo con la llamada conversión al cristianismo, ofreció algunas pistas para entender su lucha por despojarse de la fama, aunque fuera usando a Jesucristo como elemento de provocación: «Siempre usé pasajes bíblicos, desde el principio. Entonces me aclamaban como mesías y yo sabía que no lo era. Ahora me he puesto a predicar en los conciertos y la gente protesta. Tampoco lo entiendo. ¿Pero no queríais un mesías? Ahora ya es tiempo de pasar a otra cosa. Ni siquiera Jesucristo predicó más de tres años». Su siguiente álbum lo tituló Infidels (Infieles).

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Vastísima cultura  

Toda la importancia y pomposidad con la que suele hablarse de su obra no es para él más que el pobre ropaje oficial de los lugares comunes, justo donde nunca se le encontrará. Dylan se ve a sí mismo como una antena a donde van a parar, ni él mismo sabe cómo, rayos, truenos, lluvias y vientos. «Yo recibo todo eso y lo canto, pero nunca he podido mejorarlo. Con canciones como It’s allright, ma (I’m only bleeding) es como si un fantasma las hubiera escrito. Te regala las canciones y desaparece. Tú no sabes lo que significan. Solo que el fantasma me eligió para escribirlas».

Dylan se ve a sí mismo como una antena a donde van a parar, ni él mismo sabe cómo, rayos, truenos, lluvias y vientos.

Quizá el misterio de Dylan no sea otro que su vastísima cultura. Cuando aquel joven de apariencia desvalida se bajó de un tren en Nueva York en el gélido invierno de 1961, ya había devorado poesía con fruición, tanto como emisoras de country y blues. «Leía a los poetas básicos como otros leen ahora a Stephen King. Allan Poe me dejaba anonadado. Lord Byron, John Keats, John Donne, Dylan Thomas… Con Byron ocurre que él sigue y sigue y tú no entiendes ni la mitad de las cosas, pero puedes apreciar su lenguaje. Eso intento yo, seguir el ritmo del lenguaje. Conocí también la verdadera naturaleza de artistas como Robert Johnson, Charlie Patton, Blind Willie McTell, Hank Williams, Woody Guthrie, Jimmie Rodgers… Luego, llegaron los poetas beat. No podías evitar entusiasmarte ante la idea de una poesía dicha en la calle. Siempre había un poeta en los clubes y tú escuchabas los versos; Ginsberg y Corso, tíos con mucha influencia, tanto como Kerouac o Rimbaud. La cultura popular llega a su fin con mucha rapidez. La arrojan a la tumba. Yo quería hacer algo que perdurase como los cuadros de Rembrandt».

«La cultura popular llega a su fin con mucha rapidez. La arrojan a la tumba. Yo quería hacer algo que perdurase como los cuadros de Rembrandt».

Paralelamente, la música folk iba tejiendo un traje sonoro que Dylan nunca, ni en sus ejercicios más eléctricos e incendiarios de 1965-66, ha dejado de vestir. En una rara entrevista con Los Angeles Times, Dylan dio algunas claves: «Mis canciones están basadas en viejos himnos protestantes, o en canciones de la familia Carter, o en variaciones del esquema blues, o en viejas baladas irlandesas. Cojo una canción y empiezo a tocarla mentalmente. Es mi forma de meditar. Hay un montón de gente que mira una grieta de la pared, o cuenta ovejas, ángeles o dinero. Yo medito con las canciones. Y de ahí acaba saliendo algo. En ese momento tiene un significado. Cuando la grabo significa otra cosa. Y cada vez que la toco significa algo diferente. Eso es lo que mucha gente no entiende. Si en directo tocara las canciones como en el disco carecerían de significado. Y no puedo hacerlo, porque no toco por dinero ni por vanidad, sino por instinto de supervivencia».

