After all, what’s the advantage of humans over chickens?
N. Harari

 

Occidente nace con la mirada puesta en el misterio de sus orígenes. Somos hijos de una racionalidad griega que ya se pregunta por lo inexplicable, y de una sabiduría de la existencia y de la condición humana anclada en lo sagrado y plasmada en textos fundacionales. Esa doble mirada marca los balbuceos de nuestra civilización hasta bien entrada la Edad Media. Es una mirada sobre la naturaleza y lo divino, incapaz de divorciar los orígenes del mundo de los del conocimiento, del comportamiento y de la fe. Esa mirada única, globalizadora, es la que trata de recuperar Tierra Santa, la que pinta los ábsides románicos, la que alza catedrales. La naturaleza, entonces, era aún digna de admiración y respeto, la providencia ayudaba a los audaces, la fe movía montañas.

¿Cuándo se perdió esa mirada única? ¿Cuándo se agotó un modelo social y religioso que había subsistido durante tantos siglos? ¿Cuándo aparecieron el arte, la ciencia y la filosofía, como miradas autónomas?

El primero en advertir contra los excesos de la teocracia fue Lutero y de ahí a los dos primeros filósofos-científicos cristianos, Descartes y Pascal, solo quedaba un paso. Descartes funda la separación entre mente y naturaleza y se hace paladín del reduccionismo como método de conocimiento. Dividir para entender en lugar del unir para comprender. Por su parte, el jansenista propone la autonomía de tres órdenes: el religioso-espiritual, el político-moral y el científico-filosófico y, en cierto sentido, elabora un remake del juicio de Paris al que las diosas más encumbradas del Olimpo le ofrecieron tres opciones de vida (¿hay más?): el conocimiento, el poder o el amor.

Esta primera fisura entre origen e historia, como las que siguieron luego, fue enormemente dolorosa. Recordemos la crueldad de las guerras de religión, las hogueras de la Inquisición y la corrupción vaticana. A pesar de todo, los primeros pasos de la andadura moderna mantienen un perfil vintage. Botticelli pinta una Afrodita que es medio diosa pagana medio Virgen María en un lienzo sobre el que rota la cultura de transición entre el Gótico y el Renacimiento.

Brueghel huye de las madonas y los nacimientos, pero es indudablemente moralista; su Torre de Babel es una advertencia. La ciencia de Newton admira el orden no casual del mundo. Es, pues, una ciencia reverencial, no engreída. Y en el ámbito moral-político a Maquiavelo no le movía tanto iluminar las cloacas inherentes a cualquier poder como la necesidad de sentar las bases de la estabilidad social en medio del caos político del Renacimiento.

 

El éxtasis de la Razón

El segundo tirón, el ensanchamiento de la brecha que se iba abriendo respecto a nuestro origen (diría Salvador Pániker) llega de la mano de la Revolución francesa, la Ilustración y, con ellas, el éxtasis de la Razón. Laplace le dice a Napoleón que no necesita la hipótesis de un Dios para explicar las leyes que gobiernan las órbitas de los planetas. No por casualidad el propio Laplace fue nombrado ministro del Interior y recibió del mismísimo Napoleón la Legión de Honor para luego hacerse monárquico vergonzante y votar a favor del destierro del emperador; actitud servil y oportunista harto frecuente aún hoy entre tantos científicos enredados en las tramas clientelares del poder y la industria.

Lavoisier, en cambio, dejó su cabeza en la guillotina porque el tribunal del pueblo dictaminó que a la revolución no le hacían falta científicos. Nuestros laicos contemporáneos exigen justamente que la Iglesia se retracte del asunto Galileo, pero olvidan que Lavoisier fue víctima de una estructura mental similar: la del primer racionalismo revolucionario: el Terror, que el republicanismo francés considera aún (a posteriori) como una crueldad inevitable para la eclosión de la libertad, de la justicia y de la fraternidad.

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Lavoisier dejó su cabeza en la guillotina porque el tribunal del pueblo dictaminó que a la revolución no le hacían falta científicos.

