Si el hombre proviene de África, todos somos descendientes de inmigrantes africanos. Qué terrible afirmación, pensarán los ultra-patriotas y los ultra-religiosos persignándose o dándose golpes en el pecho. Aquel primer emigrante no encontró en su camino extorsionadores, ni policías violentos, ni sirgas tridimensionales, ni concertinas, ni otros eufemismos de lo que en realidad son terribles cuchillas asesinas. Tampoco vallas en Ceuta o Melilla, ciudades que ni existían.

Para mayor facilidad migratoria, el Estrecho de Gibraltar era realmente estrecho. Nada de 14 kilómetros angustiantes entre el monte Yebel Musa y Tarifa. Las placas tectónicas empezaron a separarse hace más de 175 millones de años, pero durante mucho tiempo Europa y África estuvieron a tiro de piedra. Se diría que el primer africano llegó a Europa dando un paseo, si no fuera porque sus duras condiciones de vida aún no permitían manejar conceptos relacionados con el ocio.

Los paseos se acabaron pronto. La islamización (siglo VIII), el expolio humano (esclavitud, entre los siglos XVI y XIX) y el expolio económico (colonialismo, desde el XIX al neocolonialismo actual) han mantenido a África durante 1.500 años bajo un yugo insoportable. Aunque en el siglo XX llegó, sobre papel, la independencia para esos países que De Gaulle dibujó con un bolígrafo, separando artificialmente tribus, familias y hermandades, la mayoría sigue dependiendo de la antigua metrópoli, explotadora de sus recursos naturales, y de la que sus dirigentes suelen imitar sus peores vicios.

La dependencia sigue siendo tal que un conflicto tan lejano como la invasión rusa de Ucrania, que en el mundo rico repercute con repuntes de inflación, en África supone directamente hambruna y muerte. Lo mismo ocurre con el cambio climático. Los africanos, apenas responsables del calentamiento global por su escaso desarrollo e industrialización, se comen y se comerán las peores consecuencias de la desertización.

Una tierra rica desata la codicia occidental, que a menudo conlleva acusados procesos de injusticia, desigualdad y guerra.

Para colmo, cuantos más recursos naturales tiene un país africano, mayor es su maldición. Petróleo, gas, uranio, diamantes, coltán, hierro, fosfatos, marfil… Una tierra rica desata la codicia occidental, que a menudo conlleva acusados procesos de injusticia, desigualdad y guerra. Ante tal panorama, solo cabe emigrar. Lo que hemos visto es solo un pequeño avance de lo que está por venir. Se cuentan por millones los africanos que estarían dispuestos a escapar. Baste recordar que hay 280 millones de personas que pasan hambre hoy en el África Subsahariana, y que, al ritmo actual, serán 600 millones en 2050 y 1.200 millones en 2100.

 

Muertes que se niegan

Y ahora sí, hablemos de la valla. En estos tiempos de corta memoria colectiva, con noticias vertiginosas que caducan sin tiempo a una mínima reflexión, conviene recordar que el uso de la fuerza en el multitudinario asalto a la valla del 24 de junio de 2022, saldado con numerosos heridos y la muerte de al menos 24 subsaharianos (otras fuentes hablan de 37 e incluso de 72) no es un fenómeno nuevo. La violencia ya es inherente al mero hecho de levantar una valla entre seres humanos. En 1971, los legionarios montaron alambradas para preservar a Ceuta y Melilla de un brote de cólera en Marruecos, como en las peores películas de zombies.

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Parecía que nada podía ser más discriminatorio que eso, hasta que José María Aznar, tras llegar al poder en 1996, ordenó construir el actual trazado de la valla, elevando la altura y aderezándola con cables cortantes, púas, sensores y cámaras de visión nocturna. Parecía un malvado invento de la derecha española, pero la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, recordado por sus leyes a favor los derechos civiles de los españoles entre 2004 y 2011, no fue tan benévola con los subsaharianos. Con Zapatero llegó la concertina, una trampa mutiladora de patente israelí tan sanguinaria que él mismo ordenó retirarla en 2007. El PP las volvió a recuperar ya con Rajoy de presidente, y ahí se quedaron hasta 2020. A falta de cuchillas, en la era de Marlaska las heridas son de bala. Y, como siempre, las muertes se niegan, se minimizan o se esconden bajo la alfombra.