 

Quince minutos

No es sencillo entender a Dylan. Todos sus versos, sus metáforas truncadas, sus giros de tahúr, su jerga, su mística, sus oscuras citas, sus guiños de apariencia naïf, su trapecismo existencial, puede haber sido escrito en serio o en broma, no hay forma de descifrarlo. John Lennon se maravillaba con Subterranean homesick blues, le parecía una canción tan cautivadora que pasó años preguntándose si alguna vez podría competir. En un encuentro con Leonard Cohen, Dylan le preguntó cuánto tiempo había tardado en componer Hallelujah. «Mentí –reveló el canadiense–, le dije dos años, pero fueron tres o cuatro. Luego, le pregunté cuánto tardó él con I am I, y me dijo que quince minutos, aunque sin duda mentía: seguramente no había tardado ni diez».

El desaparecido George Harrison, quizá una de las personas que mejor han llegado a conocerle, dijo en una ocasión: «Bob es muy chistoso. Mucha gente se lo toma en serio y sin embargo es todo un bufón». La reflexión de Harrison nos conduce a una de las virtudes menos valoradas de Dylan: el humor. Lo que Dylan escribe le sale del alma, por ponerle un nombre, pero la forma que tiene de reírse de sus propias ocurrencias neutraliza todo riesgo de pretenciosidad. «Y Dios le dijo a Abraham: ‘Mata a un hijo por mí’. Y Aby dice: ‘Tío, ¿me tomas el pelo?’. Y Dios: ‘No’. Aby: ‘¿Qué?’. Dios: ‘Haz lo que quieras, Aby, pero cuando volvamos a vernos más te vale huir’. Y Aby dice: ‘¿Dónde quieres el sacrificio?’. Dios dice: ‘Allá en la carretera 61’» (Highway 61 revisited, 1966).

Tan cierta es su condición de viajero incansable y de solitario empedernido como el buen concepto sobre él que tienen sus hijos, mujeres y nietos.

El misterio de Dylan alcanza cotas indescifrables cuando se trata de escudriñar su vida personal. Tan cierta es su condición de viajero incansable y de solitario empedernido –«me siento bien en los aparcamientos vacíos»— como el buen concepto sobre él que tienen sus hijos, mujeres y nietos. Ejerciendo de abuelo protector, recientemente ha atado la herencia y el futuro de sus seres queridos con la venta de todo su catálogo discográfico a Universal Music por 247 millones de euros. Como bien dijo al respecto su apóstol sevillano Kiko Veneno: «¡247 millones, menudo escándalo! Y el escándalo no es que sea mucha pasta por 60 años de canciones, sino muy poca, porque ese dinero lo cobra Messi en temporada y media jugando al fútbol».

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El Nobel de Literatura

No mires atrás. Ese ha sido y sigue siendo su lema. Y si miras, que no sea con nostalgia. «A mí me gusta la canción A tale of two cities, escrita hace más de cien años. ¿Es eso nostalgia? Ese término no es más que otra forma de intentar definirme. La nostalgia no atrae al público. La gente que viene a verme ahora no sabe nada de Like a rolling stone. Si no fuera por los jóvenes yo estaría en un café haciendo relaciones públicas. Mis canciones no tienen fecha. Canto y toco la guitarra, la armónica y el piano desde los 12 años y eso es todo lo que deseo hacer hasta que me muera».

«Canto y toco la guitarra, la armónica y el piano desde los 12 años y eso es todo lo que deseo hacer hasta que me muera».

Esa voz, esa guitarra, esa armónica y ese piano han alumbrado muchas obras maestras, aunque en este artículo solo quede espacio para poner diez imprescindibles: The Times They Are a-Changin’ (1964), Highway 61 Revisited (1965), Blonde on Blonde (1966), Blood on the Tracks (1975), Desire (1976), Street Legal (1978), Oh Mercy (1989), Time Out of Mind (1997), Modern Times (2006) y Rough and Rowdy Ways (2020). Presten atención a las palabras que canta y comprenderán por qué recibió el Nobel de Literatura en 2016, pese al cabreo de los literatos aburridos, esos que desconocen el origen de la materia: antes de que existieran los libros, las historias y los poemas eran cantados de aquí para allá por bardos y juglares. Tal cosa es Bob Dylan, quizá el último bardo sobre la castigada faz de la Tierra.