Han nacido las ideologías como guía de la acción política y aunque en ellas resuena vagamente la nostalgia del paraíso perdido en forma de utopías varias, ya anuncian las mayores crueldades. De la mano de Kant, moralidad y legalidad se divorcian pero se salvan aún ciertos axiomas que deben aceptarse a priori. La pintura muestra los primeros desnudos frontales que, a partir de Goya, Courbet y Manet, tomarán carta de naturaleza en las artes plásticas. Pero hay en ellos una veneración por el prodigioso cuerpo de la mujer, respeto y postración ante un ideal de belleza que se impone a cualquier otro. Como diría Steiner, es posible apreciar en ellos una «presencia».

La tercera fisura epistemológica se materializa en el nihilismo nietzscheano y el ateísmo militante de Bertrand Russell.

Si Botticelli representa la primera fisura epistemológica y si la segunda queda marcada por el Siglo de las Luces, la tercera se materializa en el nihilismo nietzscheano y el ateísmo militante de Bertrand Russell. Con el anuncio de la muerte de Dios se anuncia asimismo el final de la compasión y la bondad, fundamentos de la religión de los pobres, los débiles y los vencidos. El pensamiento darwinista de Nietzsche consagra la moral voluntarista y el dominio de la ciencia como instrumentos principales para liberar a la civilización de las supersticiones que la han esclavizado secularmente. Quizás Nietzsche enloqueció para ahorrarse el panorama que nos legó, pues las supersticiones que alumbraron sus loas a la irracionalidad y al héroe singular resultaron aún más dañinas que aquellas a las que quiso poner fin.

 

Los nuevos milenarismos

Tras la Primera Guerra mundial ya no hay vuelta atrás. La mirada estética se empobrece con el llamado arte de vanguardia que renuncia a la abstracción en el arte (nenúfares de Monet, pietàs inacabadas de Miguel Ángel) para absolutizar el arte abstracto. Chagall y Dalí quedan en minoría. Las ideologías y la militancia política alivian, sí, la náusea sartreana, pero diseñan las agendas de los nuevos milenarismos nazi, comunista y fascista y sus posteriores derivados light, como el nacional-populismo, el transhumanismo o la tecnolatría, que se convierten en religiones menores y bien avenidas en este principio de siglo XXI. El lenguaje moral, como tan bien ha analizado McIntyre, se descompone para desconcierto del hombre de la calle. La filosofía se rompe en mil reflexiones débiles de claro tinte hedonista y renuncia a su mirada globalizadora; en buena parte se hará ancilla scientiae.

Nacional-populismo, transhumanismo o tecnolatría, se convierten en religiones menores y bien avenidas en este principio de siglo XXI.

Hoy, la ciencia se encuentra o bien ensimismada en la curiosidad o bien orientada a sus usos prácticos: el confort, la guerra, las comunicaciones y la salud, todos ellos ilimitados en objetivos y dispendio. Sus indiscutibles logros en estos campos la dotan de gran consideración y poco a poco, a medida que las utopías sociales se desprestigian, el nihilismo materialista se hace más presente y la ciencia industrializada se convierte en religión vicariante.

«No creo en Dios, creo en la ciencia», declaraba una reputada bióloga catalana. Pero esa es una vía muerta pues la ciencia así considerada se degrada; su razón de ser es, precisamente, que no constituye un sistema de creencias sino un método de exploración y crítica. La ley de la gravedad, de la expansión de los gases o la fusión nuclear nunca podrán sustituir a los clásicos originarios: el Eclesiastés, el Libro del Tao, las Cartas a Lucilio o cualquier texto de los filósofos helenistas.

La filosofía se rompe en mil reflexiones débiles de claro tinte hedonista y renuncia a su mirada globalizadora.

