Escena primera. En su discurso de Fin de Año, el presidente Pere Aragonès propuso la negociación de una ley de claridad con el Gobierno central que permitiera la celebración de una consulta acordada sobre la independencia de Cataluña. Sin hacerlo explícito, Aragonés volvía al marco de 2013, a los primeros compases del que a partir de entonces se denominó el procés. Sin decirlo, el presidente de la Generalitat daba por superado el procés y volvía a la casilla de salida.

Escena segunda. Último día del juicio a Laura Borràs por presunta corrupción. Al pie de la escalera del palacio de Justicia la dirigente de Junts, de amarillo, se despide de sus acompañantes antes de enfilar hacia la sala donde se la juzga. Solo unos pocos, entre los cuales el expresidente Torra y un grupo de incondicionales. Xavier Trias, el alcaldable de su partido, ha declarado no hace mucho que Borràs cuenta con su aprecio, pero que no la piensa acompañar. Trias aspira a rehacer el espacio del orden en las próximas elecciones municipales, aquel bloque que el procés contribuyó a escindir y que ahora podría agruparse bajo la égida del exalcalde y atizado por el odio a Ada Colau.

Escena tercera. Hace unos meses de la aparición espectral en muchos lugares de la ciudad de Barcelona (desconozco si se produce en otros lugares) de un misterioso grafiti donde se lee sencillamente «aquí estamos», acompañado de una estelada. Supongo que quiere ser una muestra de reafirmación, en la línea del «lo volveremos a hacer», pero resuena como un grito crepuscular que pide al peatón que no se les olvide, que estamos aquí, aunque no lo parezca. Más que una amenaza es una muestra de la debilidad del movimiento, una aceptación de su desaparición de la esfera pública, convertido en este grito sordo, como si más que un movimiento masivo se tratara de una secta clandestina. No nos ves, pero «aquí estamos». Paseante, recuérdanos.

Hace meses de la aparición espectral en muchos lugares de la ciudad de Barcelona de un misterioso grafiti donde se lee sencillamente «aquí estamos», acompañado de una ‘estelada’.

Son muchos los indicios que se van acumulando para responder afirmativamente a la pregunta sobre si el procés ha muerto. Sí, efectivamente ha muerto. De hecho, lo está desde finales de 2017, posiblemente desde el 21 de diciembre de aquel año, cuando los resultados de las elecciones convocadas a raíz de la aplicación del artículo 155 de la Constitución no otorgaron un mandato incuestionable a las fuerzas independentistas.

O quizás el procés murió antes, cuando los partidos independentistas no llegaron a un acuerdo para presentar una sola candidatura en aquellas elecciones terminales. O incluso antes, el 27 de octubre, cuando los dirigentes independentistas, después de entonar Els segadors en la escala noble del Parlament con cara de circunstancias, no adoptaron ninguna decisión que hiciera efectiva (ni que fuera simbólicamente) la declaración unilateral de independencia que acababan de votar. La imagen de aquella noche lo resumía perfectamente: mientras algunos celebraban en la plaza de Sant Jaume la independencia acabada de proclamar, la bandera española lucía, ajena a la celebración, en lo alto del Palau de la Generalitat.

Y a pesar de todos los indicios, sigue habiendo quien defiende que el procés está vivo, y aduce para demostrarlo que hoy hay más independentistas que en 2012, como si los independentistas fueran un invento del procés. Independentistas había antes y habrá cuando el procés ya solo sea materia de libros de historia y de tesis doctorales. Es incuestionable que hoy la preferencia por la independencia es mucho más fuerte que hace una década. Los datos del sondeo anual del ICPS dan cuenta de ello: el 36% del electorado preferiría que Cataluña fuera un Estado independiente, mientras que antes del 2012 se movía entre el 15 y el 20%.

Pretender que después del procés todo volvería a ser como era antes es subestimar la capacidad de un movimiento como aquel de trastornar el escenario político. El procés ha cambiado profundamente el marco en que se desarrolla la política en este país, pero esto, en cualquier caso (y estirando el símil mortuorio), es la herencia del procés, lo que este nos ha legado. Nada volverá a ser como antes del estallido independentista, pero, nuevamente, esto no lo hace más vivo.

