Las últimas elecciones colombianas han hecho correr mucha tinta. La posible victoria de un candidato de izquierdas por primera vez en la historia (con permiso de los gobiernos del Partido Liberal colombiano, formación que fue medio socialdemócrata y que estaba adscrita a la Internacional Socialista) y el hecho de que pasara a la segunda vuelta un candidato reaccionario, populista y estrambótico, generó mucha expectativa mediática.

El candidato de izquierdas era Gustavo Petro, un político fogueado y con experiencia que, después de una juventud de activista dentro de la guerrilla M-19 (una formación político-militar urbana y extremadamente singular por sus golpes de efecto performativos), fue parlamentario y alcalde de Bogotá entre 2012 y 2015. Petro, que se presentó por tercera vez a la presidencia liderando una plataforma electoral llamada Pacto Histórico, formó tándem con la popular dirigente ecologista, feminista y abogada afrocolombiana Francia Márquez.

El candidato estrambótico que pasó —contra todo pronóstico— a la segunda vuelta era Rodolfo Hernández, que se presentó con una plataforma política llamada Liga de Gobernantes Anticorrupción. Hernández, un empresario de la construcción que fue alcalde de Bucaramanga y sobre quien pesan acusaciones de corrupción, se presentó como el candidato para luchar contra «la mentira» y tildó de «ratas» a los (otros) políticos. Hernández, que hizo campaña exclusivamente a través de las redes (TikTok principalmente), utilizó un discurso antipolítico de carácter machista, clasista y reaccionario.

En esta línea, adquirió una notable popularidad entre sectores de las clases populares y medias diciendo que no tenía ningún programa ni plan de gobierno más allá de luchar contra la delincuencia, y que podía gobernar el país como si fuera una de sus empresas. También dijo que, en caso de que ganara, continuaría viviendo en su casa de Bucaramanga y que convertiría el palacio presidencial (la Casa de Nariño) en un museo, al tiempo que cerraría más de la mitad de las embajadas, tildando a los embajadores de «vividores».

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, que se celebraron el domingo 29 de mayo, Petro obtuvo el 40,3 % de los votos y Hernández el 28,2 %. Por su parte, Federico Gutiérrez Fico, el candidato de la derecha tradicional, heredero político de los presidentes Duque y Uribe, se hizo con el 23,9 % de los votos y quedó descartado.

 

Voluntad de cambio

Con estos resultados se hizo patente el rechazo de la ciudadanía colombiana a los partidos tradicionales (liberales, conservadores y uribistas) y una explícita voluntad de cambio. Pero el cambio que ofrecía uno de los candidatos era totalmente opuesto. Mientras que Petro apelaba a una transformación con justicia social, inclusión y respeto a la Constitución de 1991 y a los Acuerdos de Paz de 2016, Hernández proponía un cambio reaccionario y populista muy parecido al de Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos o Bukelele en El Salvador.

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Pero más allá de las propuestas, al día siguiente de la primera vuelta electoral, muchos simpatizantes de Petro se quedaron helados. La emergencia de un candidato inesperado, que entusiasmaba tanto a las élites tradicionales como a sectores más humildes del país, hicieron pensar —una vez más— que la izquierda se quedaría a las puertas de conseguir el poder. En una sociedad históricamente conservadora y tradicionalmente polarizada, muchos seguidores de Petro temieron que la izquierda no pudiera superar el techo electoral del 40 % del voto. Por el contrario, mucha gente creía que Rodolfo Hernández podría aglutinar fácilmente los votos del resto de los candidatos descartados en la primera vuelta para impedir la llegada de la izquierda a la presidencia de la República.

Petro apelaba a una transformación con justicia social, inclusión y respeto a la Constitución de 1991 y a los Acuerdos de Paz de 2016.

Así, el pesimismo se apoderó de buena parte de los simpatizantes de Petro. Unos, porque pensaban que la ola (el tsunami) Hernández era imparable, y otros, porque creían que el statu quo jamás podría aceptar una victoria de la izquierda. Esta atmósfera la constaté cuando amigos colombianos mayoritariamente «petristas» me explicaban que no creían posible una victoria de su candidato.

 

Análisis conspiranoicos

Además, mis amigos señalaban que el empate técnico que pronosticaban las encuestas era una maniobra del poder para robar las elecciones. Un amigo, profesor de Filosofía de una universidad del eje cafetero, me expuso, literalmente, lo siguiente:

«Yo no creo en el empate técnico. Sospecho que desde el poder ya han arreglado los resultados. No confío en el Consejo Nacional Electoral ni en la judicatura. Los medios de comunicación han hecho una campaña masiva a favor de Hernández y han desprestigiado a Petro. La Registradoría Electoral no ha dejado verificar el programa para procesar la información de los resultados porque es de una empresa privada. Hernández tampoco ha ido a ningún debate, tal como lo exigía el poder electoral, y se ha salido con la suya. Creo que Hernández tiene demencia senil, pero es un excelente candidato que poco después de la victoria será inhabilitado, y entonces volverá al poder el uribismo. Todo lo que pasa en Colombia es surrealista y creo que hemos llegado al delirio. Todo sea por cerrar el paso a la izquierda.»

