Este año se conmemora el centenario del escritor norteamericano Charles Bukowski (1921-1994). Su vida y su obra, inextricablemente unidas, fueron motivo de numerosas polémicas que no han aminorado desde entonces. De un lado su popularidad como poeta y narrador maldito continúa en plena y saludable vigencia, sin altibajos, tanto dentro como fuera de Estados Unidos y muy especialmente en varios países europeos incluido España. Siguen proliferando tanto ediciones de su obra como grupos y chats de internet, gracias a un público lector de entusiasta fidelidad como bien se ha comprobado durante la reciente celebración del XIV Festival Pepe Sales en Girona, dedicado enteramente a su figura. Pero existe también la reticencia de una parte considerable de la crítica especializada, especialmente la del mundo académico, que no acabó de aceptarlo en vida (nunca recibió premio, beca ni nombramiento alguno) y aún hoy se resiste a insertarlo en el canon establecido de los grandes autores norteamericanos.

Nacido en Andernach, Alemania, de padre norteamericano y madre alemana, se crio en Los Ángeles como hijo de una familia de clase media venida a menos por los estragos de la Gran Depresión, marcado por las constantes palizas y humillaciones de un padre violento y frustrado por el desempleo, y más tarde por un prolongado y grave caso de acné juvenil que le desfiguró grotescamente el rostro hasta provocar su aislamiento social. El fracaso en los estudios solo fue compensado con largas sesiones en la biblioteca municipal, donde en soledad autodidacta adquirió un notable conocimiento literario, pero también por una afición desmedida al abuso del alcohol.

Paralelamente se desarrolló una temprana vocación literaria, que continuará cuando ya en su madurez pasó una decena de años en la bohemia absoluta e itinerante al pairo, viviendo en los ambientes marginales y cambiando continuamente de trabajo en condiciones de extrema precariedad degradado por un alcoholismo extremo que incluso le eximió de ingresar a filas en la Segunda Guerra Mundial. Tras sufrir un caso grave de úlcera intestinal en 1955, se estableció definitivamente en Los Ángeles y su vida alcanzó un difícil equilibrio al aceptar un puesto en Correos que conservaría durante once años. Logró así alternar su pertinaz alcoholismo y afición a las apuestas en la hípica con una notable dedicación a la poesía y los relatos cortos sin apenas reconocimiento público.

Su vida dio un vuelco cuando ya en la cincuentena su primera novela Post Office (Cartero, 1971) alcanzó un éxito notable que le permitiría dedicarse plenamente a la literatura el resto de su vida. Relato fieramente autobiográfico cuyo protagonista es su alter ego literario Henry Chinaski, la novela es un fiel trasunto de las peripecias de su propio pasado reciente. Escrito en primera persona en un estilo directo de frases cortas y punzantes, con lenguaje desgarrado y a veces brutal, despiadado e indecoroso, no exento de ironía y sarcasmo. Ese relato se complementa con dos novelas posteriores que echan la vista atrás. En la primera, Factotum (1974), se describe en forma episódica el mundo marginal de los años cuarenta en que Chinaski recorre los ambientes urbanos degradantes de todo el país en un perpetuo fracaso vital y laboral. La obra contiene múltiples retratos de tipos afines que él mismo denominó los desheredados. La segunda, Ham on Rye (1982, literalmente «Pan de cebada con jamón» pero absurdamente traducida como La senda del perdedor), da una visión descarnada de su infancia y adolescencia. Ambas reflejan su condición de antihéroe nihilista, existencialmente empujado por su pertinaz condición de marginado ambulante en la que ningún ideal es posible y ninguna idea puede dar sentido al carnaval humano, en un tono y contenido con ecos de su admirado Dostoyevski. El sexo descarnado suple al amor, el alcohol y la violencia a todo intento de solidaridad. La vida es un viaje a ninguna parte, la oscura cara oculta del patriotismo victorioso que impera y define el discurso oficial de la nación. El famoso Sueño Americano oculta un lado oscuro de la nación que es una eterna pesadilla.