Ya Wittgenstein nos advirtió que una vez la ciencia hubiera contestado todas las preguntas que se le plantean a la humanidad no habrá conseguido resolver ninguna de aquellas que realmente importan. Ha habido intentos de construir los diez mandamientos sobre las leyes de la ciencia, pero o bien se ha marginado el espíritu crítico y dialéctico de la búsqueda científica en favor de la obediencia, o bien han quedado en buenas intenciones como las expresadas por Monod en su Azar y Necesidad. No, de los científicos no cabe esperar regeneración moral alguna.

 

Una segunda Arca de Noé

Pobre sustituto de la antigua mirada unitaria, la ciencia contemporánea. Por su propio método avanza a costa de más y más reduccionismo, de parcelar cada vez más el conocimiento. Nuestras vidas son más duraderas y saludables, pero los beneficios de la medicina alcanzan a una pequeña parte de la población mundial y, desde luego, siguiendo la lógica industrial vigente, cada vez invertimos más recursos para obtener menores beneficios. La meta de prolongar indefinidamente la vida a toda costa –versión secularizada de la resurrección– nos está costando grandes sufrimientos personales, familiares y sociales. Útil como utopía para el capital, desde luego.

La ciencia y sus derivados tecnológicos constituyen hoy el pilar de una economía neoliberal basada en el consumo masivo, la tecnoadicción, la globalización suicida y el abuso de la naturaleza. Es el efecto boomerang de una ciencia autorreferencial, desarraigada, «sin conciencia» diría Edgar Morin, que ignora nuestras necesidades reales y nos invita, de la mano de Stephen Hawking (e.p.d.), a construir una segunda Arca de Noé para que se salven los ricos en un viaje interestelar.

Hawking fue uno de los primeros profetas científicos del colapso y cada vez son más los académicos que se apuntan al apocalipsis laico. Eudald Carbonell en La Vanguardia: «Somos una especie imbécil». Pero ninguno de ellos se siente responsable del abismo climático, humano y psicológico al que nos ha conducido el «progreso». Edgar Morin: «El devenir prometeico de la tecnociencia conduce a la ruina de la biosfera y por consiguiente al suicidio de la humanidad. Es más fácil que la ciencia favorezca la consolidación de los poderes que no el avance de las emancipaciones».

Hawking fue uno de los primeros profetas del colapso y cada vez son más los académicos que se apuntan al apocalipsis laico.

Parece como si las diferentes miradas sobre el mundo que eclosionaron hace cuatro siglos, se condensaran de nuevo en una sola que en lugar de dirigirse a lo mistérico del pasado se dirige imprudentemente a un futuro distópico. La filosofía se hace filosofía de la ciencia; el arte se vuelve digital; la moral se tiñe de imperativos biológicos; la política se ha hecho esclava de la (in)comunicación. Se avista un futuro tecnocrático que no tiene por qué ser mejor que el remoto pasado teocrático. Vienen predicadores multimillonarios del evangelio dataísta: Musk, Harari, Zuckerberg, Page, Brin…

 

Las humanidades, expulsadas

Se edifican otras catedrales. Una nueva inquisición cientificista persiste en su encono porque al fin y al cabo si existen problemas creados por la ciencia para eso tenemos la ciencia, para resolverlos; ¿cómo progresar si no? Las humanidades han sido expulsadas de la enseñanza secundaria como saber arcaizante e irrelevante para las «necesidades de la sociedad». A mi juicio, eso tiene mucho que ver con la pérdida generalizada de resiliencia psicológica, con las adicciones y con el deterioro alarmante de la, así llamada, «salud mental» que se sostiene apenas con los alfileres de las benzodiacepinas y los antidepresivos.

No deseo finalizar en términos apocalípticos sino en términos de liquidez, incerteza y problematicidad con los que se inaugura el siglo XXI. Para salvar la ciencia hemos de liberarla de sus servidumbres políticas, arraigarla en un discurso humanista y, muy especialmente, liberarla del cientifismo y de su pretensión por convertirse en una única fuente de conocimiento, en una ideología futurista y, aún peor, en una religión.

Texto basado en una conferencia pronunciada en la Universitat de Barcelona dentro de la jornada dedicada a Teilhard de Chardin (28 de octubre de 2015)