Bienaventurados los humildes
porque heredarán la tierra.
Mateo, 5.5

Uno de los recursos más empleados por los autores de ciencia ficción es la aniquilación de la humanidad por causas genético-biológicas, tal vez intuyendo que el desenfrenado afán prometeico de nuestro siglo no nos llevará a ninguna parte, o en todo caso, a ningún lugar habitable. El propio Stephen Hawking, pese a ser una persona inteligente, creía que una salvajada vírica o una guerra nuclear son dos escenarios más que previsibles que invitan a emigrar a otros planetas siguiendo el modelo «Arca de Noé». Y se quedó tan tranquilo. Ya dijo Heidegger que «la ciencia no piensa».

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A la incertidumbre que generan las amenazas a la integridad medioambiental y que va calando en nuestro inconsciente colectivo a base de noticias a cuál más pesimista, se añade la ansiedad del hombre moderno por vivir eternamente, una desazón que ha derivado en una sociedad hipocondríaca e hipermedicalizada que, poco a poco, ha ido perdiendo la resiliencia frente a los imprevistos. En conjunto, una tormenta perfecta para el naufragio de la salud mental. Basta ver la cantidad de psicólogas y psiquiatras que últimamente llenan los prime time televisivos, dando consejos que antes daban padres y maestros y que ahora monopolizan profesionales de la felicidad y la sensatez.

De poco han servido las advertencias de muchos pensadores de diferentes procedencias ideológicas —Heidegger, Arendt, Wittgenstein, Toynbee, Valéry, Marcuse, Bauman, Lévinas, Agamben y un largo etcétera— que, después de Hiroshima, el Holocausto y el estalinismo, han reflexionado sobre el incierto camino que ha tomado Occidente al adoptar la tecnociencia como ideología dominante y como forma de poder. Y de repente, las predicciones más oscuras parecen haberse hecho realidad con la forma de una pandemia que nos ha cogido por sorpresa en plena fiesta de la globalización, la deslocalización de empresas, el turismo de masas, la plastificación de los océanos, las redes (anti)sociales y la sobrealimentación.

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