El éxito de las novelas de Bukowski alteró por completo su condición de marginalidad y en la última fase de su vida su obra alcanzó cotas de popularidad y reconocimiento notables. La fama le trajo también dinero y comodidades en su estilo de vida, pero él prefirió continuar con su imagen de personaje maldito, ebrio, malsonante y errático siempre alejado del ámbito burgués, del académico y de todo lo que oliera al establishment que siguió fustigando sin piedad. Le gustó hacer alarde en sus recitales públicos en los que, como tuve ocasión de comprobar personalmente, bebía abundante cerveza y fumaba sin parar mientras recitaba sus poemas irreverentes ante una audiencia entregada que bien parecía la de un concierto de rock. Esa fama aumentó con el éxito de dos películas. La primera, Barfly (1987) con guión de Bukowski y dirigida por Barbet Schroeder, con Mickey Rourke de protagonista junto a Faye Dunaway, es un trasunto de sus años como escritor aficionado a la bebida en Los Ángeles. La segunda, Factotum (2005), es una adaptación póstuma de su novela protagonizada por Matt Dillon en el papel de Chinaski.

La imagen que Bukovski proyectó de sí mismo es la de sus primeros cincuenta años, aunque ya ahí hay una duplicidad: junto a su retrato de automarginado, errante, pendenciero, alcohólico y vagabundo cuyos intereses más notables son la bebida, la prostitución y las apuestas en la hípica, está también la del trabajador de Correos que durante muchos años cumplió a regañadientes con su rutina burocrática y de reparto postal. Junto a esa, a partir de su fama como novelista y poeta la imagen no cambia, y él sigue insistiendo en más variantes de ese retrato del marginal vivido en su pasado.

Se revelan silencios desde el principio: solo en Ham on Rye se dedica un notable capítulo a su formación literaria en la biblioteca pública donde se afana en leer sistemáticamente todo lo que ahí se contiene, con rutinaria perseverancia. Es difícil conjugar esa imagen con la del borracho vagabundo, más bien parece haber una doble personalidad que alterna su presencia sin provocar contradicciones, como si ambas se complementaran pero sin llegar a tocarse. En Factotum se describe una larga serie de incidencias vitales en varias ciudades y con multitud de personajes en todo tipo de situaciones. Las borracheras, peleas, altercados y noches de arresto en la comisaría son constantes, pero en ningún momento asistimos al proceso de escritura. Solo se menciona de pasada que Chinaski había escrito un relato que tras muchos rechazos es al fin aceptado por un gran editor, lo que constituye un triunfo y un éxito económico pasajero dada su desastrosa situación financiera.

Y sin embargo esto no tiene continuidad ni explicación. Cuándo, cómo y de qué escribe Chinaski son cosas que nunca se revelan al lector. Hay en ello un guiño cómplice, como si supiéramos que lo que se nos da a conocer de él es solo su imagen de vagabundo marginal «puro», no contaminado por ninguna veleidad burguesa como el mundo literario con sus rituales, normas y funciones. Su alcoholismo, en todo caso, aunque extremo, fue manejado con destreza al menos en lo que se refiere a no impedir su actividad literaria.

El alcoholismo jugó por cierto un papel primordial entre muchos de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX, afectados por un grave problema que tuvo visos de pandemia social y llevó a la imposición de la Ley Seca en los años veinte. Narradores como Edgar Allan Poe, O. Henry, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Kerouack, Henry Miller, William Burroughs y Raymond Carver; dramaturgos como Eugene O´Neil y Tennessee Williams; poetas como Robert Lowell… la lista es casi interminable y en todos ellos se muestran sus resultados de manera más o menos declarada pero en todo caso como un mal. Pero a diferencia de ellos Bukowski adopta una actitud desafiante y orgullosa, altanera a la vez que confesional y a menudo irónica o con trazos de humor grueso, sin caer nunca en la autocompasión. Una actitud quizá no muy lejos de la que proyectan su contemporáneo y alma gemela Serge Gainsbourg en Francia, y también más tarde aquí Joaquín Sabina como chico malo y poeta urbano de la vida nocturna.