La violencia ya es inherente al mero hecho de levantar una valla entre seres humanos.

La crisis de las vallas de Ceuta y Melilla en 2005, con varios subsaharianos muertos por disparos a bocajarro de las fuerzas marroquíes y numerosos heridos por las cuchillas, marcó un punto de inflexión. Hasta esa fecha, los inmigrantes nunca habían mostrado violencia. Hacían su ruta en silencio y en paz, sin ni siquiera robar una bicicleta. Solían acercarse penosamente a su destino, engañados y vilipendiados por el camino. Se veía gente sola, vagando por el desierto con la cara desencajada.

Después de 2005, la mentalidad cambió. Con la malaria incrustada en los ojos, esto decía entonces el nigeriano George Sunday, expulsado por Marruecos tras intentar saltar la valla y abandonado en el desierto: «África se levantará y se organizará. Se pondrá en pie y caminará. No habrá alambrada ni fusil que nos detenga. Usaremos piedras y palos. El que no puede vivir no tiene nada que temer. El que no teme a la muerte, no muere. Si tenemos que morir, moriremos. Y si tenemos que matar, mataremos. El mundo rico nos ha enseñado que sólo matando y robando se progresa. Marruecos nos mata y nos insulta, y España nos sonríe pero también nos condena. Ya no estamos dispuestos a seguir siendo tiroteados y apaleados. Estamos furiosos. Nos tratan como a criminales y solo somos trabajadores. O los ricos acaban con la miseria de África o nos colaremos por sus tejados. Primero nos roban y luego dicen, en virtud de no sé qué leyes, que el mundo donde están nuestras riquezas no es para nosotros».

Con Zapatero llegó la concertina, una trampa mutiladora de patente israelí tan sanguinaria que él mismo ordenó retirarla en 2007.

 

Marruecos, el poli malo

Quedó claro desde entonces que España y Europa cedían a Marruecos, siempre a cambio de prebendas económicas y geopolíticas, el papel de gendarme de la inmigración, el poli malo, el portero macarra de nuestra discoteca pija. Se les olvidó que, en el espíritu fundacional de las democracias, el respeto a los derechos humanos está por encima de los negocios. En 2005, Mohamed VI dio la orden de que nadie socorriera con alimentos o agua a los subsaharianos. También mandó disparar a cualquier inmigrante que se resistiera. «De cintura para abajo, y si se le da en la cabeza es que se ha agachado», ironizaba macabramente un miembro de las Fuerzas Auxiliares. En el último asalto, el de junio de 2022, todo indica que les dejaron acercase en tropel a la valla para allí acorralarlos e infringirles un castigo ejemplar. Como diciendo: «Mira España, lo que somos capaces de hacer cuando os portáis bien y hasta reconocéis la marroquinidad del Sáhara».

Hasta el feminismo parece detenerse en la valla, en sentido contrario al de la inmigración.

La valla es el final de un largo camino que deja sobre la tierra muchos más cadáveres que los que engulle el mar. «El Sáhara oculta una silenciosa y silenciada fosa común», dice Amsel Mahwera, negro de Zambia y misionero de los Padres Blancos en Gao (Mali). «Miles de personas perecen en su peregrinar. Son muertos sin tumba, ni una triste piedra encima. Bastan tres días de viento para que la arena oculte un cuerpo. Quizás haya millones». Cadáveres invisibles que no representan problema político alguno, ni están en la agenda de nadie. Mucho menos si son mujeres. No se recuerda ningún minuto de silencio por ninguna de las mujeres violadas, prostituidas y ahogadas en el Mediterráneo o sepultadas bajo la arena. Europa cada vez se mira más el ombligo de sus propios derechos y levanta poco la cabeza respecto a los derechos de los demás. Hasta el feminismo parece detenerse en la valla, en sentido contrario al de la inmigración.

