El texto dramático difiere de los demás textos literarios (novela o poesía) porque es una partitura destinada a ser interpretada y representada, y difiere de una partitura musical básicamente porque las posibilidades interpretativas son más amplias que las de la partitura musical. Por otro lado, el texto dramático difiere de un texto referencial en el hecho de que tiene forma y contenido (como lo tiene, por ejemplo, una noticia de periódico), porque, como sucede en todas las artes, la esencia del texto dramático es básicamente forma. De un modo ligeramente exagerado, podríamos decir que el contenido lo pone el director de la obra (o bien el lector que la lee).

Quien encuentre excesiva esta afirmación que recuerde, como un ejemplo entre muchos, que el Julio César de Shakespeare dirigido por Orson Welles en 1937, se interpretó presentando una conspiración democrática contra un dictador diabólico, y que sólo siete años más tarde, Glenn Byan Shaw presentó en Stratford-on-Avon una producción de la obra con un Julio César visto como una víctima injustamente asesinada por unos conspiradores sin escrúpulos. Los contenidos eran de Wells y Shaw, respectivamente, no de Shakespeare.

Las características ocultas del texto dramático como partitura son, como su nombre indica, las que no se ven. El texto dramático, además de no tener compases, no tiene notas, ni indicaciones de volumen, ni de énfasis, ni nada que indique cómo se tiene que decir exactamente el texto. Más adelante veremos cómo se descubren estas indicaciones. De momento, recordemos que el texto dramático comparte con las demás artes la necesidad de crear verosimilitud. Todos sabemos que lo que pasa en el escenario difiere de lo que pasa en la vida real, porque en la vida real todo es verdad, mientras que en el escenario todo es mentira.

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