¿Cómo tenemos que mirar Brasil? Hasta no hace mucho Brasil representaba el milagro latinoamericano, puesto que con pocos años había pasado de la inestabilidad económica, la corrupción y el autoritarismo al crecimiento, la gobernabilidad democrática, el dinamismo y la relevancia internacional. Leyendo la prensa internacional parecía que desde el Plan de Estabilización Económica de 1994 (denominado Plan Real) de Fernando Henrique Cardoso, que fue presidente durante dos mandatos, hasta las dos administraciones de Lula, Brasil había hecho un salto inequívoco hacia el progreso.

El impulso de la alianza internacional de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), el liderazgo brasileño de UNASUR (Unión de naciones sudamericanas) y la celebración del Mundial de fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 eran la muestra fehaciente de este salto. Pero algo se empezó a torcer, precisamente en la vigilia del Mundial, cuando mucha gente salió a protestar contra el gobierno (recordamos las movilizaciones de Passe Livre) y, poco después, cuando Dilma Rousseff (sucesora de Lula) fue destituida de manera grosera a través de un juicio político liderado por el presidente de la Cámara de Diputados. Desde entonces parece que este milagro se ha ido desvaneciendo hasta convertirse en una pesadilla. Una pesadilla que tiene como protagonistas el enfrentamiento y la polarización.

Un enfrentamiento que ha ido creciendo a partir de 2016, con la llegada al palacio de Planalto de Jair Bolsonaro, un militar retirado (capitán en la reserva) de adscripción ultraconservadora que llevaba desde 1991 ejerciendo de diputado de la mano de nueve partidos políticos diferentes. Bolsonaro, que fue presidente de la República federal del Brasil desde 2019 hasta el día 1 de enero de 2023, se hizo célebre cuando en el proceso de destitución de Rousseff emitió su voto favorable elogiando al coronel Carlos Brilhante Ustra, responsable de un centro de tortura ilegal en el cual Dilma había estado detenida durante la dictadura (1964-1985). Fue una declaración que galvanizó (a favor y en contra) a una parte de la opinión pública nacional e internacional, si bien las palabras de Bolsonaro no eran ninguna sorpresa, puesto que quienes lo conocían sabían que era un nostálgico de la dictadura. Una dictadura que, según el mismo Bolsonaro, había sido demasiado blanda porque —en su opinión— los militares brasileños cometieron el error de asesinar solo a 4.000 activistas opositores, y no a unos 30.000 como hicieron sus homólogos en Argentina.

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.