Izquierda, derecha y centro, todos hablan de las mafias como el problema sustancial, obviando que la mafia es un mero intermediario para el desesperado, en ningún caso el detonante de su decisión de emigrar. Lo primero que se aprende sobre el terreno es que las peores mafias de África llevan uniforme y tienen licencia gubernamental, incluso para matar. Un holocausto, si pasara en Europa. A los recostados en la pereza ideológica del gran sofá occidental, el genocidio de la miseria sólo les conmueve cuando los cadáveres flotan cerca de las playas urbanizables. Lo que pasa antes, en el desierto, a pocos importa.

 

 

Cualquier Ulises africano

Abdulaye, un chófer de Tamanrasset que ayuda a cruzar la frontera argelina a los subsaharianos, está harto de ver cuerpos en descomposición en las vastas zonas deshabitadas de Mali y Níger, desplomados por el hambre o la enfermedad o caídos desde los camiones. «No puedes hacer nada. Si los cargas en el coche, tendrás problemas en la frontera. Se oyen casos de inmigrantes que se comen a sus compañeros muertos para sobrevivir». La valla, pese a toda su dureza, es un juego de niños para cualquier Ulises africano. Sobre todo para los que han visto lugares como Tinzauatin, donde se esparce un sobrecogedor cementerio de subsaharianos distribuidos por países, un rosario de piedras desnudas que se derraman sobre la frontera Argelia y Mali. Las piedras están dispuestas en círculos, y bajo cada uno de ellos yace un ser humano. Un sin papeles en terminología occidental. Un mártir, según los misioneros. Un africano, resumen los árabes. Un aventurero, prefieren decir los subsaharianos.

Se llaman aventureros porque quienes emigran son los jóvenes más capaces y preparados, los más fuertes y los que consiguen reunir el dinero suficiente para la travesía. Los más pobres, los más enfermos, los más vulnerables, esos no pueden emigrar. Pese a ser los más fuertes, cada vez mueren más en el largo trayecto. Si la fortuna le acompaña, el aventurero que sale hoy de su poblado llegará a la valla de Melilla o al puerto elegido en cuatro o cinco años. La mayoría de las muertes se producen durante el trayecto, a cientos de kilómetros de la brisa de las pateras. Se necesitan al menos 2.000 euros para probar suerte. Puedes pasarte la vida ahorrando y no tenerlos nunca. Y puedes perderlos en un golpe de siroco.

Las medidas disuasorias no aminoran el éxodo. Solo aumenta el número de muertos. Cuanto más difícil sea el camino, más riesgos hay que tomar. Más de 4.400 migrantes se ahogaron en 2021 intentando llegar a España, el año más letal, con un incremento del 102% respecto a 2020, según la ONG Caminando Fronteras. Al menos 205 eran menores, y del 94,8 del total no se han encontrado los cuerpos. De los muertos en el desierto no hay cálculos, nadie se ha puesto a hacerlos. Pero deben ser cientos de miles.

 

Sobrevolar la valla

A veces, la propia existencia de algo tan triste como una valla genera bellas metáforas libertarias. Una de ellas se produjo en 2011, cuando un inmigrante maliense fue detenido por la Guardia Civil al intentar saltar él la valla en sentido contrario. O sea, que en caliente te devuelven a la fuerza si lo que quieres es entrar en España, pero en frio te lo impiden si lo quieres es volver a casa. Eso no hay quien lo entienda.

Si la fortuna le acompaña, el aventurero que sale hoy de su poblado llegará a la valla de Melilla o al puerto elegido en cuatro o cinco años.

La más reciente alegoría se produjo en diciembre de 2022, cuando un Ícaro subsahariano sobrevoló la valla melillense montado en un parapente. Su vuelo tuvo éxito y las fuerzas de seguridad nunca lo encontraron. ¿Habrá a partir de ahora oleadas de parapentes en Ceuta y Melilla? ¿Se usarán drones iranís para abatirlos? Ya veremos qué nos depara el futuro, porque el ser humano está muy loco. Como canta Bob Dylan en Blowin’ in the wind: «¿Cuántos caminos ha de recorrer un hombre para que lo consideren hombre?»