¿Está de moda la Transición? Sí, a juzgar por la gran cantidad de ficciones audiovisuales y rememoraciones mediáticas que la están tomando como asunto ya desde hace unos años. ¿O quizá, más que de eso, deberíamos hablar de trauma? Pues, en efecto, hay algo de inacabado, de herida nunca cerrada en aquel periodo, más convulso de lo que dictan ciertos libros de Historia. Volvemos una y otra vez a él como quien regresa a la casa de la infancia, en busca de algunas respuestas que puede que nunca se produzcan. Y nos empeñamos en definirlo, incluso en verlo reflejado y repetido en muchas épocas posteriores, con la esperanza de que algún día podamos olvidarnos de él.

¿Se pudo hacer más? ¿Fuimos injustos con el pasado y la memoria? ¿Nos entregamos a una amnesia que todavía dura? ¿O el pragmatismo que se puso en circulación a partir de entonces era la única estrategia posible? Ahora mismo, cuando parece que nos encontramos ante la última réplica de aquel terremoto, mientras se habla del fin del «régimen de 78» sin saber muy bien de qué se trata, las imágenes regresan para pedir explicaciones…

Y digo «imágenes», y digo todo esto, no para hacer un recuento de las películas y las series ambientadas últimamente en la Transición, sino para centrarme en una de las que más justifican estas líneas introductorias. La mesías, miniserie en cinco capítulos de Javier Ambrossi y Javier Calvo, empieza a finales de los años 80, cuando algunos cronistas fechan el final de la Transición, y termina en nuestros días, cuando una singular pareja de hermanos regresa a aquellos tiempos para recordar a su madre, una típica criatura de la noche de la época que termina convirtiéndose en fanática religiosa tras entablar relaciones con un payés ultracatólico.

A partir de ese momento, los hermanos Enric (Roger Casamajor) e Irene (Macarena García) empiezan su particular búsqueda de Montserrat (interpretada a lo largo de los años por Ana Rujas, Lola Dueñas y Carmen Machi), que ahora es la inspiración y el sostén de toda su familia, sobre todo de sus hijas, que han formado un estrambótico grupo musical, Stella Maris, convertido a su vez en fenómeno viral. La trama, ciertamente, no puede ser más extravagante, aunque en principio parece idónea para el estilo que han exhibido hasta ahora Ambrossi y Calvo (conocidos como Los Javis), una especie de pop posmoderno y queer inspirado en la imaginería religiosa de la cultura española y ya plasmado de manera incierta, excesiva, en series como Veneno o Paquita Salas y films como La llamada, que escribieron basándose en su propia obra de teatro.

La mesías, sin embargo, es otra cosa. Abarcando más de tres décadas de la historia de este país, no quiere ser tanto una crónica realista como una exploración metafórica, y por eso no es extraño que el final de la Transición se presente como el origen de todo, el inicio de una historia que todavía no ha terminado, pero que ahora mismo podría encontrarse en un punto de giro e inflexión.

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La confusión actual

En efecto, la serie de Ambrossi y Calvo es ambiciosa. No se limita, como ocurría en sus trabajos anteriores, a conseguir una estética flamboyante heredera de Almodóvar y reconvertida en algo aún más lúdico y juguetón, sino que intenta trascender sus propios planteamientos y erigirse a la vez en una historia individual y colectiva, plasmar la evolución de un país que ha pasado de las esperanzas de la primera democracia a la confusión actual a través de la experiencia de una familia siempre en tensión entre el pasado y el futuro, entre la herencia de la represión y el miedo y la promesa de un equilibrio que nunca llega.

Ambrossi y Calvo recurren a un relato fragmentado, en el que la estética de internet convive con formas narrativas que podrían remontarse a los inicios del cine.

Pero La mesías no pretende sentar cátedra, ni realizar un análisis histórico en clave naturalista. A partir de una fascinante mezcolanza entre lo vivido y lo soñado, utilizando las elipsis temporales como saltos al vacío de lo inexplicable, la serie de Ambrossi y Calvo se propone como un collage alucinado, por momentos alucinógeno, en el que melodrama familiar, cine fantástico, thriller de suspense y retrato esperpéntico se entrecruzan y retroalimentan entre sí para dar lugar a un formato serial innovador en muchos aspectos que, partiendo de la tradición, parece encaminarse hacia horizontes hasta ahora muy poco frecuentados por el cine y la televisión españoles: una odisea en la que se entrecruzan una cierta estética contemporánea y una narrativa que bebe de fuentes clásicas sin necesidad de desmitificarlas o subvertirlas, con un respeto sin duda desconcertante.