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La imagen de escritor maldito, con larga tradición en Francia (Sade, Lautréamont, Verlaine, Rimbaud, etc.) tuvo en Estados Unidos sus máximos representantes en el siglo XX: Henry Miller, desmitificador del sexo cuya doble obra maestra, Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, escritos en los años treinta, permanecieron inéditos por la censura en su país hasta los años sesenta; o W. Burroughs con su confesión abierta de homosexualidad, y Jack Kerouack, cuyo On the Road (1957) es un aldabonazo en tema y estilo que abre toda una nueva vía de la literatura del marginado errante. Ello, siguiendo el camino que abrieran Stephen Crane, Upton Sinclair y muy especialmente Steinbeck, narradores que le precedieron en el retrato de la América olvidada y marginal y aun Faulkner del olvidado mundo rural del Sur profundo.

Bukowski mencionó como maestros a Knut Hamsun, Dostoyevski, Céline y a John Fante, un autor local menor, pero de sus contemporáneos hizo siempre alarde de su individualismo visceral ajeno a la pertenencia de ningún grupo o familia literaria. Como buen lector, algunas fuentes literarias de su prosa son obvias: el estilo directo de sugerentes frases cortas debe mucho al joven Hemingway; su filiación con algunos elementos de la Beat Generation es clara pero ciertamente no compartió su compromiso político, ignorando los hechos trascendentes de su tiempo como la guerra de Vietnam, la Guerra Fría o los conflictos raciales de los años sesenta que conmocionaron al país. Tampoco dijo nada sobre el movimiento hippy tan importante en su California, adoptado con entusiasmo por un Allen Ginsberg que comparte el interés por el espiritualismo oriental y ve en él la evolución natural del movimiento beatnick. Su crítica al sistema se enmarca siempre en un ámbito estrictamente privado, sujeto a las experiencias propias. En su novela Hollywood (1989) hay una visión sarcástica del mundo en torno a la Meca del cine, pero no de modo generalizado sino solo como relato autobiográfico de las peripecias que vivió como guionista.

La importancia literaria de Bukowski como narrador se acrecienta por sus más de 400 cuentos o narraciones breves. En sus relatos aun con el predominio de lo autobiográfico la temática se extiende a otros ámbitos y el tono encuentra registros nuevos y quizá un tono menos duro y obsesivo que en las novelas. Algunos de ellos como los incluidos en la colección titulada Hot Water Music (1983) son obras maestras de la concisión evocadora o nostálgica como «La muerte del padre», relato en dos partes donde el hecho luctuoso es narrado con cierta emoción alternando con un humor corrosivo. Estos relatos bien se pueden comparar a los de Hemingway y Carver, maestros indiscutibles del género en la literatura norteamericana contemporánea, en la que este género tiene una notable aceptación y no hay novelista que no lo practique.

Y sin embargo es indudable que la fama literaria de Bukowski se debe muy especialmente a su poesía. Durante el largo proceso de cuarenta años, en todas las facetas de su vida Bukowski fue persistente en su plena dedicación al verso, entendida casi como un deber vocacional o fe militante, una obligación vital o una forma de ser. Él mismo explicaba en una carta que uno no elige escribir poesía sino que la poesía le elige a uno. Durante los largos cuarenta años que van desde las circunstancias más abyectas de su larga etapa bohemia hasta los años tranquilos en que disfrutó de un feliz matrimonio en un barrio acomodado, la constante vital que une esa trayectoria es su incesante producción poética. El resultado es una vasta producción que supera los cinco mil poemas y que se ha visto aumentada constantemente tras su muerte por la continua publicación de numeroso material inédito en la que cabe destacar el papel relevante del canario Abel Debritto, residente actual en Cataluña.[i]

En ese vasto corpus poético predomina la experiencia personal y es en buena medida asimismo narrativa en cuanto que se articula mayoritariamente en torno a experiencias vividas, sucesos o encuentros pero también retratos y evocaciones que son descritos en un lenguaje directo, visceral y con humor descarnado paralelo al de su prosa. Una obra tan extensa peca necesariamente de notables altibajos, propios de autores prolíficos como Neruda o Lope de Vega. Muchos críticos tienden a minusvalorar ese estilo simple confundiéndolo con simplista pero no hay tal, antes bien refleja el oficio de un poeta que rehúye la floritura pero destila y ajusta su discurso con precisión, sin filtrarlo mediante adverbios, análisis, digresiones o alusiones eruditas que para su comprensión requieran luego una hermenéutica especializada.

