¡Hace meses, Estefania Molina publicó una serie de columnas sobre política y «las cosas del comer». Por cosas del comer, se refería —creo— a aquello que es importante y con lo que no se debe jugar. En castellano, «con lo de comer, no se juega». Y no se juega, porque la comida —qué y cómo se come— es uno de los elementos principales de la civilización. De cualquier civilización.

Joan Fuster abre Contra el nacionalismo y otros textos hablando de las cosas del comer. Concretamente, del tenedor y de por qué el tenedor forma parte de nuestra civilización. Fuster contrapone la invención del tenedor a la de la cuchara: «no hay manera material de ingerir una sopa clara sin la mediación de un instrumento como la cuchara». Para Fuster, la invención de la cuchara fue una invención puramente funcional. Pero ah, el tenedor... el tenedor no lo necesitamos para nada. Y por eso es especial.

Cualquier alimento sólido, lo podemos ingerir con la ayuda de los dedos. Por eso, Fuster lo califica de refinamiento, puesto que es un útil que permite que nuestro comportamiento en la mesa sea «más discreto, limpio, higiénico, más urbano —más civilizado». El tenedor es, entonces, el que nos permite que las cosas del comer prosperen «con elegancia» y salubridad.

Después, Fuster se embarca en una descripción de la historia del tenedor, desde sus inicios como elemento de lujo —obras de orfebrería en plata y con piedras preciosas—, anécdotas más o menos risibles mencionando al duque de Alba —no se le nota nada el intento de hacer befa de los españoles—, y cómo, con el tiempo, el tenedor ha llegado incluso a la parte más rural de València, en Sueca, concretamente a Can Fuster, que no tarda en explicar que sus abuelos quizás no supieron nunca, usar un tenedor —es decir, que a la hora de comer tendrían el mismo rango que el duque de Alba.

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