No es este un buen momento para el Principado. Cataluña vive una etapa de lenta decadencia. No se han curado del todo las heridas y las divisiones consiguientes de la fallida apuesta por una independencia imposible y no deseada por una parte muy considerable del cuerpo social. Pérdida de impulso económico con la huida de miles de empresas —las más grandes—, polarización política, debilitamiento cultural, desubicación en España y en Europa, falta de liderazgo y de proyecto de país, son algunos de los rasgos definitorios de la actual situación.

¡Qué lejos quedan aquellos años 70 del siglo pasado, cuando Cataluña era un referente de modernidad, de apertura y de europeísmo, cuando era objeto de admiración general! Ahora, la imagen que proyecta es la de una región introvertida, mezquina, cerrada en sí misma, que no quiere emular a nadie y que ha entrado en una espiral de pérdida de atractivo y de ilusión colectiva. No todo es negativo, claro; huelga decir que hay sectores dinámicos y meritorias puntas de lanza en diversos campos de la industria y de la investigación, pero que desafortunadamente no pueden compensar la creciente atonía del país.

Hace un montón de años escribí un artículo sobre la necesidad de que Cataluña abriera puertas y ventanas al mundo. Como ejemplos de lo que consideraba que había que hacer, sugería, entre otras cosas, la conveniencia de que los mapas no se acabaran bruscamente en la línea fronteriza del norte, el oeste y el sur, que representaban el país como si fuese una isla, y que mostraran la continuidad hacia los territorios vecinos de los ríos, las montañas, las carreteras y las líneas férreas, etc.; por otro lado, que el asunto de las obras religiosas debía resolverse sin dilaciones con un pacto amigable entre las partes litigantes. Era el momento álgido de la tristísima disputa por la propiedad de las obras de arte religiosas de la Franja de Ponent. Me cayó inmediatamente encima un auténtico alud de ácidas críticas, editoriales de periódicos incluidos, que de verdad no me esperaba: ¡tan lejos había llegado la intransigencia y la guerra entre territorios hermanos!

 

Una candidatura conjunta

Es verdad que en la parte aragonesa también se han dado posturas muy bruscas y que el presidente Lambán no es precisamente un prodigio de empatía, pero la imagen de Cataluña ha perdido prestigio y se ha deteriorado mucho, especialmente entre sus vecinos más cercanos. Los habitantes de la Franja, tradicionalmente proclives a establecer las más estrechas relaciones con sus homólogos catalanes, ahora ven las cosas con mucha más frialdad. Y no deben hacerlo tan mal cuando en los últimos años centenares de empresas leridanas se han instalado en el otro lado de la frontera.

Desde los despachos de la plaza de Sant Jaume no se entiende que haya una conciencia, una identidad y una solidaridad entre los pirenaicos.

El caso de los hipotéticos JJ. OO. de invierno es todavía más sintomático. Los dirigentes catalanes se empeñan en presentar los Juegos como un acontecimiento Pirineos-Barcelona, cuando las posibilidades reales, si existen, pasan inevitablemente por una candidatura conjunta entre Cataluña y Aragón. Así lo ve el Comité Olímpico Español, que es quien ha de presentar la candidatura al Comité Olímpico Internacional. Cuanto antes se acepte este hecho, se abandonen las actitudes inspiradas en una pretendida superioridad catalana y se dé la mano a la comunidad vecina, más rápidamente se aclarará el panorama.

El problema que en este tema y en muchos otros tiene Cataluña es la marcada ausencia de ideas fuerza y de modelo de futuro. Además, no se entiende desde los despachos de la plaza de Sant Jaume, 150 kilómetros al sur de la cordillera, que hay una conciencia, una identidad y una solidaridad entre los pirenaicos que sobrepasa las fronteras político-administrativas. La tozudez y la falta de visión a largo plazo que caracteriza a los responsables políticos es la causa directa de la pérdida constante de oportunidades políticas, económicas y culturales, como se ha podido constatar lamentablemente en los últimos años. ¿Volverá a pasar ahora con la candidatura olímpica que, bien planteada y bien dirigida, podría ser una buena herramienta para el Pirineo y dar un paso decisivo hacia la superación de su crónica marginalidad?

 

«¡Aragón! ¡Aragón!»

Para revertir la deriva que desdibuja y empequeñece Cataluña, una de las actitudes y de las políticas más aconsejables —entre muchas otras— sería la de establecer lazos económicos y sociales cada vez más intensivos con los vecinos inmediatos: Aragón, Andorra, Occitania, la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares. Mirarlos cara a cara sin reticencias ni apriorismos, como compañeros imprescindibles con los cuales hemos de caminar juntos hacia el mismo destino, un destino que habrá que ir construyendo paso a paso con proyectos de diferente escala, desde los más estratégicos hasta los estrictamente locales, y con el generoso objetivo del éxito compartido.

Conviene recordar que las tropas de Jaume I —el rey Jaume— atacaban a las huestes musulmanas en la conquista de Mallorca con el grito de guerra: «¡Aragón! ¡Aragón!», y que«vir sapiens dominabitur astris» (el hombre sabio es capaz de dominar el destino) era el lema de Alfonso el Magnánimo, otro de nuestros grandes reyes.