En su libro Capitalist Realism (2009), Mark Fisher desarrollaba una idea esencial: la cultura de nuestra época no podía escapar de una gramática del poder economicista que impregnaba todos los ámbitos de la vida humana, incluso y especialmente los del ocio y la educación, y esta impregnación era tan absoluta que ya no sabíamos ni percibirla. Quedaba convertida en un fantasma latente toda la política socialdemócrata europea, de forma que nuestras prioridades siempre eran el utilitarismo absoluto y la optimización de la producción. Si nos pusiéramos orteguianos, diríamos que el sistema de «creencias» de nuestra sociedad es el emocapitalismo transhumano hegemónico, y que las «ideas» que podríamos elaborar para construir una alternativa neohumana todavía no las hemos sabido localizar.

Han pasado quince años y el problema ha ido creciendo: nuestra política educativa ha asumido con total normalidad la neolengua economicista (el pedagogismo competencial, procedente de recomendaciones gerencialistes europeas) hasta el punto que hemos olvidado que teníamos que hablar de servicios públicos, de Estado del bienestar, de financiación directa de plantillas orientadas hacia la inclusión y la transmisión de conocimiento. Los objetivos reales de las instituciones académicas han quedado olvidados, cancelados, ante el realismo pesimista que nos obliga a producir datos comercializables desde el jardín de infancia, la escuela, la universidad y la Administración. Estamos permanentemente produciendo datos en lugar de divertirnos o aprender, de manera más o menos obligada, cuando menos sin ninguna alternativa cultural.

El pedagogismo, un integrismo con apariencia humanitaria, sería la cara amable de este macroproceso de privatización. Un proceso que tiene que liquidar las didácticas específicas de cada materia de estudio para sustituir los saberes estructurados por una pulpa populista muy peculiar, mezcla de paternalismo emocional, futurismo tecnodigital y falsa inclusión. El objetivo: escenificar una serie de «revoluciones» culturales continuas que no comporten en ningún caso la inversión en servicios públicos; un conjunto de gesticulaciones y fraseologías moralizantes que encubran eficazmente el abandono y la degradación programada del sector público, el paso previo a la externalización considerada como una opción salvífica. Lo que está pasando con la educación catalana no es diferente a lo que está pasando en los barrios: es muy sabido en nuestras ciudades que la degradación incomprensible de un barrio es el preludio de su gentrificación despiadada.

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