Los arquitectos Federico Correa (1924-2020) y Alfonso Milá (1924-2009), socios profesionales durante más de sesenta años, pasarán a la historia como paradigma de una arquitectura moderna, confortable y sofisticada, mayoritariamente destinada a cierta burguesía ilustrada barcelonesa. Esta afirmación, sumada a la colección de fotografías que los inmortaliza, siempre impecablemente vestidos, atildados incluso, podría dar una imagen sesgada de ellos. Por tanto, es conveniente subrayar que su aportación ha ido más allá y se ha verificado en distintos terrenos.

La exposición Correa & Milá. En perspectiva, que el Col·legi Oficial d’Arquitectes de Catalunya (COAC) les ha dedicado entre marzo y junio de este año, ha dado buena prueba de ello. Dicho título alude por una parte a una visión de conjunto de su trayectoria, efectuada esta vez por colegas mucho más jóvenes, que no tuvieron ocasión de interactuar con ellos, y pasado ya un tiempo desde la muerte de ambos arquitectos. Y alude, también, a la espléndida colección de perspectivas cónicas dibujadas con pulso firme y lápices de colores por Correa, siguiendo su atípico método proyectual, en las que los interiores y exteriores aparecen muy bien definidos y a menudo poblados por mujeres despampanantes (pero muy chic) y hombres de invariable elegancia. Junto a muebles, fotos, planos y maquetas, esos dibujos de regusto pop eran las piezas principales de la muestra, procedentes de los archivos previamente donados por los autores al COAC.

Correa y Milá se inscriben en la tradición moderna de la arquitectura catalana de posguerra. No pertenecieron al pionero Grup R que en los años 50 reunió, entre otros, a José Antonio Coderch de Sentmenat, Josep Maria Sostres o Antoni de Moragas. No acreditaron la voluntad hegemónica de Oriol Bohigas, que antes de dominar el urbanismo barcelonés había participado ya, jovencísimo, en el mencionado Grup R. Ni, desde luego, exhibieron el arrojo y la genialidad de Enric Miralles. Pero Correa y Milá sí se convirtieron en un eslabón insustituible de la cadena central que se inicia en Coderch, pasa por ellos y enlaza con el despacho de Lluís Clotet y Oscar Tusquets: arquitectura de alta calidad dibujada con frecuencia para satisfacer las apetencias de las clases acomodadas más despiertas, pero siempre con criterio propio.

Inseparables desde que se conocieron siendo niños en los Jesuitas de Sarrià, ingresaron juntos en el estudio de Coderch.

Además de ciertos puntos de encuentro en su obra, abona esta tesis el hecho de que Correa y Milá, inseparables desde que se conocieron siendo niños en los Jesuitas de Sarrià, ingresaran juntos en el estudio de Coderch, con el ánimo de aprender algo más de lo que les enseñaban en una Escuela de Arquitectura donde apreciaban la docencia de Ràfols, de Jujol y de muy pocos profesores más. Y también el hecho de que primero Clotet y luego Tusquets entraran, siendo estudiantes, en el despacho de Correa y Milá, con propósito similar al de estos al integrarse en el de Coderch. Los eslabones más jóvenes de esta cadena siempre consideraron maestros a los eslabones de mayor edad, y aprendieron mucho de ellos.

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