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La herencia del ‘procés’

Al final, la discusión es hasta cierto punto estéril. Vivo o muerto, el procés ha definido el mundo en el que vivimos. Un detalle se nos puede pasar: el grupo parlamentario de Junts se sigue sentando a la izquierda del hemiciclo, mientras que los socialistas y los comunes se sientan a la derecha. De estos últimos, su presidenta se sienta exactamente en el escaño que tradicionalmente ocupaba el presidente del grupo parlamentario del PP antes del procés. Si se quiere es solo un detalle, pero a menudo los detalles son lo más potente a la hora de describir las situaciones. En el antiguo Parlament la distribución obedecía a la tradicional división entre fuerzas de izquierda y de derecha; desde 2015 obedece a la división entre independentistas y no independentistas, con los primeros ocupando los escaños tradicionalmente reservados a la izquierda. Esto solo ya explica mucho sobre las ideas de fondo que articulaban el procés.

El antiguo espacio de competencia entre el mundo nacionalista y el socialista, aquel lugar por donde iban y venían los votantes entre un partido y otro, ha dejado de existir.

La confrontación política, cinco años después de agotado el procés, continúa moviéndose por los cauces que este definió. El campo de juego electoral en Cataluña se articula alrededor de «La Gran Zanja», una falla que divide el campo de competencia política entre los partidarios y los contrarios a la independencia. El antiguo espacio de competencia entre el mundo nacionalista y el socialista, aquel lugar por donde iban y venían los votantes entre un partido y otro, ha dejado de existir. Se ha excavado una zanja profunda que impide el paso, que blinda cada espacio.

Esto hace también que cualquier discusión que pretenda establecer otra divisoria esté condenada (de momento) al fracaso. Lo que se considera política catalana se circunscribe (todavía) a los temas del procés, de aquí que sea muy difícil para los partidos alejarse de ellos, lo quieran o no. De aquí, la sensación de la noria, de la rueda del hamster, del eterno retorno. En parte es querido, pero en parte es una consecuencia de tantos años hablando de lo mismo que al final han hecho que, incluso a aquellos que querrían salir del bucle, les sea imposible y acaben sucumbiendo a la dinámica, a la fuerza de atracción de esta estrella moribunda, del agujero negro.

Y todo ello a pesar de que los datos pongan sobre la mesa que la idea de una resolución favorable a los intereses de los independentistas es vista hoy como más lejana, más imposible. Las cifras del último sondeo del ICPS muestran que solo el 7% de los que querrían que el proceso acabara con la independencia creen que efectivamente acabará así, cinco veces menos que en 2017.

En parte, el desencadenante del ‘procés’ fue el miedo de CiU a verse superada electoralmente por ERC, cosa que era una posibilidad a medio plazo en 2011.

Si los datos dicen esto, ¿cómo es posible que se mantenga la lógica del procés? En parte por un elemento que es previo al procés, pero que ha sido fundamental a la hora de determinar la evolución del procés mismo: la pugna no resuelta entre ERC y lo que ahora es Junts por el liderazgo en el campo nacionalista-independentista. En parte, el desencadenante del procés fue el miedo de CiU a verse superada electoralmente por ERC, cosa que era una posibilidad evidente a medio plazo en 2011 y que se hizo todavía más evidente con los resultados de la convocatoria avanzada de 2012. La radicalización de CiU respondió, en parte, a esta posibilidad y la dinámica del procés se debió, en buena medida, a la competencia entre ambos socios.

 

Lo que el ‘procés’ se llevó

El impacto del procés también es visible en aspectos que antes (en la Cataluña de antes) se daban por sentados y que ahora parecen imposibles o, como mínimo, difíciles. En el interior de Cataluña, el procés ha demolido algunos de los elementos esenciales que habían definido la vida política del país. Uno de estos elementos es la «excepción catalana», un tipo de consenso difuso, nunca explicitado pero visible por todas partes, que hacía que todo aquello que tuviera que ver con Cataluña fuera valorado con más indulgencia no solo por parte de los electores nacionalistas, sino por el conjunto de la ciudadanía.

Así, el Gobierno de la Generalitat era sistemáticamente mejor valorado que el central, la situación política catalana mejor que la española, la marcha de la economía, las instituciones, todo lo que configuraba la realidad catalana era mejor considerado por el conjunto de la opinión. Pues bien, todo esto se ha perdido.

La apropiación partidista de la lengua explicaría el alejamiento de la misma por parte de la ciudadanía catalana castellanohablante.

