Enric Miralles (Barcelona, 1955) falleció prematuramente a los 45 años. Con motivo del 20 aniversario de su desaparición, hemos podido disfrutar de cuatro exposiciones esta primavera, una de las cuales llegará hasta diciembre.

El Salón del Tinell ha acogido la muestra Miralles. A quarts de quatre, una visión del Miralles arquitecto, centrada en cuatro proyectos construidos emblemáticos. El Centro de Arte Santa Mònica ha mostrado la faceta del arquitecto como fotógrafo. Miralles. Photos & Collages revela cómo su trabajo se apoyaba en gran parte en los fotomontajes; la Fundació Enric Miralles acoge hasta el 23 de diciembre la exposición Miralles. To be continued y el Museo del Diseño ha presentado Miralles. Perpetuum Mobile, muestra que recoge su faceta como diseñador de mobiliario, la mayoría piezas creadas para su propia casa.

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Para la ocasión, la Fundació Enric Miralles ha editado cuatro pequeños cuadernillos que recopilan 28 escritos de recuerdos y reflexiones en los que se muestra la huella que Miralles dejó en su entorno. Sus autores tuvieron contacto con él, aunque cada uno de ellos reconoce una impronta diferente. Unos relatan los trazos que perfilaba, cómo bailaban entre ellos, cómo se iban reencontrando y separando para formar distintos entrelazamientos. Esta caligrafía, de una precisión quirúrgica, formaba dibujos de extrema belleza en constante en revisión, continuamente reescritos y repensados.

Otros recuerdan las conversaciones que mantuvieron con él, una herramienta fundamental para Miralles a la hora de repensar y luego redibujar conceptos, buscando vocablos, pensamientos, contradicciones y sueños. Algunos admiran su concentración, su entrega, su energía inagotable y su constante búsqueda. Y los más próximos lo recuerdan disfrutando con alegría y risas de lo cotidiano.

Con sus alumnos era muy sutil y convincente, les hacía ver que gran parte de lo que habían aprendido en su ámbito familiar y en la escuela estaba lleno de prejuicios, y que este posicionamiento les haría muy difícil afrontar un proyecto o cualquier decisión proyectual desde el pensamiento libre, como recuerda Beth Galí: «No era un profesor sino un maestro». Para Roger Paez, Enric no enseñó nunca sino que nos invitó a aprender juntos, tanto en la Escuela como en el estudio o en la calle. Contagiando ilusión, construía preguntas sin respuestas y compartía generosamente su propio aprendizaje, a menudo desbocado y errático, y por esto mismo maravilloso. «Cal començar la casa per la teulada», es una frase que repetía como un mantra.

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Miralles utilizaba a menudo los puntos suspensivos tanto al escribir como al hablar, cambiando el sentido original de la frase hecha, de orden moralizador, y la convertía en un clamor vital y en una invitación a la exploración radical. En su escrito, Paez explica que Enric, como los antiguos maestros zen, utilizaba estas frases como koans, paradojas que nos hacen pensar en el objeto de reflexión del momento pero también, y sobre todo, en la irresolubilidad de la cuestión y, en último término, en la futilidad de la pregunta misma más allá de acompañar un proceso abierto de juego y de descubrimientos intuitivos.

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