No obstante, pese a todos los temores, prejuicios y análisis «conspiranoicos» de mis amigos, ahora sabemos que la jornada electoral del día 19 de junio fue modélica y que la candidatura izquierdista venció con un 50,44 % de los sufragios versus el 47,31 % que obtuvo Hernández. Con esta victoria se desvaneció la incredulidad de muchos votantes progresistas. Una incredulidad, hay que decirlo, fundamentada en la experiencia, a raíz de los centenares de políticos de izquierda asesinados, de los múltiples fraudes y de las infinitas compras de voluntades a lo largo de la historia. A pesar de todo, la noche del 19 de junio de 2022 cambió la historia del país y Gustavo Petro celebró con un baño de masas su victoria en las urnas, junto con Francia Márquez.

Hernández proponía un cambio reaccionario y populista, muy parecido al de Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos o Bukelele en El Salvador.

Llegados a este punto hay que preguntarse: ¿Qué ha pasado en Colombia para que la izquierda haya llegado al poder? ¿Qué ha permitido la victoria de Petro? La respuesta pasa por señalar que la llegada de un hombre de izquierdas a la presidencia solo podía hacerse realidad después de la desmovilización de todas (o casi todas) las guerrillas presentes en el país (porque todavía sigue en activo el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y muchos grupúsculos paramilitares). Solo después de la firma de los Acuerdos de Paz de 2016 era posible que la mayoría del país viera con buenos ojos la posibilidad de movilizar políticamente a amplios sectores populares para abanderar y construir un proyecto de cambio.

 

Un país dividido

La ausencia de guerra —que no de violencia—, junto con la percepción de que el modelo económico neoliberal impulsado durante décadas no ha traído desarrollo, crecimiento ni equidad, han proporcionado un apoyo social mayoritario a Petro. Pero no solo eso: Petro también ha tenido que moverse y construir una coalición lo bastante amplia para no despertar recelos dentro del país —entre sectores de clase media— ni fuera, prometiendo estabilidad económica a las grandes empresas multinacionales y garantías geopolíticas a Estados Unidos. La firma del equipo de Petro con la administración norteamericana de que, en caso de llegar al poder, Washington continuaría siendo un socio estratégico y preferencial, constituye una clara muestra de ello.

La jornada electoral del día 19 de junio fue modélica y la candidatura izquierdista venció con un 50,44 % de los sufragios.

Con todo, cabe señalar también que las urnas han dejado un país dividido. Si miramos la distribución electoral, el voto de Rodolfo Hernández coincide con el voto del «No» a los Acuerdos de Paz de 2016. Es un mapa producto de la adhesión de lo que queda del uribismo y de la activación de las maquinarias electorales de la derecha tradicional. Así, Hernández consiguió mantener movilizada a su favor la región central y andina, y pudo incorporar votos de la derecha tradicional colombiana en varias ciudades. Con todo, no logró reunir todos los sufragios potenciales en las grandes urbes, como Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena o Tunja.

En cambio, el voto a Petro procedió de muchos sectores residentes en las grandes ciudades (con la excepción de Medellín) que ya habían votado en 2016 a favor de los Acuerdos de Paz. Son los mismos sectores que se oponen al fracking y aprueban el aborto legal y el matrimonio igualitario. Además, el hecho de que Petro hubiera confeccionado un tándem con una mujer afrocolombiana también impulsó su candidatura por encima del perfil habitual del voto izquierdista clásico, ganando el voto afrocolombiano —que generalmente se abstiene—, sobre todo en las costas del Caribe y del Pacífico.

 

Mandato muy complicado

Pero si la llegada de la izquierda al poder ha supuesto una heroica inversión en tiempo y esfuerzo, es fácil pronosticar que la implementación de las políticas prometidas por el presidente electo no resultará tampoco nada fácil. La existencia de un Congreso y un Senado muy fraccionados, donde el ejecutivo no tiene apoyos estables, pronostican un mandato muy complicado.

El día 7 de septiembre será clave para que los partidos decidan si son favorables al gobierno, si se sitúan en la oposición o se declaran independientes. Hasta entonces no se aclarará cuál será la relación del ejecutivo de Petro con el legislativo, y es posible que esta relación dependa de los pactos, medidas y discursos que el presidente electo haga durante estas semanas, poco después de la victoria en las urnas.