Este endurecimiento también afecta a aquellos elementos esenciales que fundamentaban la llamada «unidad civil», principalmente la lengua, convertida en bandera del independentismo, es decir, de parte, incluso utilizada como arma arrojadiza contra los que no la utilizan, los que el independentismo más alocado tilda de «colonos» o «ñordos» (otro concepto de la neolengua que nos ha dejado el procés). Curiosamente, el debate recurrente sobre la salud del catalán, que vive una renovada preocupación, no acostumbra a mencionar la apropiación partidista de la lengua como uno de los elementos que explicarían el alejamiento de la misma por parte de la ciudadanía catalana castellanohablante.

Fuera de Cataluña, el procés ha debilitado el papel que tradicionalmente había jugado el país en la arena española, sobre todo por lo que respecta al impulso del Estado autonómico. España hoy es menos reformable que hace quince años y esta es una profecía autocumplida del independentismo, puesto que ha sido principalmente el procés el que ha ahogado cualquier propuesta de avance. En el contexto general español, Cataluña no está ni se se la espera en unos cuantos años.

 

En transición

Todo ello nos sitúa en un espacio nebuloso donde nada parece asentarse. Vamos dejando atrás el tiempo del procés y nos adentramos en un paisaje desconocido, que no es el previo al procés pero al que se asemeja en algunas cosas. Hay elementos sorprendentes, como por ejemplo la resurrección de Jordi Pujol o el posible retorno de Xavier Trias a la alcaldía de Barcelona. ¿Vuelve Convergència? No del todo, pero lo parece, cuando menos. La historia no se repite, pero rima.

Podría ser que la antigua Convergència haya sabido leer mejor que otros las corrientes de fondo del nuevo tiempo, o simplemente tendríamos que aceptar que es la fuerza más camaleónica de la política catalana, en el sentido de que muda de piel sin ningún problema para lograr aquello que siempre ha sido su objetivo: el poder, pura y simplemente. Así, una vez pasada la locura del procés, no tanto en los discursos como en las ganas de recuperar cierta tranquilidad, los nacionalistas han sacado del armario toda la colección vintage.

Hay una tendencia general a la moderación en el país que, paradójicamente, también es defendida por uno de los segmentos que protagonizó el procés: el voto de orden devenido antisistema, los antiguos votantes de Pujol que han constituido la fuerza de choque de las movilizaciones del lustro 2012-17. Este grupo, que históricamente ha sido el núcleo de apoyo al nacionalismo conservador, ya habría tenido bastante y ahora parece transitar hacia la moderación. Para el recuerdo quedarán las marchas, las pintadas, los cánticos y el arrebato, aquella segunda juventud que los alcanzó en plena jubilación. Ahora han decidido que toca volver a la política de siempre. Ahora toca cordura.

La parte moderada de Junts está dispuesta a responder a este cambio. Parecen haber entendido este nuevo aire y han decidido, ellos también, soltar lastre, desprenderse de los elementos más alocados (Borràs, el mismo Puigdemont) y recuperar los viejos tótems de la tribu. Cuanto más se aleja el procés, más reaparece Pujol y todo lo que simboliza. Si la operación les funciona sería el cierre del círculo.

El procés habría servido a CDC para pasar la maroma y ahora estaría a un paso de concluir la larga travesía, de reaparecer, a lomos de un electorado que pide paz y tranquilidad, impoluta una vez absuelta de todos sus pecados. Es la misma peripecia que está a punto de culminar el PP, si finalmente vuelve al gobierno central. Convergència ha hecho el triple salto mortal que ERC no puede hacer, demasiado comprometida ideológicamente con la independencia, demasiado esclava de las ideas. En el fondo, se lo han vuelto a hacer, como en 2005-2010. Entonces, Mas supo estirar la fibra soberanista de ERC hasta hacer inviable el gobierno de izquierdas para, una vez alcanzado el gobierno, pactar con el PP.

Los resultados de las próximas elecciones municipales del mes de mayo nos darán una idea de hacia dónde se dirige esta Cataluña que ha salido del procés más dividida, más ensimismada y mucho más cansada, profundamente cansada. Y también nos explicarán si la apuesta de Junts de superar a ERC por el centro, del mismo modo que antes la había querido superar por la izquierda, encuentra eco en el electorado. No sabemos todavía a donde va Cataluña, pero sí que podemos estar seguros de que allá donde sea que vaya ya la estará esperando la enésima reencarnación de Convergència.