 

Un casting ecléctico

Ambrossi y Calvo recurren a un relato fragmentado, en el que la estética de internet convive con formas narrativas que podrían remontarse a los inicios del cine, a la tradición folletinesca. Y ese mejunje incluye también un casting igualmente ecléctico, donde actrices de prestigio (Carmen Machi, Lola Dueñas) coinciden con estrellas televisivas (Ana Rujas) y no dejan de cruzarse, episódicamente, con iconos del cine de los 70 y 80 (Cecilia Roth), músicos iconoclastas metidos a actores de carácter (Albert Pla) e incluso recién llegadas que acaban de debutar en exitosos realities (Amaia Romero), por citar unos cuantos.

‘La mesías’ no es tanto un pastiche como un palimpsesto narrativo en el que conviven el costumbrismo hispano y el cine de David Lynch.

La mesías es un cóctel que define la modernidad no como una sucesión de innovaciones impactantes, ni como una simple reelaboración de los tropos clásicos, sino como todo ello a la vez y mucho más, pues su objetivo es convertir el conjunto en una narración coherente, con resabios épicos, donde la típica ironía posmoderna vaya cediendo poco a poco el paso a una genuina emoción.

El resultado es desigual, por supuesto, pero no podía ser de otra manera, pues si algo demuestra este último trabajo de Ambrossi y Calvo es que el relato contemporáneo ya no puede consistir en estructuras perfectamente construidas, ni producir narraciones sin fisuras o agujeros. Las referencias, las imágenes precedentes y paralelas abundan ya en demasía como para desembocar en arquitecturas homogéneas, algo que el cine más avanzado está dejando claro desde hace tiempo. Y por eso La mesías no es tanto un pastiche como un palimpsesto narrativo en el que conviven el costumbrismo hispano y el cine de David Lynch, la poesía del musical americano clásico –mención especial para el deslumbrante capítulo que gira en torno a Cantando bajo la lluvia– y el inesperado conceptualismo que está creando YouTube –los videoclips y las canciones de Stella Maris se deben al grupo catalán Hydrogenèse–, la ciencia ficción de serie B y la mítica del western

‘Los Javis’ se convierten en los últimos representantes de una gran tradición que inauguraron Buñuel y Berlanga.

En efecto, todo este cúmulo de referencias acaba cuajando en un relato quizá demasiado tortuoso y en ocasiones artificial, pero que nunca luce ensimismado o condescendiente, como ocurría a menudo en las contribuciones anteriores de Ambrossi y Calvo. Los personajes se ven arrastados por una energía creíble, verosímil, que en el fondo procede de esquemas argumentales que vienen de muy lejos, pero que a la vez se adaptan como un guante a las inquietudes contemporáneas.

 

Una pesadilla lisérgica

En este sentido, los motivos de la búsqueda y del reencuentro, del pasado como obsesión y la dificultad de aceptar el presente, justifican que La mesías pueda verse como una pesadilla lisérgica sobre los últimos cuarenta años de la historia española y, en consecuencia, como el revés siniestro de esa trama que la historia oficial se ha empeñado en contarnos en un único sentido. Y por ello tampoco se trata de una diatriba contra la religiosidad –como demuestra la desconcertante ambigüedad del capítulo final—, ni siquiera de una parábola maliciosa sobre nuestra problemática herencia católica.

Es más, mucho más: con esta tragedia vuelta del revés, los Javis se convierten en los últimos representantes de una gran tradición que inauguraron Buñuel y Berlanga, que siguieron Almodóvar y Zulueta, y que ahora parece culminar, paradójicamente, en el ámbito de las series televisivas, allá donde la ficción española del año pasado dio lo mejor de sí misma, digamos que en registros tan distintos como los de La ruta, Poquita fe o –encabezando el grupo— La mesías.