Cierto que rehúye toda aventura metafórica elaborada y por supuesto las sutilezas formales del Modernismo de Eliot y otros que habían dominado el período de entreguerras, y que en lugar de los experimentalismos de las vanguardias prefiere un lenguaje espontáneo y realista, pero sus logros no son menores. Tampoco se trata de un corpus estático, ya que de sus primeros poemas, en los que juega incluso con técnicas de surrealismo como sus admirados Vallejo y Lorca, su estilo se va decantando progresivamente a un verbo más directo y eficaz.

El rango temático y expresivo es muy superior al de su prosa. La realidad se percibe desde un prisma complejo en que la conciencia poética alcanza una enorme variedad de registros, desde lo íntimo y sensual hasta lo sórdido y despiadado, del amor y el deseo al sexo sin tapujos y el mundo sórdido de la prostitución callejera, la angustia existencial y la presencia inexorable de la muerte, la inocencia perdida, la condición efímera de lo humano, así como el menosprecio de todo lo que suena a glorioso o heroico. Hay también retratos de personajes de toda condición más allá de lo autobiográfico y hasta crítica literaria, cultural y social en niveles y profundidad notables. Paralelamente a la variedad temática hay un rico abanico de lenguajes que va de lo callejero, incluso violento y soez, a lo más lírico y sublime, la sátira y el humor autocrítico.

Bukowski prefiere el verso libre en estrofas y puntuación muy personales en poemas de muy variada extensión y formato al modo peculiar que preconizara E. E. Cummings. Como señala su traductor al castellano, Eduardo Iriarte, es notable su capacidad para ordenar los versos en una secuencia hasta un aldabonazo final de la palabra justa, una palabra que parece casi fortuita cuando en realidad es la única que cabía utilizar.[ii]

Bukowski logró así crear un nuevo lenguaje poético impactante mediante el cual implica y atrapa al lector emocionalmente, increpándolo al mismo tiempo que se confiesa íntimamente con él y haciéndole cómplice de sus percepciones en un variadísimo campo emocional. Esta identificación entre poeta y lector hace que ambos se fundan, ya que su diálogo con él es en última instancia también un diálogo con su propia conciencia. El mérito de esa enorme capacidad de comunicar ha hecho que su público incluya una extraordinaria diversidad de gentes, haciendo verdad ese noble deseo que expresó Hans Magnus Enzensberger en un feliz título a uno de sus poemarios: Poesía para los que no leen poesía.

Bukowski se enorgullecía con toda razón de que hasta presidiarios, prostitutas, marginados y gentes afectadas por el vicio, la locura o la desesperación a punto del suicidio le mandaban cartas de admiración y agradecimiento por haberse sentido identificados con sus poemas, lo que no es un logro menor. La poesía, que en la antigüedad grecolatina y hasta tiempos modernos fue siempre la reina de la literatura, ha sido relegada en nuestros tiempos a un ámbito minoritario en vivo contraste con la pujanza de la novela y el cine. El mérito de Bukowski ha sido romper ese maleficio.

Es notable la influencia que ha ejercido en la música rock, muy especialmente en Tom Waits. Esto no es óbice para su creciente aceptación e influencia en las corrientes literarias superiores. A Bukowski se le ha querido tildar de patrón o padrino de la corriente de Realismo Sucio (dirty realism) en la literatura norteamericana actual, a la que pertenecen destacados autores como Richard Ford, Cormack McCarthy y otros. El auge casi protagonista que ha adquirido en nuestros días la autoficción en todas sus facetas también le debe innegablemente su parte. Lo mismo puede afirmarse de numerosos poetas de diversas corrientes, hasta el punto de que no sería descabellado afirmar que hoy por hoy es uno de los más imitados de todos ellos y ciertamente el más leído.

Bukowski ha ejercido un papel de puente entre ámbitos de alta cultura y cultura popular, al modo en que Leonard Bernstein logró, en el ámbito de la música, articular un lenguaje musical híbrido que hizo con aportaciones a la música clásica y la folklórica. Y esto bien podría considerarse válido y valioso en nuestro singular momento histórico actual donde, como bien ha señalado el sociólogo M. Sandel, se ha producido un abismo entre el mundo de las élites, ya sean políticas o culturales, y las masas resentidas por sentirse excluidas de esos ámbitos de prestigio.

Por encima de todo, como bien ha destacado el crítico David S. Wills, el legado mayor y ejemplar es el firme compromiso de Bukowski con la literatura, su pasión por la escritura como un acto de fe y entrega, por encima de todos los obstáculos y situaciones difíciles en la vida. Escribir era para él un fin en sí mismo, el ejercicio central que justifica y edifica su vida y no un mero entretenimiento o afición, y para ello se requería una voluntad honesta que le empujó a desvelarse incesantemente en prosa y verso sin límites ni autocensura. Esa es la actitud que adoptó él mismo y también la que aconseja como imprescindible a quien se dedique al oficio de escribir en su conocido poema titulado «Así que quieres ser escritor, ¿eh?» cuyo texto íntegro dice así:[iii]

 

si no brota de ti a borbotones
a pesar de todo,
ni lo intentes.
a menos que te salga por voluntad propia
del corazón y la mente y la boca
y las entrañas,
ni lo intentes.
si tienes que permanecer horas sentado
mirando la pantalla del ordenador
o encorvado sobre la
máquina de escribir
en busca de palabras,
ni lo intentes.
si lo haces porque quieres
mujeres en la cama,
ni lo intentes.
si tienes que sentarte y
rehacerlo una y otra vez, ni lo intentes.
si solo pensar en ello ya te cuesta trabajo,
ni lo intentes.
si quieres escribir como algún
otro,
olvídalo.

 

si tienes que esperar a que salga de ti
con un rugido,
entonces espera tranquilo.
si no llega a salir de ti con un rugido,
dedícate a otra cosa.
si primero se lo tienes que leer a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a quien quiera que sea,
no estás preparado.

 

no seas como otros escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman escritores,
no seas soso, aburrido y
pretencioso, no te dejes consumir por el narcisismo.
las bibliotecas del mundo
se han dormido de aburrimiento
con los de tu calaña.
no lo empeores
ni lo intentes.
a menos que te salga
del alma como un cohete,
a menos que creas que la inactividad
te llevaría a la locura o
al suicidio o al asesinato,
ni lo intentes.
a menos que el sol en tu interior te
abrase las entrañas,
ni lo intentes.

 

cuando de veras sea la hora,
y si estás entre los escogidos,
cobrará vida por
sí mismo y seguirá cobrándola
hasta que mueras o muera
en ti.
no hay otra manera,
ni la hubo nunca.

 

 

[i] Debritto es editor de varias colecciones de poemas y documentos de Bukowski en inglés. Uno de ellos, On Writing, valiosa recopilación de las opiniones literarias de Bukowski, acaba de aparecer en traducción castellana (La enfermedad de escribir, Anagrama, 2021).
[ii] Iriarte ha traducido fielmente los dos volúmenes en los que Bukowski recopiló una antología personal de su obra poética en Vol. I Arder en el agua, ahogarse en el fuego. Selección de poemas 1955-1973) y Vol. II, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta (Colección Visor Poesía). Hay numerosas ediciones de sus poemas en castellano pero esta antología es una excelente guía para quienes quieran adentrarse en la obra de Bukowski.
[iii] Citamos por la traducción mencionada de Eduardo Iriarte en la nota anterior, Vol. II, 16-18.